¡Pero el Señor es «listo»! La reconciliación que quiere ofrecer al pueblo será una lección que los israelitas recordarán siempre. Dios se comporta como un amante rechazado: si realmente no me quieres, ¡entonces me voy! Y nos deja solos. Es cierto, podemos salir adelante por una temporada, seis meses, un año, dos años, tres años, incluso más. En un momento dado, las cosas estallan. Si seguimos solos, esta autosuficiencia estalla, esta autocomplacencia de la soledad. Y estalla mal, estalla mal.
Pienso en un caso de un buen sacerdote, bueno, religioso, lo conozco bien. Era brillante. Si había un problema en algunas comunidades, los superiores pensaban en él para resolverlo: un colegio, una universidad; era bueno, bueno. Pero era un devoto del «santo espejo»: se miraba tanto. Y Dios fue bueno con él. Un día le hizo sentir que estaba solo en la vida, que había perdido tanto. Y no se atrevió a decirle al Señor: «Pero he arreglado esto, lo otro, lo otro…». No, de inmediato se dio cuenta de que estaba solo. Y la gracia más grande que el Señor puede dar, —para mí es la gracia más grande—: ese hombre lloró. La gracia de llorar. Lloró por el tiempo perdido, lloró porque el santo espejo no le había dado lo que esperaba de sí mismo. Y volvió a empezar desde el principio, humildemente. Cuando el Señor se va, porque lo echamos, debemos pedir el don de las lágrimas, llorar la ausencia del Señor. «Tú no me quieres, así que me voy», dice el Señor, y con el tiempo pasa lo que le sucedió a este sacerdote. (…)
La experiencia del pecado y del perdón de Dios es lo que ha permitido a Israel convertirse algo más en el Pueblo que pertenece a Dios. Hemos hecho esta liturgia penitencial y hemos experimentado nuestros pecados; y decir pecado es algo que nos abre a la misericordia de Dios, porque el pecado generalmente se esconde. Ocultamos el pecado no solo a Dios, no solo a nuestro prójimo, no solo al sacerdote sino a nosotros mismos. La «cosmética» ha progresado mucho, en esto: somos especialistas en camuflar las situaciones. «Sí, pero no es para tanto, se entiende…». Y un poco de agua para lavarse los cosméticos es bueno para todos, para ver que no somos tan hermosos: somos feos, feos incluso en nuestras cosas. Pero sin desesperarse, porque está Dios, clemente y misericordioso, que siempre está detrás de nosotros. Está su misericordia que nos acompaña. (…)
El pecado nos desfigura, y sufrimos con dolor esa experiencia humillante cuando nosotros mismos o uno de nuestros hermanos sacerdotes u obispos caemos en el abismo sin fondo de vicio, de la corrupción o, lo que es peor, del crimen que destruye las vidas de otros. Quiero compartir con vosotros el dolor y la pena insoportables que causa en nosotros y en todo el cuerpo eclesial la ola de escándalos de los que están llenos los periódicos de todo el mundo. Es evidente que el verdadero significado de lo que está sucediendo hay que buscarlo en el espíritu del mal, en el Enemigo, que actúa con la pretensión de ser el amo del mundo, como dije en la liturgia eucarística al final del Encuentro sobre la protección de los menores en la Iglesia (24 de febrero de 2018).
Sin embargo, ¡no os desaniméis! El Señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a sí mismo. Nos está haciendo experimentar la prueba para que entendamos que sin Él somos polvo. Nos está salvando de la hipocresía, de la espiritualidad de las apariencias. Está soplando su Espíritu para devolver la belleza a su Esposa, sorprendida en flagrante adulterio. Nos hará bien leer hoy el capítulo XVI de Ezequiel. Esta es la historia de la Iglesia. Esta es mi historia, puede decir cada uno de nosotros. Y, al final, pero a través de tu vergüenza, seguirás siendo el pastor. Nuestro humilde arrepentimiento, que permanece en silencio entre lágrimas ante la monstruosidad del pecado y la insondable grandeza del perdón de Dios, éste, este humilde arrepentimiento es el comienzo de nuestra santidad (…)
Creamos, en cambio, en la guía paciente de Dios, que hace las cosas a su debido tiempo, ensanchemos nuestros corazones y pongámonos al servicio de la Palabra de la reconciliación.
Sed vosotros los primeros en pedir perdón a vuestros hermanos. «Acusarse es un comienzo sapiencial, vinculado al temor de Dios» (ibíd.). Será una buena señal si, como hemos hecho hoy, cada uno de vosotros se confesará con un hermano, incluso en las liturgias penitenciales en la parroquia, ante los ojos de los fieles. Tendremos el rostro luminoso, como Moisés, si con la mirada conmovida hablaremos a los demás de la misericordia que nos ha sido dada. Es el camino. No hay otro. Veremos al demonio del orgullo caer como un rayo del cielo, si en nuestras comunidades se cumplirá el milagro de la reconciliación. Sentiremos que somos un poco más el Pueblo que pertenece al Señor, en medio del cual Dios camina. Este es el camino.
Y os deseo buena Cuaresma.
Papa Francisco:
Lo necesito, necesito la oración. Rezad por mí. Una de las cosas que me gustan de este [folleto] es la riqueza de los Padres: regresar a los Padres. Hace poco tiempo, en una parroquia de Roma, se presentó un libro «Necesidad de paternidad», creo que se llama así; son todos los textos de los Padres según diferentes temas: las virtudes, la Iglesia… Volver a los Padres nos ayuda mucho porque es una gran riqueza. Gracias.
Encuentro del Santo Padre Francisco con los párrocos y los sacerdotes de la diócesis de Roma, 07.03.2019

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