En la vida moral, la conciencia es bienhechora o perjudicial, según los objetos que ilumina. Disminuye, vulgariza nuestros talentos y virtudes: el alma demasiado consciente de su propio valer jamás es un alma grande.
Pero también atenúa nuestros defectos: el que conoce su ignorancia y sus debilidades domina ya estas imperfecciones; aquí el «nosce te ipsum» (conócete a tí mismo) es un germen de liberación.
El tipo moral más vulgar es el del hombre consciente de sus cualidades e inconsciente, al mismo tiempo, de sus defectos.
Gustave Thibon

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