Amedeo Cencini

De la pérdida de los sentidos a la pérdida del misterio

Obviamente, no hay nada de automático en esta intuición; pero es importante insistir en que los sentidos están «hechos» para esta otra realidad, predispuestos para llegar hasta la intuición-percepción del misterio o, cuando menos, a sus umbrales. Bloquearlos antes o condicionarlos para que se habitúen a contentarse con un objetivo inferior es como hacerles funcionar solo a medias (solo como sentidos externos), por debajo de su capacidad; significa violentarlos e inhibirlos en su potencialidad. Hacer esto implicaría desconocer su dignidad (que es, además, la dignidad del hombre), y se terminaría frustrando su rico potencial de aportación.

Como bien afirma Sequeri en el texto ya citado, «nuestros sentidos están hechos para las cualidades del espíritu»¹⁷; si no se les permite llegar a estas alturas, nos encontraremos inevitablemente con sentidos entumecidos y disminuidos, empobrecidos y banales, vacíos y apagados, infantiles y nunca desarrollados ni madurados, no obstante la edad de la persona.

«Nosotros somos luz –reconoce en forma realista Bergonzoni– y estamos trabajando tan a oscuras como boca de lobo»¹⁸. De ahí que haya hoy tantos adultos con sentidos de niño (no ciertamente en su sentido evangélico) o, a lo más, de adolescentes, y que, por consiguiente, solo han aprendido a captar el aspecto material y exterior de la vida, es decir, solo lo que parece responder a exigencias de cierto tipo: las típicas del denominado primer nivel (vinculadas a las necesidades elementales de la supervivencia y el bienestar físico, de la comida y la bebida…) o del segundo nivel (conectadas con las necesidades relacionales de comprensión, benevolencia, amistad, compromiso sexual…)¹⁹. Es como si en la escuela de la vida se hubieran detenido en el aprendizaje del alfabeto, o bien en algo que es primitivo y absolutamente inadecuado para percibir el misterio de la vida y la vida como misterio.

Podríamos decir, pues, que el riesgo de perder los sentidos se asocia siempre a otro peligro quizá aún más grave, a saber, el de perder el sentido del misterio.

 

Amedeo Cencini, ¿Hemos perdido nuestros sentidos?. Cantabria: Ed. Sal Terrae, 2014, 32-33.

 


¹⁷ P. SEQUERI, «La belleza»
¹⁸ A. BERGONZONI, «Crisi? L’arte torni spirituale», en Avvenire, 31/XII/2011, 35.
¹⁹ Sobre esta concepción «de los niveles» en la vida psíquica, cf. A. CENCINI Y A. MANENTI, Psicologia e Formazione. Strutture e dinamismi, Bologna 2010, 13-30.

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