El misterio de la vocación

No voy a hacer otra cosa sino: comenzar a cantar lo que he de repetir eternamente -¡¡¡las misericordias del Señor!!! (cf Sal 88,1)… Abriendo el Santo Evangelio, mis ojos han topado con estas palabras: «habiendo subido Jesús a un monte, llamó a sí a los que quiso; y ellos acudieron a él» (Mc 3,13). He aquí, en verdad, el misterio de mi vocación, de toda mi vida, y el misterio, sobre todo, de los privilegios que Jesús ha dispensado a mi alma… El no llama a los que son dignos, sino a los que le place, o como dice san Pablo: «Dios tiene compasión de quien quiere y usa de misericordia con quien quiere ser misericordioso. No es, pues, obra ni del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que usa de misericordia» (Rm 9,15-16).

Durante mucho tiempo estuve preguntándome a mí misma por qué Dios tenía preferencias, por qué no todas las almas recibían las gracias con igual medida. Me maravillaba al verle prodigar favores extraordinarios a santos que le habían ofendido, como san Pablo, san Agustín, y a los que él forzaba, por decirlo así, a recibir sus gracias; o bien, al leer la vida de los santos a los que nuestro Señor se complació en acariciar desde la cuna hasta el sepulcro, apartando de su camino todo lo que pudiera serles obstáculo para elevarse a él… Jesús se dignó instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza, y comprendí que todas las flores creadas por él son bellas, que el brillo de la rosa y la blancura de la azucena no le quitan a la diminuta violeta su aroma ni a la margarita su encantadora sencillez…Jesús ha querido crear santos grandes, que pueden compararse a las azucenas y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de contentarse con ser margaritas o violetas, destinadas a recrearle los ojos a Dios cuando mira al suelo. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos.

Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz

Msc A, 2 rº -vº.

Si permanecemos fieles

…Dios no está obligado a mantenernos siempre dentro de los muros de la clausura. Él no los necesita, pues tiene otros muros para protegernos. (…)

Si permanecemos fieles (…) y fuéramos arrojadas a la calle, el Señor nos enviará sus ángeles, que acamparán en nuestro entorno para proteger nuestras almas con el batir invisible de sus alas, mejor que la más alta y más fuerte muralla. No hemos de anhelar una situación tal y podemos muy bien rezar para que no tengamos que vivir esa experiencia; sin embargo, con el deseo sincero y serio: ¡Que no se haga mi voluntad, sino la tuya!

Edith Stein
La exaltación de la cruz, 14.09.1941

«El sábado está hecho para los hombres» (Mc 2,27)

«El sábado está hecho para los hombres» (Mc 2,27).

En el relato de la creación, el sábado se describe como el día en que, en libertad y adoración, el hombre participa de la libertad, del reposo y de la paz de Dios. Celebrar el sábado es celebrar la alianza. Esto significa un retorno a los orígenes, la eliminación de las impurezas que nuestras actividades múltiples han dejado en nuestro interior. Quiere decir ponerse en marcha hacia el mundo nuevo donde no habrá ya esclavos ni amos sino únicamente hijos de Dios libres, ponerse en marcha hacia un mundo en el que el hombre, los animales y la tierra participarán conjuntamente y como hermanos en la paz y en la libertad de Dios…

Pero el hombre ha rechazado el reposo, el descanso que venía de Dios, la adoración con su paz y su libertad y, por fin, se ha sometido a la acción. Ha esclavizado al mundo con su actividad y se ha hecho esclavo él mismo. Por esto, Dios dio al hombre el sábado que aquel había rechazado. Al rechazar el hombre el ciclo de la libertad y del reposo que vienen de Dios, se alejó de su condición de imagen de Dios pisando así la dignidad del mundo. Por esto hacía falta arrancar al hombre de su esclavitud que le tenía atado a su propio trabajo. Por esto, Dios quiso que el hombre reencontrara su autenticidad, liberándolo del domino de la acción. “No preferir nada al servicio de Dios”, decía San Benito. En primer lugar, la adoración, la libertad y el reposo que viene de Dios. Así, y sólo así, el hombre puede vivir verdaderamente.

Joseph Ratzinger
Sermones de Cuaresma 1981.

Las bodas del Cordero

«Yo contemplé y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes y de los ancianos estaba un cordero como degollado» (Apoc. 5, 6).

Cuando el vidente de Patmos contempló ese rostro latía todavía en él el recuerdo de aquel inolvidable día junto al Jordán, cuando Juan el Bautista le mostró al «Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Jn 1, 29). En aquel momento había comprendido él la palabra y ahora comprendía la imagen. El era el que antes caminaba junto al Jordán y el que se le había manifestado ahora en blancas vestiduras, con sus ojos como llamas de fuego y con la espada del que juzga, el Primero y el Último (Jn 1, 13ss). El llevó a la plenitud lo que los ritos de la Antigua Alianza sólo manifestaron en figura. (…)

Pero… ¿por qué había elegido el Cordero como símbolo preferido? ¿Por qué se muestra Él todavía de esa forma en el trono de la eterna gloria? Porque fue inocente y humilde como un cordero y porque él había venido para «dejarse llevar como cordero al matadero» (Is 53,7). (…)

Juan presenció también eso cuando el Señor permitió que lo apresaran en el Monte de los Olivos y luego se dejó clavar en la cruz en el Gólgota. Allí, en el Gólgota, fue consumada la verdadera Víctima de la Reconciliación y con ella perdieron su eficacia todas las antiguas ofrendas, y muy pronto cesaron totalmente, así como el antiguo sacerdocio con la destrucción del Templo. Todo eso le tocó presenciar a Juan; por eso no le asombraba el Cordero sobre el trono, y porque fue un fiel testigo suyo le fue mostrada también la esposa del Cordero. (…)

Así como el Cordero tuyo que ser degollado para ser elevado sobre el trono de la gloria, así conduce el camino de la gloria, a través de la Cruz y el sufrimiento, a todos aquellos que fueron elegidos para el banquete de las bodas del Cordero.

El que quiera desposar al Cordero tiene que dejarse clavar con él en la Cruz. Para esto están llamados todos los que fueron marcados con la sangre del Cordero, y éstos son todos los bautizados. Sin embargo, no todos comprenden esta llamada y le siguen.

Edith Stein
Las bodas del Cordero

«Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó» (Mc 1, 41)

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida has trocado.

¡Oh divina vida!, nunca matas si no es para dar vida, así como nunca llagas si no es para sanar. Llagásteme para sanarme, ¡oh divina mano!, y mataste en mí lo que me tenía muerta sin la vida de Dios, en que ahora me veo vivir. Y esto hiciste tú con la liberalidad de tu general gracia para conmigo en el toque con que me tocaste del resplandor de tu gloria y figura de tu sustancia (Hb 1,3), que es tu Unigénito Hijo; en el cual, siendo él tu Sabiduría, tocas fuertemente desde un fin hasta otro fin (Sab 7,24); y este Unigénito Hijo tuyo, ¡oh mano misericordiosa del Padre!, es el toque delicado con que me tocaste en la fuerza de tu cauterio y me llagaste.

¡Oh, pues, tú, toque delicado, Verbo Hijo de Dios, que por la delicadez de tu ser divino penetras sutilmente la sustancia de mi alma, y, tocándola toda delicadamente, la absorbes toda a ti en divinos modos de deleites y suavidades nunca oídas en la tierra de Canaán, ni vistas en Temán (Bar 3,22)! ¡Oh, pues, mucho y en grande manera mucho delicado toque del Verbo para mí tanto más cuanto, habiendo trastornado los montes y quebrantado las piedras en el monte Horeb con la sobra de su poder y fuerza que iba adelante, te diste a sentir al profeta en silbo de aire delgado (1Re 19,11-12)! ¡Oh aire delgado!; como eres aire delgado y delicado, di, ¿cómo tocas delgada y delicadamente, siendo tan terrible y poderoso?

¡Oh dichosa y mucho dichosa el alma a quien tocares delgadamente, siendo tan terrible y poderoso! Di esto al mundo, mas no lo quieras decir al mundo, porque no sabe de aire delgado y no te sentirá, porque no te puede recibir ni te puede ver (Jn 14,17); sino aquellos, ¡oh, Dios mío y vida mía!, verán y sentirán tu toque delgado que, enajenándose del mundo, se pusieren en delgado, conviniendo delgado con delgado y así te puedan sentir y gozar; a los cuales tanto más delgadamente tocas cuanto por estar ya adelgazada y pulida y purificada la sustancia de su alma, enajenada de toda criatura y de todo rastro y de todo toque de ella, estás tú escondido morando muy de asiento en ella. Y en eso, los escondes a ellos en el escondrijo de tu rostro, que es el Verbo, de la conturbación de los hombres (Sal 30,21).

San Juan de la Cruz
Llama de Amor Viva, Estrofa 2