Eucaristía

Sobre la Santa Comunión

El primer punto es sobre las razones que tenemos para disponernos a hacer bien nuestras comuniones; el segundo, sobre los medios para prepararnos bien; y el tercero, sobre las señales que podemos tener para conocer si las hacemos bien.

Estaban reunidas no solamente las hermanas de la ciudad sino también siete u ocho de las aldeas, a las que la divina Providencia parecía haber inspirado el pensamiento de venir, sin haber sido avisadas, para oír las caritativas advertencias de nuestro querido y buen padre sobre un tema tan importante.

Después de haber hecho la lectura de estos puntos, su caridad, dirigiéndose a una hermana le dijo:

– Hermana, díganos qué ha pensado sobre el primer punto. ¿Por qué razones tenéis que prepararos para hacer bien vuestras comuniones?

Aquella buena hermana, que no era de las más inteligentes, contestó que era un gran bien comulgar debidamente y que podíamos conocer que hemos comulgado bien cuando nos sentíamos satisfechas.

Y nuestro queridísimo padre, que con su caridad habitual no quería confundir a nadie, añadió:

– Ved, hermanas mías, nuestra hermana quiere decir cómo cuando hemos comulgado y nuestra conciencia no nos reprocha ningún apego al pecado y ningún deseo de ocultarlo en la confesión, es una señal de que nuestra comunión ha sido bien hecha. Hermanas mías, esto puede ser una buena señal; pero no siempre es segura, ya que hay almas endurecidas en el pecado que no sienten nunca remordimientos. ¡Dios os guarde de esta desgracia! Si así sucediese, mis queridas hermanas, ¿qué habría que hacer? Habría que tener gran sentimiento de ello, tomar la resolución de reparar esta falta y prepararse bien para la comunión siguiente.

– ¿Y usted, hermana, díganos por favor por qué razones tenemos que prepararnos bien a la santa comunión?

– Padre, me parece que, además de que cometemos un sacrilegio al comulgar mal, recibimos a nuestro Señor para nuestra condenación. Una de las señales de que no hemos comulgado bien es que no nos corregimos de nuestras imperfecciones. Un medio para comulgar bien, es ser muy fieles en prepararnos bien por medio de una buena confesión.

– ¿Y usted, hermana? Díganos sus pensamientos sobre el tema de esta conferencia.

– Padre, me parece que es de gran importancia comulgar bien, pues se puede cometer un gran sacrilegio y que comulgando mal se añade un nuevo pecado a los que ya se tenían.

– ¿Y qué medios hay que utilizar, hermana mía, para hacer una buena comunión?

– Me parece, padre, que el principal medio es hacer una confesión íntegra y tener un gran deseo de la santa comunión.

Otra hermana dijo:

– Padre, tenemos varias razones para desear vivamente comulgar con la mayor dignidad posible. La primera es la excelencia de este misterio que, comprendido solamente en la forma en que podemos hacerlo, merecería que empleásemos todos nuestros pensamientos en desearlo, que hiciésemos que todas nuestras acciones sirvieran de preparación y de disposición para comulgar bien. Otra razón es el bien que recibimos de una comunión bien hecha, que es tan grande, que nos puede hacer una misma cosa conDios. Una razón muy cordial es el deseo que nuestro Señor nos ha demostrado tener de que lo recibamos dignamente, cuando, por su gran amor, instituyó este grandísimo sacramento, por el que sea siempre bendito, y quiso que la santa Iglesia nos obligase bajo pena de pecado mortal.

Una de las señales para conocer que nuestras comuniones están hechas según el plan de Dios, es cuando se realiza verdaderamente la unión de nuestra alma con nuestro Señor; lo cual nos hace en cierto modo semejantes a él por la práctica de las virtudes de las que nos dio ejemplo en la tierra, corrigiéndonos de nuestros defectos. Así como también hemos de temer que nuestras comuniones estén mal hechas cuando seguimos, por una negligencia voluntaria, en nuestras malas costumbres e inclinaciones. Si fuésemos tan desgraciadas que esas costumbres nos llevasen al pecado mortal, sería una gran señal de que habríamos comulgado mal y para nuestra condenación. Y si una alma buena llegara a darse cuenta o a dudar de que no ha hecho una buena comunión, tendría un poco de sindéresis, y se diría a sí misma: “¡Qué miserable! ¡tú has sido tan temeraria que te has acercado a tu Señor con tal pecado!”. Y después de haberse arrepentido, prometería a Dios prepararse mejor en el futuro. Pero, si fuese un alma mala, un alma endurecida, no tendría ninguna de esas amonestaciones interiores, se endurecería más todavía y llegaría hasta tal punto que iría haciendo una comunión tras otra sin ningún provecho. El alma estaría en un estado muy pobre. Hermanas mías, tengamos miedo de esta disposición, de la que Dios nos guarde por su divina misericordia.

Para preservarnos de caer en este crimen, he pensado que sería conveniente excitar en mi un gran deseo de la santa comunión, obrar de tal manera que este deseo fuese siempre como un deseo nuevo, semejante al que tendría si no hubiese comulgado desde hacía mucho tiempo, y no tener en este deseo más finalidad que la unión con nuestro Señor.

Otro medio es disponerme a hacer una buena confesión; humilde, íntegra y llena de confianza, con aplicación a la gracia que recibimos de Jesús crucificado. Además, agradecer mucho la gracia amorosa que Dios nuestro Señor nos ha concedido, al demostrarnos que tenía muchos deseos de entregarse a nosotros en este grandísimo sacramento.

– ¡Bendito sea Dios, hermana mía, por los pensamientos que le ha dado! Nuestra hermana ha dicho que, cuando sentimos paz y satisfacción en nuestra conciencia es una señal de que hemos hecho una buena comunión. Yo os diré, hijas mías, que es verdad, pero que no es esta la única señal y que hay otras. Os diré también que esta señal no siempre es infalible, ya que hay almas tan endurecidas en el pecado que no les impresiona nada, y otras tan necias que no tienen ningún sentimiento de temor ni de amor.

Para comprender esta verdad, pensad en Sta. Catalina, que tenía mucho amor a Dios y que se esforzaba mucho en su perfección. Cuando recibía la santa Comunión, se veía atormentada por tan enormes pensamientos que tenía miedo de estar abandonada por Dios. En los momentos en que Dios Nuestro Señor se comunicaba con ella diariamente, ella le hablaba con toda cordialidad. Un día, como se quejase ante Él de aquellas horribles representaciones, Él le aseguró que, durante sus tormentos más fuertes, Él estaba en medio de su corazón. Así sucede, mis queridas hermanas, con ciertas almas a las que Dios se complace en ejercitar de esta manera. He conocido a una persona de gran virtud tan atormentada por estas penas tan molestas durante la santa comunión, que me causaba gran piedad. Nunca, fuera de allí, tenía ningún pensamiento de esta clase; eran pensamientos tan horribles que no me atrevería a decíroslos.

Hijas mías, puesto que Dios se complace en probar a los suyos, no penséis, cuando os sintáis probadas de esta manera, que vuestra comunión no ha sido bien hecha. Sin embargo, hay que poner todos los medios para permanecer tranquilas y para tener el espíritu en calma durante la santa comunión.

Nuestra  hermana ha añadido acertadamente que comulgar sin una debida preparación es ponerse en peligro de cometer un sacrilegio, que comulgar así es comulgar con su condenación. Otra ha dicho: «Si me acerco a la comunión indignamente, comento un gran pecado»; y una tercera: es «arrastrar piedras preciosas por el barro».

Todo esto es verdad, hijas mías, ¡qué injuria se hace a Jesucristo! ¡Qué desgracia para una persona que comulga indignamente! Hijas mías, ¡que quiera Dios guardaros! ¡Que Dios nos guarde de ello! ¡Qué pecado, hijas mías!

Es verdad, mis queridas hermanas, que comulgar sin estar preparados nos pone en peligro de cometer un sacrilegio; pero ¿sabéis qué es cometer un sacrilegio? Es querer unir una cosa profana con otra sagrada. Mis queridas hermanas, ¡qué desgracia! ¡Quiera Dios guardarnos de ella! Es quitar a Dios de nuestro corazón, para entregarlo a la criatura. Es como si quisieses tirar por el suelo un precioso tesoro. Hijas mías, tengamos mucho cuidado en lo que vamos a hacer cuando queremos comulgar; porque un sacrilegio es un pecado mortal.

¿Y qué pensáis de lo que nos ha dicho nuestra hermana cuando nos declaró que, al comulgar sin estar bien preparados, nuestras comuniones son para nuestra condenación. No es ella quien nos lo ha dicho, hijas mías, sino que lo ha dicho S. Pablo en aquellas palabras en que nos manda que nos probemos a nosotros mismos antes de querer comer este pan (1Cor 11, 28). ¿Y qué creéis vosotras que es esta prueba, sino una debida preparación? De lo contrario, lo dice también claramente S. Pablo, lo recibiríamos para nuestra condenación. Hijas mías, ¡qué desgracia! Ved lo que le pasó a Judas. Comulgó sin esta preparación, porque tenía la intención de traicionar a Nuestro Señor, ¿y qué le sucedió? Algo terrible, hijas mías. El diablo se le metió en el cuerpo (Jn 13, 27). Os digo esto para que aprendáis a aprovecharos de la sagrada Comunión. Tengamos mucho cuidado, mis queridas hijas, vosotras y yo, miserable como soy, para que no nos acontezca esta desgracia de comulgar indignamente. (…)

Para facilitar y aliviar vuestra memoria, de ahora en adelante sólo será necesario tener dos puntos; primero, sobre los motivos y razones que tenemos para hacer o no hacer una cosa, esto es, por qué hacer una cosa o no hacerla, tal como se nos indica; y el otro, sobre los medios para hacer bien lo que se nos propone, será necesario, hijas mías, cuando sepáis cuales son los puntos, que delante de Dios os digáis a vosotras mismas: «He aquí que me proponen hacer esto. Si lo hago, ¿qué bien alcanzaré? Si no lo hago, ¿qué mal me sucederá?». De esta forma, hermanas mías, encontraréis fácilmente algunas razones; y después de haberlas considerado bien por vosotras mismas, con la gracia de Dios, sentiréis más deseos y ganas de cumplir la cosa propuesta. Os suplico, hermanas mías, en nombre de Nuestro Señor, que pongáis atención en esto. ¡Bendito sea Dios, hermanas mías!

Se me han ocurrido varias razones sobre el tema, y me he detenido especialmente en dos. La primera es la que ya os he dicho, que si comulgamos mal, recibimos nuestra condenación. Hijas mías, ¡cuánto tenemos que temer este peligro! (…)

¿Cuál creéis que es, hijas mías, al acercarse a la santa Comunión, el estado de un alma que no está bien preparada? Si pudiese darse cuenta, ¡cuán tremendo sería su pánico! Sin embargo, no hay nada tan real como un juicio de condenación, o más bien, es la condenación misma que se ejecuta, porque, en vez de estar unida con el autor de la vida al comer este pan divino, se aparta de Él por las malas disposiciones que trae para recibirlo.

La segunda razón, hijas mías, es que no solamente se trata de una condenación, sino de una verdadera muerte para el alma; de un alma que no recibe dignamente a Nuestro Señor podemos decir: «Esta alma está muerta», porque carece de la vida de la gracia; y sigue estando muerta mientras permanece en ese estado. Por el contrario, el alma que comulga con la debida preparación, recibe al mismo tiempo esa gracia y la fuente de toda gracia.

No solamente, hijas mías, entra la muerte en el alma de los que comulgan mal, sino que a veces acontece también la muerte temporal. ¿Cuántas personas creéis vosotras que han visto abreviarse sus días sobre la tierra quizás como castigo de este gran mal, y quizás también para impedirles que sigan deshonrando a Dios por el uso que hacen de la santa Comunión? Hijas mías, Dios es justo, ¡y cuántas aflicciones, cuantas enfermedades! ¿Quién sabe si no son castigo de tales crímenes? Aunque no tengamos que juzgar a nadie, esto puede acontecer.

Uno de los bienes que se obtiene como consecuencia de una comunión bien hecha es, hijas mías, que nos convertimos en una misma cosa con Dios. ¡Oh! ¡Que una pobre Hija de la Caridad, que antes de la comunión era lo que es, esto es, muy poquita cosa, se convierta en una misma cosa con Dios! Hijas mías, ¿quién querría prescindir de este gran bien? ¡Qué gracia tan maravillosa! ¿Qué creéis que es esto, hijas mías, sino la arras de una eternidad bienaventurada? ¿Podríamos imaginarnos, mis queridas hermanas, algo más grande? No, no puede ser que una pobre y desdichada criatura sea una cosa con Dios. ¡Que Él sea bendito para siempre!

Paso por alto este punto, en el que no me detendré más, para deciros, hijas mías, que una de las señales de una comunión bien hecha, es la paz y la tranquilidad del corazón. En la persona que ha comulgado de esta forma, esta paz procede de que ha hecho lo que ha podido, sin que su conciencia se lo reproche.

Hijas mías, es verdad que se trata de una señal casi siempre infalible y segura. Hijas mías, ¿cómo el alma en gracia, unida a Dios en este santo sacramento, no iba a poseer una paz verdadera, si es esta muchas veces una de las principales gracias que concedía Nuestro Señor mientras estaba en la tierra?

Quizás alguna de vosotras diga: «Pero Padre, ¿todas las que comulgan bien consiguen siempre esta paz?». Ni mucho menos, hijas mías. Ya os he dicho que algunas veces, en vez de esta paz, el alma permanece abatida y sin ningún sentimiento. Esto sucede cuando Dios quiere probar a algunas almas, entre aquellas que quiere mucho, como ya os he dicho a propósito de Sta. Catalina y de aquella otra que jamás se veía asaltada por los malos pensamientos más que durante la sagrada Comunión.

Una señal casi infalible, hijas mías, de una mala comunión es cuando no se ve ninguna enmienda, cuando la persona que ha comulgado permanece siempre apegada a sus malas costumbres, se deja llevar por sus pequeñas mentiras, por sus desobediencias y caprichos, por sus perezas, se pone a discutir con la almohada si tiene que levantarse a la oración, y otras muchas debilidades, que infaliblemente indican que nuestras preparaciones para la santa Comunión no son las que S. Pablo deseaba y las que declaraba necesarias para comulgar para nuestra salvación (1 Cor. 11, 26-32). Tened cuidado, hermanas mías, porque la divina Providencia os da estas advertencias para que os sirvan en el futuro y también a mí. ¡Cuántos motivos tengo para temer yo, que soy tan miserable!

Otra señal infalible de una comunión bien hecha es, hijas mías, cuando vemos lo contrario de lo que os acabo de decir: cuando nos esforzamos valientemente en hacernos semejantes a Jesucristo en nuestro trato y en nuestras costumbres, cuando nos inclinamos fácilmente a la obediencia, cuando rompemos con nuestros apegos particulares, cuando nos resultan indiferentes todos los lugares a donde nos llama la obediencia, cuando solamente vemos el cumplimiento de la voluntad de Dios en todo lo que le gusta a Él que hagan con nosotros, bien sea que nos envíen a los pueblos, o que nos pongan en una parroquia, o que nos dejen en la Casa. Entonces, mis queridas hijas, podemos decir que realmente un alma ha hecho todo lo posible para disponerse a la recepción del Santísimo Sacramento. En nombre de Dios, hijas mías, pensad seriamente en ello y creed que la cosa más importante que tenéis que hacer en toda vuestra vida es prepararos bien a la santa Comunión. De aquí depende vuestra perfección y vuestra salvación.

El primer punto es sobre las razones que tenemos para disponernos a hacer bien nuestras comuniones; el segundo, sobre los medios para prepararnos bien; y el tercero, sobre las señales que podemos tener para conocer si las hacemos bien.

Estaban reunidas no solamente las hermanas de la ciudad sino también siete u ocho de las aldeas, a las que la divina Providencia parecía haber inspirado el pensamiento de venir, sin haber sido avisadas, para oír las caritativas advertencias de nuestro querido y buen padre sobre un tema tan importante.

Después de haber hecho la lectura de estos puntos, su caridad, dirigiéndose a una hermana le dijo:

– Hermana, díganos qué ha pensado sobre el primer punto. ¿Por qué razones tenéis que prepararos para hacer bien vuestras comuniones?

Aquella buena hermana, que no era de las más inteligentes, contestó que era un gran bien comulgar debidamente y que podíamos conocer que hemos comulgado bien cuando nos sentíamos satisfechas.

Y nuestro queridísimo padre, que con su caridad habitual no quería confundir a nadie, añadió:

– Ved, hermanas mías, nuestra hermana quiere decir cómo cuando hemos comulgado y nuestra conciencia no nos reprocha ningún apego al pecado y ningún deseo de ocultarlo en la confesión, es una señal de que nuestra comunión ha sido bien hecha. Hermanas mías, esto puede ser una buena señal; pero no siempre es segura, ya que hay almas endurecidas en el pecado que no sienten nunca remordimientos. ¡Dios os guarde de esta desgracia! Si así sucediese, mis queridas hermanas, ¿qué habría que hacer? Habría que tener gran sentimiento de ello, tomar la resolución de reparar esta falta y prepararse bien para la comunión siguiente.

– ¿Y usted, hermana, díganos por favor por qué razones tenemos que prepararnos bien a la santa comunión?

– Padre, me parece que, además de que cometemos un sacrilegio al comulgar mal, recibimos a nuestro Señor para nuestra condenación. Una de las señales de que no hemos comulgado bien es que no nos corregimos de nuestras imperfecciones. Un medio para comulgar bien, es ser muy fieles en prepararnos bien por medio de una buena confesión.

– ¿Y usted, hermana? Díganos sus pensamientos sobre el tema de esta conferencia.

– Padre, me parece que es de gran importancia comulgar bien, pues se puede cometer un gran sacrilegio y que comulgando mal se añade un nuevo pecado a los que ya se tenían.

– ¿Y qué medios hay que utilizar, hermana mía, para hacer una buena comunión?

– Me parece, padre, que el principal medio es hacer una confesión íntegra y tener un gran deseo de la santa comunión.

Otra hermana dijo:

– Padre, tenemos varias razones para desear vivamente comulgar con la mayor dignidad posible. La primera es la excelencia de este misterio que, comprendido solamente en la forma en que podemos hacerlo, merecería que empleásemos todos nuestros pensamientos en desearlo, que hiciésemos que todas nuestras acciones sirvieran de preparación y de disposición para comulgar bien. Otra razón es el bien que recibimos de una comunión bien hecha, que es tan grande, que nos puede hacer una misma cosa conDios. Una razón muy cordial es el deseo que nuestro Señor nos ha demostrado tener de que lo recibamos dignamente, cuando, por su gran amor, instituyó este grandísimo sacramento, por el que sea siempre bendito, y quiso que la santa Iglesia nos obligase bajo pena de pecado mortal.

Una de las señales para conocer que nuestras comuniones están hechas según el plan de Dios, es cuando se realiza verdaderamente la unión de nuestra alma con nuestro Señor; lo cual nos hace en cierto modo semejantes a él por la práctica de las virtudes de las que nos dio ejemplo en la tierra, corrigiéndonos de nuestros defectos. Así como también hemos de temer que nuestras comuniones estén mal hechas cuando seguimos, por una negligencia voluntaria, en nuestras malas costumbres e inclinaciones. Si fuésemos tan desgraciadas que esas costumbres nos llevasen al pecado mortal, sería una gran señal de que habríamos comulgado mal y para nuestra condenación. Y si una alma buena llegara a darse cuenta o a dudar de que no ha hecho una buena comunión, tendría un poco de sindéresis, y se diría a sí misma: “¡Qué miserable! ¡tú has sido tan temeraria que te has acercado a tu Señor con tal pecado!”. Y después de haberse arrepentido, prometería a Dios prepararse mejor en el futuro. Pero, si fuese un alma mala, un alma endurecida, no tendría ninguna de esas amonestaciones interiores, se endurecería más todavía y llegaría hasta tal punto que iría haciendo una comunión tras otra sin ningún provecho. El alma estaría en un estado muy pobre. Hermanas mías, tengamos miedo de esta disposición, de la que Dios nos guarde por su divina misericordia.

Para preservarnos de caer en este crimen, he pensado que sería conveniente excitar en mi un gran deseo de la santa comunión, obrar de tal manera que este deseo fuese siempre como un deseo nuevo, semejante al que tendría si no hubiese comulgado desde hacía mucho tiempo, y no tener en este deseo más finalidad que la unión con nuestro Señor.

Otro medio es disponerme a hacer una buena confesión; humilde, íntegra y llena de confianza, con aplicación a la gracia que recibimos de Jesús crucificado. Además, agradecer mucho la gracia amorosa que Dios nuestro Señor nos ha concedido, al demostrarnos que tenía muchos deseos de entregarse a nosotros en este grandísimo sacramento.

– ¡Bendito sea Dios, hermana mía, por los pensamientos que le ha dado!

Bien, queridas hermanas, se está haciendo tarde: concluiremos todo lo que acabamos de decir que son bienaventuradas las almas que hacen todo lo posible para ponerse en situación de poder hacer siempre buenas comuniones. Dios mira siempre con cariño a estas almas; nunca jamás se verán lejos de su santa presencia.

Pero, hijas mías, una de las razones que se me ocurren y que creo de las más importantes por lo que se refiere a vuestra vocación, es que estéis destinadas por Dios para disponer a las almas a bien morir. ¿Creéis, hijas mías, que Dios espera de vosotras solamente que les llevéis sus pobres un trozo de pan, un poco de carne y de sopa y algunos remedios? Ni mucho menos, no ha sido ese su designio al escogeros para el servicio que le rendís en la persona de los pobres; Él espera de vosotras que miréis por sus necesidades espirituales, tanto como por las corporales. Necesitan el maná espiritual, necesitan el espíritu de Dios; ¿y dónde lo tomaréis vosotras para comunicárselo a ellos? Hijas mías, en la santa Comunión; los grandes y los pequeños, hijas mías, tienen necesidad de ello. Por eso es preciso que tengáis un cuidado especial en prepararos a recibir abundantemente este divino espíritu.

Hijas mías, os he hablado varias veces, pero nunca cosas tan importantes. Tened mucho cuidado, por favor, y considerad la grandeza del plan de Dios sobre vosotras. Él quiere que vosotras, pobres mujeres, sin capacidad ni estudios, cooperéis con Él para comunicar su espíritu. Hijas mías, no descuidéis esta gracia, por favor. Pero acerquémonos a este fuego para vernos invadidos primeramente nosotros, y luego, por nuestra caridad y buen ejemplo, atraer a Él a los demás. Sabed, hijas mías, que la virtud capital de las Hijas de la Caridad es comulgar bien; y acordaos de que la principal preparación consiste en confesaros y en desprenderos de las malas costumbres y de todos los apegos, tanto de parientes y amigos, como de los lugares a donde os podría llevar vuestra inclinación.

Quiera Dios que, si hasta el presente hemos tenido estos defectos, quiera, repito, su divina misericordia y su divina bondad concedernos esta gracia, a vosotras y a mí, queridas hermanas, de que nos preparemos bien en el futuro. Eso es lo que os recomiendo; y como no somos dignos de alcanzar esta gracia, suplico a la Santísima Virgen, por el amor que tiene a su Hijo, que nos la alcance en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Así sea.

Benedictio Dei Patris…

Vicente de Paúl, Conferencia 023: Sobre la Santa Comunión.

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