Santoral

San Charbel – Memoria Litúrgica – 24 de Julio

«El justo florecerá, como una palmera,
se alzará como un Cedro de Líbano.
Plantado en la Casa del señor».
Sal. 91(92) 13-14

Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Charbel Makhlouf (1828-1898), sacerdote ermitaño de rito maronita, nacido en Líbano, y primer santo oriental canonizado por la Sede Apostólica desde el siglo XIII. A continuación encontrarán algunos párrafos de la homilía que pronunció el Papa Pablo VI, el domingo 9 de octubre de 1977, durante la ceremonia de su canonización. En estas líneas el Santo Padre defiende la plena vigencia y necesidad del ascetismo cristiano, incluso heroico, como fuente de auténtica felicidad, no obstante la irritación del mundo:

Toda la Iglesia, Del Este al Oeste, es invitada a una gran alegría en la actualidad. Nuestro corazón va al cielo, donde ahora sabemos con certeza que el santo Charbel Makhlouf se asocia con la felicidad inconmensurable de los santos en la luz de Cristo, alabando e intercediendo por nosotros.

La familia cristiana, semillero de vocaciones

…No es necesario  trazar en detalle su biografía, por lo demás muy simple. Es importante tener en cuenta, al menos, cómo el ambiente cristiano de su infancia enraizado en la fe del joven Youssef –que era su nombre de bautismo– lo ha preparado para su vocación: una familia de campesinos modestos, trabajadores y unidos; animados por una fe robusta, asiduos de la oración litúrgica del pueblo y de la devoción a María; tíos consagrados a la vida eremítica, y sobre todo una madre admirable, piadosa y mortificada hasta el ayuno continuo. Escuchad las palabras que se han recogido de ella tras la separación de su hijo: “si tú no vas a ser un buen religioso, yo te diría: regresa a la casa. Pero yo sé ahora que el Señor te quiere a su servicio. Y en mi dolor por estar separada de ti, te digo resignada: que Dios te bendiga, hijo mío, y te haga santo” (Paul Daher, Charbel, un hombre ebrio de Dios,Líbano, 1965, p. 63). Las virtudes del hogar y el ejemplo de los padres constituyen siempre un medio privilegiado para el surgimiento de las vocaciones.

La llave de la ascética es el amor

¿Qué representa un género de vida así? La práctica asidua, llevada al extremo, de los tres votos religiosos, vividos en el silencio y despojo monásticos: en primer lugar, la pobreza más estricta en materia de vivienda, vestido, única y frugal comida diaria, trabajo manual en el duro clima de la montaña; castidad que envuelve de una intransigencia legendaria; por último y sobre todo una obediencia total a sus Superiores e incluso a sus compañeros y también a la regla de los eremitas, que traduce su sumisión completa a Dios. Pero la clave de esta vida en apariencia extraña es la búsqueda de la santidad, es decir la conformidad más perfecta con Cristo humilde y pobre, la conversación casi ininterrumpida con el Señor, la participación personal en el sacrificio del Cristo por una celebración fervorosa de la misa y por su penitencia rigurosa unida a la intercesión por los pecadores. En resumen, la búsqueda incesante de Dios solo, que es lo característica de la vida monástica, acentuada por la soledad de la vida eremítica.

Esta enumeración, que los hagiógrafos pueden ilustrar con numerosos hechos concretos, da la impresión de una santidad muy austera, ¿verdad?. Detengámonos sobre esta paradoja que deja al mundo moderno confundido o irritado; se admite todavía  en un hombre como Charbel Makhlouf una heroicidad fuera de lo común, frente a la cual se inclinan, sobre todo conservando su firmeza por encima de lo normal. ¿Pero no es esto «una locura a los ojos de los hombres», como ha expresado el autor del libro de la Sabiduría? Incluso cristianos se preguntarán: ¿Pero Cristo ha exigido verdaderamente una renuncia así, cuando su vida acogedora contrasta con las austeridades de Juan Bautista? Peor aún, ¿no llegarán algunos seguidores del humanismo moderno, en nombre de la psicología, a sospechar de esta austeridad intransigente, de desprecio, abusiva y traumatizante, con los valores sanos del cuerpo y del amor, de las relaciones amistosas, de la libertad creadora, de la vida en una palabra?

La lucha ascética humaniza y santifica

Razonar de este modo, en el caso de Charbel Makhlouf y de tantos otros de sus compañeros monjes o anacoretas desde el principio de la Iglesia, supone una grave incomprensión, como si solo se tratara de una realización puramente humana; supondría mostrar una cierta miopía frente a una realidad mucho más profunda. Por cierto, el equilibrio humano no puede ser menospreciado; y en todo caso los Superiores y la Iglesia misma deben velar por la prudencia y la autenticidad de tales experiencias. Pero prudencia y equilibrio humano no son conceptos estáticos, limitados a los elementos psicológicos más comunes o a recursos exclusivamente humanos.

Es olvidar en primer lugar que Cristo mismo ha expresado exigencias fuertes para los que querrían ser sus discípulos: “Sígueme… y deja a los muertos enterrar a sus muertos” (Luc. 9, 59-60). “Si alguien viene a mí y no me prefiere a su padre, a su madre, a su mujer, sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo” (ibid. 14, 26). Es olvidar también, en lo espiritual, el poder del alma, para la cual esta austeridad es primeramente un simple medio, es olvidar el amor de Dios que la inspira, el Absoluto que la atrae; es ignorar la gracia del Cristo que la sostiene y la hace participar en el dinamismo de su propia Vida. Finalmente es desconocer los recursos de la vida espiritual, capaz de hacer llegar a una profundidad, a una vitalidad, a una finura de ser, a un equilibrio, tanto más grandes que no han podido ser buscados por sí mismos. «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura» (Mt. 6, 32).

En efecto, ¿quién no admirará, en Charbel Makhlouf, los aspectos positivos que la austeridad, la mortificación, la obediencia, la castidad, la soledad, han hecho posible en grado que pocas veces se alcanza? Pensad en su libertad soberana ante las dificultades o pasiones de todo tipo, en la calidad de su vida interior, en la elevación de su oración, en su espíritu de adoración manifestado en el corazón de la naturaleza y sobre todo en la presencia del Santísimo Sacramento, en su cariño filial a la Virgen, y en todas esas maravillas prometidas en las bienaventuranzas y realizadas a la letra en nuestro santo: dulzura, humildad,  misericordia, paz, alegría, participación ya en esta vida del poder de curación y conversión de Cristo.  En fin, la austeridad, en él, lo puso sobre el camino de una serenidad perfecta, de la verdadera felicidad; ella ha dejado un espacio muy grande al Espíritu Santo.

Nadie está dispensado de una vida cristiana exigente

Sí, el género de santidad practicado por Charbel Makhlouf es de gran importancia,  no sólo para la gloria de Dios, sino para la vitalidad de la Iglesia. Ciertamente, en el único Cuerpo Místico de Cristo, como dice San Pablo (cf. Rom. 12, 4-8), los carismas son muchos y variados; ellos corresponden a diferentes funciones, que tienen cada uno su lugar indispensable. Son necesarios Pastores que reúnan al pueblo de Dios y lo presidan con sabiduría en nombre de Cristo. Se necesitan teólogos que investiguen la doctrina y un Magisterio que vele por ello. Se necesitan evangelizadores y misioneros que lleven la palabra de Dios por todos los caminos del mundo. Se necesitan catequistas que sean maestros y educadores avisados de la fe: es el objeto del actual Sínodo. Son necesarias  personas que se dediquen directamente a la ayuda de sus hermanos… Pero también hay necesidad de personas que se ofrezcan como víctimas por la salvación del mundo, en una vida penitente libremente aceptada, en una oración incesante de intercesión, como Moisés en la montaña, en una apasionada búsqueda del Absoluto, testimoniando que vale la pena que Dios sea adorado y amado por Sí mismo. El estilo de vida de estos religiosos, de estos monjes, de estos ermitaños, no es propuesto a todos como un carisma imitable; pero visto en general, de una manera radical, ellos encarnan un espíritu que ningún fiel de Cristo está dispensado de vivir, ellos ejercen una función sin la cual la Iglesia no sabría sostenerse, nos recuerdan un camino saludable para todos.

Fuente: www.vatican.va (texto original en francés)

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