El ambón
La Palabra revela la Historia de la Salvación: Cristo se dirige al fiel cristiano y éste responde con la fe y, con ello, se prepara para participar en el banquete eucarístico. El ambón, como verdadero espacio cultual distinto, reúne a la asamblea alrededor del libro, antes de que ésta se reúna en el lugar del sacrificio, alrededor del cáliz.
Las características del ambón vienen bien señaladas en la Instrucción General del Misal Romano, del que se extraen las siguientes indicaciones
309. La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un lugar conveniente desde el que se proclame, y al que durante la Liturgia de la Palabra, se dirija espontáneamente la atención de los fieles.
Conviene que por lo general este sitio sea un ambón estable, no un simple atril portátil. El ambón, según la estructura de la iglesia, debe estar colocado de tal manera que los ministros ordenados y los lectores puedan ser vistos y escuchados convenientemente por los fieles.
En la comprensión de la “Liturgia como cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia” (SC 10), que tiene en el Sacrificio eucarístico la «fuente y cima de toda la vida cristiana» (LG 11), se revela la verdadera importancia del ambón, porque la cena eucarística se realiza en dos mesas bien diferenciadas, tanto en su lugar, como en su momento: La mesa de la Palabra y la mesa del sacrificio, el ambón y el altar.
El origen del ambón cristiano está, como tantas otras cosas, en la sinagoga judía, en aquellos pupitres desde donde los rabinos procedían a las lecturas de los rollos bíblicos. Es muy conocido el pasaje que relata su uso por el sacerdote Esdras:
“El día primero del mes séptimo, el sacerdote Esdras trajo el libro de la ley ante la comunidad: hombres, mujeres y cuantos tenían uso de razón. Leyó el libro en la plaza que está delante de la Puerta del Agua, desde la mañana hasta el mediodía, ante los hombres, las mujeres y los que tenían uso de razón. Todo el pueblo escuchaba con atención la lectura del libro de la ley. El escriba Esdras se puso en pie sobre una tribuna de madera levantada para la ocasión” (Neh 8,2ss).
Empleado desde el principio en la liturgia de la Iglesia pronto fue un lugar sagrado que, junto con el altar y la sede episcopal, formaba el presbiterio. Su situación en el espacio sagrado no ha sido fija. En la Basílica, con su planta longitudinal y la cátedra situada en el ábside, es decir, en el fondo más alejado de la nave que ocupan los fieles y separado de estos por el altar, la necesidad de dirigirse a los fieles, bien en la proclamación de la Palabra, bien en la homilía, hizo que la posición natural del ambón estuviese adelantada, en una posición próxima a los fieles, delante del altar.
Se sabe que en Siria, en los siglos IV y V, estaba colocado en medio de la nave, que, naturalmente, estaba orientada hacia el oriente, de manera que la luz matutina atravesaba la nave e iluminaba el ambón, que era contemplado perfectamente por todos los fieles unidos en una misma dirección de la mirada.
A partir del Siglo X se comienza a distinguir el lugar de la proclamación evangélica del destinado a la epístola, y se coloca un segundo atril lateral, a la altura del ambón que se retira de su posición central para acercarse a la pared lateral de la nave. La arquitectura interior se ve obligada a lograr un compromiso entre los diversos intereses litúrgicos: relativa cercanía del ambón y la cátedra; orientación del ambón hacia los fieles; evitar dar la espalda a la sede, situada en el ábside.
Tras un periodo de situación incierta, el ambón fue sustituido por los púlpitos que aún se pueden contemplar en nuestras catedrales, adosados a una de las columnas que marcan la nave central, a la izquierda del pueblo y derecha del Obispo.
Actualmente, a partir del Concilio Vaticano II, la presencia del ambón se ha hecho imprescindible en nuestras iglesias, por pequeñas que sean. Un ambón considerado como un lugar de culto, más que como un mueble o atril que sostiene los libros sagrados durante la liturgia de la Palabra.
La presencia simultánea del altar y del ambón recuerda constantemente a la comunidad las dos mesas en que se apoya la liturgia cristiana: la Palabra y el Sacramento.
La cruz
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La centralidad del crucifijo en la celebración del culto divino se resaltaba mucho más en el pasado, cuando estaba vigente la costumbre de que la mirada y la orientación de los cuerpos, tanto del sacerdote como de los fieles, se dirigieran durante la celebración eucarística hacia el crucifijo, puesto en el centro, sobre el altar, que normalmente estaba adosado a la pared. Por la actual costumbre de celebrar “hacia el pueblo”, con frecuencia el crucifijo es hoy colocado a un lado del altar, perdiendo de este modo la geométrica posición central.
“La Cruz es el único sacrificio de Cristo «único mediador entre Dios y los hombres» (1 Tm 2,5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, «se ha unido en cierto modo con todo hombre» (GS 22,2), él «ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22,5). El llama a sus discípulos a «tomar su cruz y a seguirle» (Mt 16,24) porque él «sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas» (1 P 2, 21). Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios (cf. Mc 10,39; Jn 21,18-19; Col 1,24). Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor (cf. Lc 2, 35): «Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo» (Sta. Rosa de Lima, Vida)” (CIC 618).

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