Editorial

Anestesia

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, hemos ido endureciendo el corazón, anestesiando los sentimientos, poniendo barreras para evitar sentir el dolor, pero así también esas barreras evitan sentir el amor, que es el único motivo por el que peregrinamos en este mundo.

El modernismo es la trampa en la que hemos caído y nos ha desviado del camino. Este camino nos ha llevado a un vacío existencial que se enmascara mediante la búsqueda de poder, dinero, placer, conformismo, egocentrismo. Con el tiempo, lo superficial y exterior fue cediendo paso, adornando la existencia, usando el entretenimiento para evitar que pensemos por nosotros mismos, desde las noticias que se repiten constantemente como si quisieran grabárnoslas en el cerebro hasta los celulares que nos tienen hipnotizados. Ya no distinguimos lo importante de lo urgente. Y «nunca tenemos tiempo».

Es necesario volver al silencio interior en medio de este mundo que nos aturde constantemente para descubrir el sentido de la vida y poder valorar uno de los dones más preciados que Dios nos ha dado: la vida.

Este don ni siquiera nos pertenece, porque así como Dios nos ha tejido en el seno de nuestra madre, un día, más tarde o más temprano, nos llamará para volver a Su casa: «Estén preparados, ceñidos y con las lámparas encendidas. Sean como los hombres que esperan el regreso de su señor, que fue a una boda, para abrirle apenas llegue y llame a la puerta. ¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada! Les aseguro que él mismo recogerá su túnica, los hará sentar a la mesa y se pondrá a servirlos. ¡Felices ellos, si el señor llega a medianoche o antes del alba y los encuentra así! Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada» (Lc 12, 35-40).

Sólo así, el día en que dejemos este mundo o lo dejen nuestros seres queridos, podremos estar en paz, sabiendo que usamos nuestro libre albedrío correctamente. No creer que esta vida es la única y no hay nada más allá, lo que lleva a la falta de esperanza y a la pérdida de la identidad, y a la pérdida del sentido último.

Carolina de Jesús
23.12.2016

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