San Juan Crisóstomo

«Ustedes son la sal de la tierra» (Mt 5, 13)

Cuando Jesús había dado a sus discípulos preceptos sublimes, para que no dijesen: «¿cómo podremos cumplirlos?» los calma con alabanzas, diciéndoles: «Ustedes son la sal de la tierra». Demuestra así que les añade esto por necesidad, como si les dijese: «No los envío por su vida, ni por una nación, sino por todo el mundo. Y si al herir el corazón humano, éste los injuria, alegrénse». Ese es el efecto de la sal, morder lo que es de naturaleza laxo y lo reduce. Por ello, la maldición de otros no los dañará, sino que será testigo de vuestra virtud (hom. 15, 6).

Comprende cuán grandes son las cosas que les promete, cuando aquéllos, que eran desconocidos en su propio país, adquirieron tanta fama, que llegó ésta en poco tiempo hasta los confines de la tierra: ni las persecuciones que les había predicho pudieron ocultarlos, sino que más bien los hizo mucho más famosos (hom. 15, 7).

Por estas palabras les enseña también a cuidar con solicitud de su propia vida, como que ésta había de estar mirada constantemente por todos, así como la ciudad que está colocada sobre un monte, o como la luz que está luciendo sobre un candelero (hom. 12).

O por esto que dijo: «No puede esconderse una ciudad», demostró su virtud. En esto que añade: «No encienden la luz», nos induce a la libre predicación, como si dijese: «Yo, en verdad, he encendido la luz, y a ustedes corresponde tenerla encendida, no sólo por ustedes y por otros que serán iluminados, sino también por la gloria de Dios» (hom. 15, 7).

San Juan Crisóstomo

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