Juan Andrés Caniato

Lo nuevo que queda

Puesto que Dios es eterno, cuando Dios dice que algo es «nuevo», significa que es eternamente nuevo, está destinado a ser eternamente nuevo y, por lo tanto, no puede quedar obsoleto, no puede envejecer.

Y es precisamente el sentido apocalíptico de este adjetivo el que nos ayuda a comprender lo que el Señor ha realizado con su pasión, con su muerte y resurrección: un cielo nuevo y una tierra nueva, una ciudad nueva, la ciudad en la que Dios habita con los hombres, la ciudad en la que las lágrimas se secan para siempre, en la que no hay lugar para la muerte, el luto y la angustia.

Si esto es verdad, entonces no se trata de pensar en el cielo como el futuro. Pasado, presente y futuro son categorías que están destinadas a perder su valor; pertenecen «al cielo y a la tierra de antes, a aquel mar que ya no era».

El Paraíso, la Jerusalén del cielo, no debe ser pensado en el futuro, sino en lo definitivo, en lo que ya ahora permanece para siempre y no está destinado a pasar.

Si es «para siempre», el cielo es ya ahora y, en definitiva, buscar cada día esta novedad definitiva es precisamente el sentido de nuestra vida de creyentes.

Mons. Juan Andrés Caniato

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