EL OFERTORIO
«En verdad te digo que hoy estarás conmigo
en el Paraíso» (Lc 23, 43)
Este es el momento del Ofertorio de la Misa, pues Nuestro Señor se está ofreciendo a su Padre celestial. Pero para recordarnos que no se ofreció solo sino en unión con nosotros, juntó con su ofertorio el alma del ladrón de la derecha. En un golpe maestro de malicia, le crucificaron entre dos ladrones para que su ignominia fuese completa. Anduvo en medio de los pecadores durante su vida, y por eso le cuelgan entre ellos a su muerte. Pero Él cambió el cuadro y convirtió a los dos ladrones en símbolo de las ovejas y de los cabritos, que estarán a la derecha y a su izquierda cuando Él venga en las nubes del cielo con su Cruz, entonces gloriosa, a juzgar a los vivos y a los muertos.
Al principio los ladrones le insultaban y blasfemaban; pero uno de ellos, que la tradición llama Dimas, volvió su cabeza para contemplar la mansedumbre y la dignidad del rostro del Salvador crucificado. Como un carbón arrojado en el fuego se transforma en ascua brillante y resplandeciente, así el alma negra de este ladrón, arrojada en los fuegos de la crucifixión, se inflamó en amor del Corazón Sagrado.
Cuando el ladrón de la izquierda decía: “Si eres el Cristo sálvate, sálvanos”, el ladrón arrepentido le increpó exclamando: “¿Ni tú temes a Dios viéndote bajo la misma condena?” “Y nosotros ciertamente con justicia porque recibimos la paga debida a nuestras obras; pero este, ¿qué mal ha hecho?” Luego, el mismo ladrón le dirigió un ruego, no suplicando un lugar entre los asientos de los poderosos, sino solamente el favor de no ser olvidado: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.“
Tal fe y tal arrepentimiento no van a quedar sin recompensa. Y en unas circunstancias en que el poder de Roma no logró hacerle hablar, cuando los amigos pensaron que todo estaba perdido y los enemigos pensaron que todo estaba ganado, Nuestro Señor rompió el silencio. Él que era acusado se convirtió en Juez, y el crucificado se tronó en Divino asesor de las almas cuando se dirigió al ladrón penitente con estas palabras; “Hoy estarás conmigo en el Paraíso“. Este día, en que dices la primera y la última plegaria, hoy estarás conmigo donde yo estoy, esto es, en el Paraíso.
Con estas palabras, Nuestro Señor, que se estaba ofreciendo a su Padre celestial como la gran Hostia, une consigo en la patena de la Cruz la primera hostia pequeña ofrecida en la Masa —hostia de un ladrón arrepentido— un tizón sacado de la hoguera; una gavilla arrancada de la cosecha terrena; el trigo triturado en el molino de la crucifixión y hecho pan para la Eucaristía.
Nuestro Señor no solo en la Cruz sufre con nosotros. Por eso unió el sacrificio del ladrón con el suyo propio. Esto es lo que significa San Pablo cuando dice que debemos llenar aquello que falta en los sufrimientos de Cristo. No significa que Nuestro Señor en la Cruz no sufrió todo lo que pudo. Significa, más bien, que el Cristo histórico, físico, sufrió cuanto pudo sufrir en su naturaleza humana; pero que el Cristo místico, que es Cristo y nosotros, no ha sufrido hasta nuestra plenitud de sufrimiento. No todos los demás buenos ladrones de la historia del mundo han reconocido ya su culpa y pedido un recuerdo. Nuestro Señor está ahora en el cielo. Por tanto no puede sufrir más en su naturaleza humana, pero puede sufrir en las nuestras.
Así, se dirige a otras naturalezas humanas; a la tuya, a la mía, y nos pide que hagamos lo que hizo el buen ladrón, esto es, que nos incorporemos a Él en la Cruz, para que, participando en su crucifixión, podamos también participar en su Resurrección; para que hechos participes de su Cruz, podamos también participar de su gloria en el cielo.
Como nuestro Divino Señor en aquel día escogió al ladrón como pequeña hostia de sacrificio, así hoy nos escoge a nosotros como otras pequeñas hostias unidas a la suya en la patena del altar.
Volved los ojos de vuestra mente a la Misa, a cualquier Misa de las que se celebraban en los primeros siglos de la Iglesia, antes que la civilización se volviese totalmente financiera y económica. Si asistiéramos al Santo Sacrificio en la Iglesia primitiva, llevaríamos al altar cada mañana pan y vino. El sacerdote tomaría un trozo de aquel pan sin levadura y un poco de aquel vino para el Sacrificio de la Misa. El resto lo pondría aparte, lo bendeciría y lo distribuiría entre los pobres. Actualmente no llevamos el pan y el vino. Damos lo equivalente; aquello con que compramos el pan y el vino. Por eso la colecta del Ofertorio.
¿Por qué llevamos a la Misa el pan, el vino o el equivalente? Llevamos el pan y el vino porque esas dos cosas, entre todas las de la naturaleza, son las que mejor representan la esencia de la vida. El trigo es como el meollo de la tierra y los racimos como su verdadera sangre y ambos nos proporcionan el cuerpo y la sangre de la vida. Llevando esas cosas, que nos dan la vida, que nos nutren, equivalentemente nos llevamos a nosotros al Sacrificio de la Misa.
Nosotros, pues, estamos presentes en todas y en cada una de las Misas bajo apariencias de pan y vino, que representan simbólicamente nuestro cuerpo y nuestra sangre. No somos espectadores pasivos, como podemos serlo en un teatro contemplando el espectáculo, sino que estamos ofreciendo nuestra Misa con Cristo. Si algún cuadro pinta adecuadamente nuestro papel en el drama es este: una gran Cruz se alza ante nosotros en la cual está tendida la Gran Víctima, Cristo. Alrededor de la colina del Calvario están nuestras pequeñas cruces, en las cuales nosotros, las pequeñas hostias, vamos a ofrecernos. Cuando Nuestro Señor va a su Cruz, nosotros vamos a nuestras pequeñas cruces y nos ofrecemos a nosotros mismos en unión con Él, como oblación pura, al Padre celestial.
En este momento nosotros cumplimos literalmente el mandato del Señor hasta en su mínimo detalle: “Toma tu cruz cada día y sígueme“. Al hacerlo así no nos pide algo que Él no haya hecho primero. Ni sirve de excusa el decir: “Yo soy una pobre hostia sin valor”. Así era el ladrón.
Notad que hubo dos actitudes en el alma de aquel ladrón que le hicieron agradable a Nuestro Señor. Fue la primera el reconocimiento del hecho: él merecía lo que estaba sufriendo, no así Jesucristo, que, impecable, no merecía la Cruz. En otros términos, era un arrepentido. La segunda fue la fe en aquel que los hombres rechazaban, pero que el ladrón reconoció como verdadero Rey de Reyes.
¿Con qué condiciones seremos pequeños hostias en la Misa? ¿Cómo nuestro sacrificio vendrá a ser uno con el de Cristo y tan aceptable como el del ladrón? Solamente reproduciendo en nuestras almas las dos actitudes del alma del ladrón: penitencia y fe.
Ante todo, debemos ser penitentes con el ladrón y exclamar: “Yo merezco el castigo por mis pecados. Yo necesito sacrificio”. Algunos de nosotros no conocemos cuán malos e ingratos somos para con nuestro Dios. Si lo fuimos, no deberíamos quejamos de los golpes y penas de la vida. Nuestras conciencias se parecen a las habitaciones cerradas, largo tiempo sin luz. Descorremos las cortinas y ¡ay!, que en todas partes donde pensábamos que estaba limpio ahora encontramos polvo.
Algunas conciencias están tan cegadas con excusas que rezan como el fariseo: “Te doy gracias, oh Señor! Porque no soy como el resto de los hombres…” Otros blasfeman del Dios del cielo por las penas y pecados; pero no se arrepienten. La Guerra Mundial, por ejemplo, estaba destinada a la purificación del mal; estaba destinada a enseñarnos que no podemos seguir sin Dios; pero el mundo rehusó la lección. Como el ladrón de la izquierda, rehúsa ser penitente; rehúsa ver la relación de justicia entre el pecado y el sacrificio, entre la rebelión y la paz.
Pero cuanto más penitentes somos menos tratamos de huir de nuestra cruz. Cuanto más nos vemos como somos más decimos con el buen ladrón: “Yo merezco esta Cruz”. No quiso excusarse, no quiso que se le declarase sin pecado, no quiso que se le eximiera del castigo, no quiso ser bajado. Sólo quiso ser perdonado. Estaba deseoso de ser siquiera pequeña hostia en su pequeña cruz; pero eso fue porque era penitente. No se nos ha concedido otro camino para ser pequeñas hostias con Cristo en la Misa que el de quebrantar nuestros corazones con el dolor; pues mientras no admitamos que estamos enfermos ¿cómo podremos sentir la necesidad de la curación?; mientras no nos duela nuestra parte en la crucifixión, ¿cómo podemos rogar que se nos perdonen nuestros pecados?
La segunda condición para convertirnos en hostias en el Ofertorio de la Misa es la fe. El ladrón miró por encima de la cabeza a nuestro Divino Señor y vio un letrero que decía REY. ¡Extraño Rey aquel! Por corona, espinas. Por púrpura real, su propia sangre. Por trono, la Cruz. Por cortesanos, verdugos. Por coronación, crucifixión. Y a pesar de esto, en el fondo de toda aquella escoria el ladrón descubrió el oro; en medio de todas aquellas blasfemias, él rezó.
Fue su fe tan fuerte que quedó contento con permanecer en la Cruz. El ladrón de la izquierda pidió ser bajado; el de la derecha no. ¿Por qué? Porque éste conoció que hay más grandes males que los de la crucifixión y otra vida más allá de la Cruz. Tuvo fe en el hombre de la cruz central que hubiera podido convertir las espinas en guirnaldas y los clavos en capullos si hubiera querido; pero tuvo fe en el Reino detrás de la Cruz, reconociendo que los sufrimientos de este mundo no pueden comparase con las alegrías que han de venir. Con el salmista⁵ su alma exclamó: “Aun cuando anduviese en las tinieblas y en las sombras de la muerte no temeré, porque tú estás conmigo”.
Fue su fe parecida a la de los tres jóvenes en el horno de fuego, a quienes el rey Nabucodonosor mandó adorar la estatua de oro. Su respuesta fue⁶: “El Dios a quien adoramos nos puede salvar del horno de fuego abrasador y librarnos de tus manos ¡oh rey! Pero si no quisiera, que sepas, ¡oh rey!, que nosotros no adoraremos tus dioses, no adoraremos la estatua de oro que tú has levantado“. Notad que no piden a Dios que los libre del horno de fuego, aun cuando reconocen que puede hacerlo: “porque El puede salvarnos del horno del fuego abrasador“. Se arrojan totalmente en las manos de Dios, y, como Job, confían en Él.
De igual manera procedió el buen ladrón; conoció que nuestro Señor podía librarle. Pero no le rogó que lo bajara de la cruz. Porque Nuestro Señor mismo no bajó aun cuando la turba le retase a ello. El ladrón sería una hostia pequeña hasta el final mismo de la Misa, si fuera necesario.
No significó esto que el ladrón no amase la vida. La amaba tanto como nosotros. Quería la vida, y una vida larga; porque, ¿qué vida es más larga que la Vida eterna? A todos y a cada uno de nosotros nos es dado en igual manera descubrir la vida eterna. Pero no hay otro camino para entrar en ella que la de la penitencia y el de la fe que nos unen a aquella Gran Hostia, Sacerdote y Víctima, Cristo. Así nos convertimos en ladrones espirituales de nuevo y, como el primero, arrebatamos el cielo.
Mons. Fulton J. Sheen. El Calvario y la Misa. 1961.
Arte: La Última Cena – Juan de Juanes
⁵ Sal., 23, 4: Aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo, tu vara y tu callado me sosiegan.
⁶ Dan.,3,17-18.

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