San Francisco de Sales

La oración: estar en Dios

«Y yo haré todo lo que ustedes pidan en mi Nombre, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si ustedes me piden algo en mi Nombre, yo lo haré» (Jn 14, 13-14)

La oración es tan útil y necesaria que sin ella no podríamos alcanzar ningún bien y es la oración la que nos enseña a hacer bien todas nuestras acciones.

Para saber lo que es la oración hay que escuchar las palabras del rey Ezequías cuando recibió la sentencia de muerte, que después fue revocada por su penitencia. El rey decía: «gritaré como el pollito de la golondrina cuando se queda solo, pues su madre ha ido a buscarle alimento y remedio para su ceguera. La cría grita, pía, porque está sin su madre y porque no ve. Lo mismo yo, si pierdo la gracia, que es mi madre, y sin tener quien me socorra, clamaré»... y añade «y meditaré como la paloma». Todos los pájaros tienen la costumbre de abrir el pico cuando cantan y gorjean, menos la paloma, que lanza su cantito o gemido reteniendo la respiración dentro de ella, y reteniendo su aliento sin dejarlo salir, logra emitir su canto.

También la meditación se logra cuando detenemos nuestro entendimiento en un misterio del cual pretendemos sacar buenos afectos, ya que sin esta intención no sería meditación sino estudio. Por tanto, la meditación es para mover los afectos y sobre todo el del amor. La meditación es la madre del amor de Dios y es la mejor oración, en la cual no se nota que se reza; lo que se hace, se lleva a cabo sin saber cómo se hace y sin pensar en lo que se pide. Así se ve que el alma está toda en Dios. 

Nos queda por hablar de la causa final de la oración. Hemos de saber que todo ha sido creado para la oración y que cuando Dios creó al ángel y al hombre lo hizo para que le alabasen eternamente en el cielo y esta será la última cosa que haremos, si es que se puede llamar última a algo que es eterno. 

Si se construye una iglesia y se nos pregunta por qué la hacemos, diremos que es para retirarnos allí a cantar las alabanzas de Dios, y sin embargo cantarlas será lo último que vamos a hacer.

San Francisco de Sales
IX, 46 

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