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Olivier Clément

«Padre»

La primera palabra de la oración que Jesús nos enseña y que nosotros recitamos —en cierto sentido— con él, en él, en su Espíritu, es «Padre». Detengámonos, en primer lugar, en la que es, verdaderamente, la primera palabra: «Padre». Se trata de una palabra que tiene una extraña resonancia para el hombre de hoy: el hombre de hoy es huérfano, no tiene raíces más allá del espacio-tiempo, se siente perdido en un universo sin límites. Se le ha dicho que «Dios Padre» era el enemigo de su libertad, una especie de espía celeste, un Padre sádico, castrante. Y es preciso admitir que la historia de la cristiandad, tanto en Oriente como en Occidente, en una época o en otra, ha convalidado de manera suficiente esta acusación. Sí, somos huérfanos. La muerte del padre se inserta en el miedo al otro. Por ese mismo motivo aumenta hoy de una manera extraña la nostalgia del padre. Y la lglesia nos enseña esta oración que comienza precisamente con la palabra «Padre».

Por consiguiente, ¿qué significa «Padre» para nuestra vida cotidiana? Significa que nunca estamos huérfanos, perdidos, abandonados a las fuerzas y a los condicionamientos de este mundo.

Las nebulosas y los átomos —que también ellos son nebulosas— aman al Padre de manera impersonal, con su misma existencia, pero nosotros, los hombres, podemos amarle personalmente, responderle de una manera consciente: cada uno de nosotros, por tanto, en virtud de este vínculo personal con el Padre, es más noble y más grande que todo el mundo. Los rostros se imprimen más allá de las estrellas, en el amor del Padre. Los momentos aparentemente efímeros de nuestra vida se imprimen para siempre en la memoria amante del Padre. Así, la angustia que habita en lo más hondo de nosotros se puede transformar en confianza, el odio en adhesión. He aquí lo que tenemos que advertir con fuerza cada día, y lo digo de manera particular a los jóvenes: es bello vivir, vivir es gracia, vivir es gloria, toda existencia es bendición.

Nuestra teología y nuestra espiritualidad saben bien que es imposible encerrar en palabras y en conceptos el misterio del origen. Pero Jesús nos revela que este abismo es un abismo de amor, un abismo paterno. Con Jesús, en él, en su aliento, nos atrevemos a balbucear: «Abba, Padre», palabra de infinita ternura infantil: aquí reside toda la paradoja cristiana.

Olivier Clément
Pregare el Padre Nostro

Ph © Elena Shumilova

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