Orígenes San Gregorio Magno

¡Si tú también conocieras!

«Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41)

Jesucristo confirma con su ejemplo todas las bienaventuranzas de que ha hablado en el Evangelio (…) y como había dicho: «Bienaventurados los que lloran» (Mt 5,5), El también lloró sobre la ciudad.

Yo no niego que aquella Jerusalén fuese destruida por los pecados de sus habitantes; pero pregunto si estas lágrimas han sido vertidas también sobre vuestra Jerusalén. Cuando alguno peca después de participar de los misterios de la verdad, se llorará por él; pero no por ningún gentil, sino sólo por aquel que perteneció a Jerusalén y después la abandonó.

Llora además por nuestra Jerusalén, a la que, después que ha pecado, sitian sus enemigos, esto es, el espíritu maligno, y la rodean de trincheras para cercarla y no dejar piedra sobre piedra; especialmente cuando alguno es vencido después de mucha continencia y de algunos años de castidad, y atraído por los halagos de la carne, pierde la paciencia y la castidad. Y si fuese fornicador no dejarán en él piedra sobre piedra, según las palabras de Ezequiel: «No me acordaré de sus primitivas virtudes» (Ez 18,24).

Orígenes
in Lucam hom. 38

Lloró, pues, el piadoso Redentor la destrucción de aquella pérfida ciudad, las desgracias que ella misma ignoraba habrían de venirle. Por esto añade: «¡Si también tú conocieras…» llorarías con amargura, la que ahora tanto te alegras, porque desconoces lo que te amenaza. Por esto añade: «siquiera en este día el mensaje de paz» Como en aquel día se había consagrado a todos los goces materiales, tenía todo lo que podía procurarle la paz. Manifiesta después cómo los bienes presentes hacen su paz, cuando añade: «Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos»; porque si los males que la amenazan no estuviesen ocultos a los ojos de su corazón, no se alegraría tanto por las prosperidades presentes; por esto añade la pena que lo amenaza, cuando dice: «Porque vendrán días sobre ti, en que tus enemigos te rodearán de empalizadas, te cercarán y te apretarán por todas partes…»

Nuestro Redentor no cesa de llorar por sus escogidos cuando ve caer en el mal a los que poseían la virtud; porque si éstos conociesen la condenación que les espera, se llorarían a sí mismos con las lágrimas de los escogidos. El hombre de inclinaciones malas tiene aquí su día, que goza por breve tiempo, y se complace en las cosas temporales disfrutando de cierta paz; por esto huye de prever el porvenir, para que no se turbe su alegría presente. Por esto sigue: «Mas ahora está encubierto a tus ojos», etc.

San Gregorio
in evang. hom. 39

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