La palabra posee un doble sentido. Por una parte significa desamparo, aislamiento; por otra, confianza, distensión, comunión. Para Sartre, el sentimiento de abandono es la angustia que invade al hombre ante un desconocido hostil o indiferente; para un cristiano, la fe llena de confianza ante un desconocido que nos acoge con benevolencia. «Me siento abandonado por un Dios que no existe», señala el existencialismo. A lo que un cristiano responde: «Yo me abandono a un Dios que se oculta».

En el fondo, estos dos sentimientos se reclaman el uno al otro; porque para poder abandonarse plenamente a Dios, de algún modo es necesario sentirse abandonado por Dios. El desamparo y la ofrenda son el flujo y el reflujo de la misma ola. Cristo en la cruz sufrió estos dos abandonos con la máxima intensidad. «Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». Es el fluir de la desesperación que anega al alma, seguido del reflujo de la fe perfecta y de la esperanza suprema: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu…».

Gustave Thibon
Una mirada ciega ante la luz, La luz invisible

¡La ciencia del amor! ¡Sí, estas palabras resuenan dulcemente en los oídos de mi alma! No deseo otra ciencia. Después de haber dado por ella todas mis riquezas, me parece, como a la esposa del Cantar de los Cantares, que no he dado nada todavía … Comprendo tan bien que, fuera del amor, no hay nada que pueda hacernos gratos a Dios, que ese amor es el único bien que ambiciono.

Jesús se complace en mostrarme el único camino que conduce a esa hoguera divina. Ese camino es el abandono del niñito que se duerme sin miedo en brazos de su padre… «El que sea pequeñito, que venga a mí», dijo el Espíritu Santo por boca de Salomón. Y ese mismo Espíritu de amor dijo también que «a los pequeños se le compadece y perdona». Y, en su nombre, el profeta Isaías nos revela que en el último día «el Señor apacentará como un pastor a su rebaño, reunirá a los corderitos y los estrechará contra su pecho». Y, como si todas esas promesas no bastaran, el mismo profeta, cuya mirada inspirada se hundía ya en las profundidades de la eternidad, exclama en nombre del Señor: «Como una madre acaricia a su hijo, así os consolaré yo, os llevaré en brazos y sobre las rodillas los acariciaré».

Santa Teresa de Lisieux
Historia de un alma, Msc”B”. Cap. IX.

Padre mío,
me abandono a Ti.
Haz de mí lo que quieras.

Lo que hagas de mí te lo agradezco,
estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal que Tu voluntad se haga en mí
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.

Pongo mi vida en Tus manos.
Te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí amarte es darme,
entregarme en Tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque Tu eres mi Padre.

San Carlos de Foucauld

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