Santa Catalina de Siena

Doctrina sobre el paso de la oración vocal a la mental (Santa Catalina de Siena)

Sabe, queridísima hija, que en la oración humilde, continua y fiel adquiere el alma toda virtud por la verdadera perseverancia. Por eso debe perseverar y nunca dejarla por ilusiones del demonio; ni por propia fragilidad, es decir, por pensamientos o movimientos que vengan de la propia carne; ni por lo que otros digan, pues muchas veces se pone el demonio sobre la lengua, haciéndoles decir cosas para impedir su oración. Todo lo debe sufrir con la virtud de la perseverancia.

¡Qué dulce es al alma y grato a mí la santa oración en la morada del reconocimiento de lo que ella es y lo que yo soy, abriendo los ojos del entendimiento con la luz de la fe y el afecto en la abundancia de mi caridad! Esta se os ha hecho visible por lo visible de mi Hijo unigénito, puesto que la ha manifestado con su sangre. Ella embriaga al alma, la viste con el fuego de la divina caridad y le da el alimento del sacramento que os ha puesto en la tienda del cuerpo místico de la santa Iglesia, es decir, el cuerpo y la sangre, para quedar a disposición de todos los hombres. La da por las manos de mi vicario, que tiene la llave de esta sangre.

Esta es la tienda que dije que estaba en el puente para repartir un alimento que confortase a los caminantes y peregrinos que pasan por la doctrina de mi Verdad, a fin de que no desfallezcan por debilidad¹.

Este alimento, escaso o suficiente, robustece de cualquier manera que se tenga, sea sacramental o espiritualmente, según el deseo del que lo come. Sacramental es cuando se comulga, y espiritual cuando se toma con el santo deseo, ya por deseo de comulgar, ya por la meditación en la sangre de Cristo crucificado; es decir, cuando se comulga sacramentalmente por el afecto de la caridad que ha encontrado y gustado en la sangre, pues conoce que fue derramada por amor. Por esto se embriaga, enciende y sacia por el santo deseo, encontrándose llena de mi caridad y de la del prójimo.

¿Dónde ha adquirido el alma este amor? En la morada del conocimiento de sí misma por la santa oración, en la se ha despojado de la imperfección, al modo que los discípulos y Pedro perdieron la suya permaneciendo en vela y oración y adquirieron la perfección. ¿Con qué la adquirieron? Con la perseverancia condimentada por la santísima fe.

Pero no pienses que se recibe tan gran ardor y alimento sólo con la oración vocal, como piensan muchas almas, cuya oración es de palabras más que de afecto, de modo que no parece que atiendan a otra cosa que a recitar muchos salmos y padrenuestros. Satisfecho el número que se han determinado rezar, parece que no piensan en otra cosa; como si la finalidad de la oración fuera sólo la recitación vocal. No debe ser así, pues no haciendo más que esto, sacan poco fruto, y esto me agrada poco.

Si me preguntas: «¿Se debe abandonar ésta, puesto que parece que todos están llamados a la oración mental?» No, sino que debe andar con cuidado, pues bien sé yo que el alma es primeramente imperfecta y después perfecta; y así es su oración. Debe, pues, no caer en la pereza cuando aún es imperfecta; debe usar la oración vocal, pero no debe hacerla sin la mental, es decir, que mientras recita las oraciones debe ingeniarse para levantar y dirigir su mente a mi afecto en general, con la consideración de sus defectos y de la sangre de mi Hijo unigénito, para que el conocimiento de sí y la consideración de sus defectos la hagan reconocer mi bondad tal como es y continuar su ejercicio con verdadera humildad.

No quiero que los pecados sean considerados al detalle, para que el espíritu no se contamine con el recuerdo de ellos, concretos y sucios; ni que te sientas en la obligación de considerar los pecados en común o en particular sin la meditación y memoria de la sangre y de la generosidad de la misericordia, para que no incurras en turbación. Pues si el conocimiento de sí y la consideración del pecado no estuviesen animados con la memoria de la sangre y la esperanza de la misericordia, caerías en turbación, y por ella irías a la condenación con el demonio, que la ha procurado bajo la apariencia de contrición, dolor y repulsa del pecado. Y no sólo por esto, sino porque te vendría la desesperación, y caerías en ella al no apoyarte en el brazo de mi misericordia.

Este es uno de los sutiles engaños a que induce el demonio a mis servidores. Por ello conviene, para utilidad vuestra, para vencer las argucias del demonio y para agradarme, que siempre, con verdadera humildad, ajustéis el corazón y el afecto a la medida de mi misericordia. Ya sabes que la soberbia del demonio no puede sufrir al espíritu humilde, ni la turbación puede sufrir la generosidad de mi bondad y misericordia, en lo que de veras tiene esperanza el alma.

Por lo que, si te acuerdas bien, cuando el demonio quería atemorizarte por medio de la turbación, cuando te quería demostrar que tu vida se hallaba en un engaño y que no había seguido mi voluntad, tu hiciste entonces lo que debías y mi bondad te concedió llevar a cabo —esta bondad no se esconde a quien la quiere recibir—, y por eso te dirigiste con humildad a mi misericordia, diciendo: «Yo confieso ante mi Creador que mi vida estuvo siempre en oscuridad; pero me esconderé en las llagas de Cristo crucificado y me bañaré en su sangre, y así habré terminado con mi maldad y me alegraré deseando a mi Creador»² .

Recuerda cómo el demonio entonces huyó. Y, volviendo con otro combate, te quiso llevar al monte de la soberbia, diciendo: «Eres perfecta y agradable a Dios; no necesitas satisfacer más ni que llores tus pecados». Entonces yo te di luz, y viste el camino que te convenía seguir, esto es, humillarte; y, respondiendo al demonio, le dijiste: «¡Miserable de mí! Juan Bautista no cometió pecado, y fue santificado en el seno de su madre, y, con todo, hizo grandes penitencias; y yo he cometido tantos pecados, y nunca he comenzado a reconocerlo con llanto y verdadera contrición viendo a Dios que está ofendido por mí y yo soy quien le ofendo!»

Entonces, el demonio, no pudiendo tolerar la humildad ni la esperanza en mi bondad, respondió: «¡Maldita seas!, que no encuentro manera de vencerte. Si te humillo por la turbación, tú te elevas a la misericordia, y si te ensalzo, te humillas, llegando hasta el infierno, y en él me persigues. De modo que no volveré más a ti, porque me castigas con la vara de la caridad».

Debe, pues, el alma condimentar el conocimiento de mi bondad con el conocimiento de sí misma y con el conocimiento de mí. Así será provechosa la oración vocal a quien la haga y a mí será agradable; y de la oración vocal imperfecta pasará a la mental perfecta si persevera en su práctica.

Pero si únicamente atiende a cumplir con el número de oraciones o si por la vocal abandonase la mental, nunca alcanzará la perfección. Algunas veces será el alma tan ignorante, que, habiéndose propuesto recitar cierto número de oraciones si yo visito su espíritu de cualquier modo que sea, ella, por recitarlas todas, no hace caso de mi visita ni la siente en su espíritu, y le parecerá cuestión de conciencia abandonar las oraciones comenzadas. Mi visita al alma es de diversos modos: unas veces con una luz especial para el conocimiento de sí misma; otras, por la generosidad de mi bondad, hasta con contrición de sus pecados; otras, poniéndole dentro de su espíritu la presencia de mi Verdad, de modos diversos según me place y el deseo que han tenido.

No debe el alma hacer caso omiso de mi visita, porque es engaño del demonio. En cuanto que el espíritu se halla preparado para recibirla del modo que sea, debe abandonar la oración vocal. Después, pasado el tiempo de la mental, si tiene tiempo, puede reemprender lo que se había propuesto rezar. Si no tiene tiempo, no debe preocuparse ni admitir el tedio o la turbación en su espíritu. Ten en cuenta que no ocurra esto con el oficio divino, que los clérigos están obligados a rezar, y pecan si no lo rezan. Estos deben rezarlo hasta que mueran. Si este fenómeno se sintiese en la hora señalada para el oficio, el espíritu, atraído y elevado por el deseo, debe preverlo y recitarlo antes o después, de modo que no quede el oficio divino, obligatorio, sin ser satisfecho.

Cualquier otra oración que el alma comience que no sea el oficio, debe comenzar vocalmente, para terminar en la oración mental. Y, en cuanto el espíritu se halle preparado, debe abandonar la vocal por la mental, por la razón expuesta.

La oración hecha de este modo lleva a la perfección. Por ello, la vocal, de cualquier modo que se haga, no debe ser descuidada, sino perfeccionada, según se ha dicho. Así, con la práctica y la perseverancia, gustará de veras el alma de la oración y del alimento de la sangre de mi Hijo unigénito. Por eso te dije que algunos comulgaban en su vida con el cuerpo y la sangre de Cristo, aunque no sacramentalmente; es decir, haciéndolo por el afecto de la caridad, la cual se experimenta por medio de la oración, poco o mucho según el afecto del que ora.

Quien anda con poca prudencia y sin mesura, encuentra poco; quien con mucha, encuentra mucho. Porque cuanto más se afana el alma en dar libertad a su afecto y unirlo a mí por la luz del deseo, tanto más conoce. Quien más conoce, más ama, y amando más, saborea más.

Ves, por tanto, que la oración perfecta no se adquiere con las muchas palabras, sino con afecto de deseo, elevándose a mí por el conocimiento de sí misma, condimentado lo uno con lo otro. Así poseerá, a la vez, la oración vocal y la mental, porque ambas se hallan unidas, lo mismo que la vida activa y la contemplativa, aunque se intente la oración vocal o se quiera la mental de muchos y diversos modos. Porque el santo deseo, la buena y santa voluntad, es oración. La voluntad y el deseo se elevan a mí en el lugar y tiempo ordenados y se unen en la oración continua del santo deseo. Así, permaneciendo el alma en ese deseo y voluntad, se mantiene en continua oración, y hará la vocal en el tiempo prescrito, y algunas veces fuera de él, según lo exija la caridad, en bien del prójimo, en conformidad con las necesidades y según el estado en que la he colocado.

Cada uno, según su estado, debe trabajar por la salvación de las almas, conforme al principio de la santa voluntad. Lo que se hace, de palabra o por obra, por la salud del prójimo es una verdadera oración³, suponiendo que la haga en el tiempo prescrito. Excepto a la oración a que está obligado, lo que hace por caridad al prójimo o por sí mismo, sea lo que sea, todo es oración. Como dijo el glorioso heraldo Pablo, quien no deja de orar, no deja de hacer el bien. Por esta razón dije que la oración vocal se hace de muchos modos unida a la mental, puesto que la vocal, hecha del modo dicho, se hace con el afecto de ‘la caridad y consecuencia de la caridad es la continua oración⁴.

Te he explicado cómo se llega a la oración mental, es decir, por la práctica de la perseverancia, y cómo se ha de dejar la oración vocal por la mental cuando yo visito al alma. Te he dicho también cuál es la oración común y la vocal común fuera de los tiempos prescritos y cómo es la oración de la buena y santa voluntad y su práctica por sí y por el prójimo.

Debe, pues, el alma esforzarse varonilmente a sí misma con esta oración, que es como una madre. Esto es lo que hace el alma recluida en la casa del conocimiento de sí misma, llegada ya al amor de amigo y de hijo. Si esa alma no guarda las normas descritas, permanecerá siempre en su tibieza e imperfección y amará lo que encuentre de provecho en mí o en el prójimo.

Santa Catalina de Siena. El Diálogo. 66.


Notas
¹ Recuérdese la existencia de tiendas en los puentes medievales ita­lianos.
² Col 3,17. – Alusión autobiográfica.
³ Rom 8,26.
⁴ Ibid.

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