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Marko Iván Rupnik

El arte como belleza de la fe y la vida consagrada como confesión gozosa de la misma

Después de no pocos años acompañando diferentes experiencias pastorales con muchas congregaciones religiosas tanto masculinas como femeninas he elaborado una reflexión que hoy quisiera compartir con vosotros, al menos algunos puntos.

1) La belleza atrae, envuelve y enamora. Podemos decir que la vida religiosa hoy, ciertamente no es bella, porque no atrae, sino que llora la falta de vocaciones. En nuestras comunidades debe haber algo que no solo no atrae sino que repele, que da miedo. He conocido muchos jóvenes, chicos y chicas, a quienes horroriza pensar que puedan ser llamados a la vida religiosa. Y aunque los consagrados, tanto mujeres como hombres, estamos radicalmente empeñados por el hombre de hoy, trabajando muchísimo, sirviéndonos de todos los medios modernos… en todo esto no emerge la belleza. Somos estupendos, “buenas personas”, pero no somos bellos, no fascinamos. A las buenas personas se les aplaude, pero no se va tras ellas.

2) Alguna cosa hemos perdido en el camino. Ha habido alguna cosa que no nos pertenecía y que hemos hecho nuestra, porque para los cristianos de los primeros siglos y durante todo el primer milenio la belleza fue algo importante. Es más, los cristianos entraron en el mundo cultural teniendo una visión nueva y original de la belleza. “Bello” es lo que es multi-estrato. La belleza es la unidad orgánica de los diferentes; más aún, la belleza es la unidad de los diferentes estratos de la realidad. La base de la belleza es el mismo Cristo. Es su exclamación que nos ha transmitido en el evangelio de Juan: «El que me ha visto a mi, ha visto al Padre, el que me ve, ve al que me ha enviado». Esa unidad que une diversas realidades en un organismo no es una idea, no es la fuerza de alguna energía ni una ley ni un sistema. Esa unidad no es una idea, sino que es una Persona, una persona con su amor. Y esta unidad llevada a cabo por el amor se contempla en el Rostro de esa persona. Mirando ese rostro somos atraídos, envueltos, unidos. La belleza nos hace unirnos a aquel que dentro de una realidad se despliega como una realidad más profunda, y es más profunda porque une diversas realidades. Se contempla el Rostro de Cristo, verdadero Hombre, pero se es insertado en la unión con una persona que es divina, es el Hijo de Dios; rostro del verdadero hombre y unión con una persona divina. Y aquí la belleza, dentro de una realidad descubrir otra. Así es también el sacramento, así el agua, así el aceite, así es el vino, así el pan, así es el bautizado, así es el marido, así la mujer, así es la iglesia. Todo lo que es nuestra iglesia es multi-estrato.

3) La otra palabra para la belleza, que los cristianos amaban, era la de símbolo. El símbolo era la misma cosa: una unidad orgánica de mundos distintos, de tiempos diferentes, del humano y del divino, del histórico y del escatológico, una unidad orgánica realizada en una persona, en Jesucristo. Pavel Florenskij, el gran genio y mártir ruso, decía que «el sentido de la vida espiritual, de cada acto cristiano, es llegar a ser bello». Es decir, ser un símbolo que dentro de la historia abra una ventana al Eschaton, a la culminación de todo en Cristo. Para el mismo Pavel Florenskij el testimonio es una realidad de belleza, porque es simbólico. Así es como lo describe el evangelio de Juan: el testimonio consiste en que los gestos, en las obras, en las palabras, emerge el Otro, el Señor. El testimonio como eje de la misión de la Iglesia es vivir nuestra humanidad como teofanía, como revelación de la vida de Cristo, de la vida del Hijo, es decir, lugar en el que Dios ama a nuestros contemporáneos, en nuestra humanidad. Y los otros encuentran en nuestra obra el Rostro del Salvador y Señor. Por eso, la suprema belleza es Cristo Pascual, porque es la humanidad vivida como ofrenda de sí, como suprema teofanía. El mismo Pavel Florenskij sintetiza la experiencia cristiana de la belleza en la siguiente conclusión: «La verdad revelada es el Amor, Cristo, el Hijo. El amor realizado es la Belleza». La suprema belleza se reserva a la Iglesia, a la comunión, a las personas que viven una vida que es el amor y que se realiza al modo de Cristo, un modo pascual. Sobre cada etapa de la vida cristiana hay una epíclesis, de modo que continuamente el cristiano vive esta unidad con la vida de Cristo y con su realización. Lo que sucede sobre el altar, en la Eucaristía, se contempla de hecho en la comunidad que la celebra, porque lo que verdaderamente somos es sólo lo que somos en la Eucaristía y las paredes de la Iglesia recogen lo que sucede sobre el altar en la comunidad, imprimen este evento, lo absorben, por eso la arquitectura y el arte en las paredes se convierte en un autorretrato. Las paredes de la iglesia son la tela sobre la cual la Iglesia pinta su autorretrato. Justo así nace el arte de los cristianos, en una unidad orgánica con la liturgia y con la vida nueva, la vida divino-humana injertada en el Cuerpo de Cristo.

4) ¿Cuál ha sido la encrucijada peligrosa? La entrada en el Imperio de Constantino, en el siglo IV. Al principio parecía un acontecimiento que daría la posibilidad real de una integración universal en Cristo, tejiendo juntas todas las dimensiones de la vida humana en un único organismo divino-humano. Pero no ha resultado así. Demasiada gente entraba en la Iglesia y no era posible transmitir la experiencia de la vida nueva, de la vida como Cuerpo Eucarístico. Y para los Padres de la Iglesia la experiencia coincidía con la vida como comunión. La experiencia consistía en despertar tras la muerte en las aguas bautismales donde muere el individuo y nace la persona, muere el hombre viejo y nace el hombre nuevo, muere una vida unida a la sangre de los progenitores y es resucitada una vida nueva unida a la Sangre de Cristo.

En el Bautismo muere el yo con su ansia de autoafirmarse y resucita el hermano de los hermanos, miembro del Cuerpo de Cristo. Muere el yo como mera expresión de la naturaleza humana herida y resucita la persona, que con el amor recibido de Dios ama a través de su naturaleza humana, transfigurando así la humanidad misma. Muere el individuo como el yo, producto de la naturaleza humana y resucita la persona como relacionalidad recibida en participación de Dios. El individuo es un ser aislado, la persona es un “yo” constituido por las relaciones. La persona está constituida por la vida recibida de Dios, que es la comunión, que es el amor (Nosotros no somos primero individuos que luego amamos, sino que recibimos una vida que es Amor y que trata de realizarse en nosotros. No soy yo primero y luego amo.)

La experiencia es la Iglesia. (Para los Padres es muy distinto que para los modernos, para los modernos la experiencia está ligada al sujeto, para los Padres es la Iglesia). La experiencia es Tu est ergo sum (Tú eres luego existo), la experiencia era descubrirse entretejidos en un organismo que es el Cuerpo de Cristo, un organismo de muchas moradas donde por primera vez se  descubre una nueva existencia en el Otro: «Como yo estoy en el Padre, el Padre en mi, vosotros en mi y yo en vosotros». Pero las muchedumbres eran demasiadas y esta iniciación mistagógica era prácticamente imposible. Se quiso encontrar un pensamiento que hubiese sido realizado ya en el mundo clásico, un pensamiento que ante todo fuera conciso, preciso, claro, con el que se pudiera describir el ideal de la vida cristiana, reduciéndola a una doctrina. Se buscó describir de un modo tan ideal que fuera universal. El individuo de todas formas, se remite a este ideal. Se rehace según este ideal, busca imitarlo y conformarse a él. Por eso la explicación de la doctrina se convertía ipso facto también en normativa, de modo que se hacía cada vez más hincapié en un enfoque jurídico y ético moral. Se pasó de la experiencia vital a la doctrina y de la fe a la religión, como testimonia la pintura al fresco en las estancias de Rafael  en el Vaticano, precisamente en la de Constantino titulada “El triunfo de la religión cristiana” pintada por Lauretti. A lo largo de los siglos se ha producido una verdadera y estricta sustitución de una religión por otra. El cristianismo como fe entra en el Imperio y sustituye a una religión.

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Vemos aquí un Dios pagano, tirado por tierra y roto. Debajo del pedestal donde estaba, hemos puesto otro Dios. Lo siento, pero esto es un gran error. El cristianismo no es una religión. Cristo nunca ha fundado una religión. Ha venido a extender sobre nosotros una nueva existencia de lo humano. Pero nosotros hemos empezado a entender el cristianismo como una religión y hemos empezado a explicarlo con el pensamiento humano. En las mismas Estancias de Rafael tenemos un triunfo de la creatividad humana, en el corazón están Platón y Aristóteles, Platón con la mano indicando hacia arriba y Aristóteles con la mano indicando hacia abajo. Todo gran pensamiento clásico: o a través de las ideas hacia el mundo o a través del mundo hacia las ideas. 

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Enfrente de este fresco, está la disputa eucarística. La Eucaristía ya no está en la liturgia, está arrancada de la Iglesia, se ha convertido en un objeto de culto y se convierte en un objeto de una disputa teológica y filosófica. A la derecha están los teólogos agustinianos que siguen a Platón, que tiene la mano indicando hacia arriba. A la izquierda vemos a la escuela tomista que sigue a Aristóteles que tiene la mano hacia abajo. Aquí ha tenido lugar algo muy grave, porque los Misterios de nuestra fe se comienzan a explicar en las categorías humanas, en cambio debería ser justamente al revés; es decir, que la vida nueva produce una nueva inteligencia, una cultura nueva, y en cambio hemos dado marcha atrás.

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La religión, en este sentido, es una realidad innata a la naturaleza humana, como lo son otras existencias del individuo, cuyo objetivo es salvarse a sí mismo. Cuando el Imperio asume el cristianismo exige de él una institucionalización como si fuese una religión y de repente en el corazón del cristianismo ya no está la vida como comunión sino como individuo que se corrige, que se perfecciona según el ideal propuesto y enseñado. Hemos pasado de la fe a la religión, porque el Imperio ha institucionalizado la Iglesia y la fe como un hecho religioso. Esta es la trampa mediante la que ha comenzado la descristianización y la secularización. La historia del arte nos testimonia magistralmente estos pasos que han ido sucediéndose.

Venus de Milo

En la Grecia clásica esto no era una mujer concreta, era una perfección, un ideal femenino. No era individual, era universal. Los cristianos hemos tomado este modo de pensar para explicar el ideal de la vida cristiana a la enorme multitud de masas que entraban en la Iglesia. El individuo se debía confrontar con este ideal.

Mona Lisa

Pero siglos más tarde nosotros hemos dado otro paso. Esto no es un ideal universal, es una mujer concreta y correcta, perfeccionada, idealizada. El individuo es vestido de perfección. Esta es una mujer con nombre y apellido, pero está corregida, perfeccionada. Y nosotros hemos caído en esa trampa. 

Mientras que desde la fe la persona se expresa y realiza su comunión en su naturaleza humana y a través de ella, transfigurándola con amor y todo eso haciéndose a la manera del Triduo Pascual, por lo que de ningún modo se trata de formas perfectas. A esta dinámica hemos destinado los esfuerzos de nuestra historia. Atención, si vamos a leer la homiliética de los últimos 4 o 5 siglos y los textos de la formación sacerdotal y religiosa, todos están prácticamente amoldados según este modelo de perfeccionarse a sí mismo. El individuo trabaja sobre el mismo tratando de corresponder con el ideal que en cada ocasión se subraya poniéndoselo delante. Toda la espiritual se convierte en la perfección del individuo.

5) ¿Qué ha sucedido realmente cuando se ha puesto al individuo en el epicentro? Se ha perdido una verdadera teología trinitaria. Esta es la clave de toda la tragedia de nuestro tiempo. Al perder la verdadera teología trinitaria, todo se ha fragmentado porque se ha dado la precedencia a un enfoque filosófico racional y sobre todo porque se ha perdido la vida en el Espíritu Santo, la vida espiritual, se ha perdido la vida como camino de la transfiguración. La transfiguración es el índice de la verdad espiritual, porque es una realidad de sinergia. Cristo fue transfigurado por el Padre, mientras que el individuo busca realizarse, trata de hacerse, de demostrarse, y Dios debería ayudarle como un asistente. Se ha perdido la verdadera visión de la sinergia y de la transfiguración, tanto es así que desaparecen las Iglesias dedicadas a este Misterio y desaparece como tema de arte en las Iglesias. Se da toda la importancia al bien y a lo verdadero, lo bello camina por su cuenta. Mientras que como nos advierte el gran Soloiov «la verdad que no se comunica como belleza es una ideología que aplasta a las personas y el bien que no se realiza como belleza se convierte en una dictadura del bien, un fanatismo moralista que es el mal». La belleza es la carne de la verdad y del bien. El individuo, por lo tanto, nunca podrá ser ni bello ni símbolo porque es mono-estrato, sólo se revela a sí mismo, o sea, al “yo” que se autoafirma con la perfección de sus formas. No puede hacer emerger al Otro, porque le falta la vida como comunión. Puede ser perfecto pero no hijo de Dios. La relación no le es constitutiva sino un accidente. Por este motivo, el individuo no puede ser bello en el sentido eclesial. Es decir, que dentro de sí, sus gestos, sus obras no pueden hacer emerger la comunión, porque la comunión es una realidad que no se conquista, no se alcanza, no está en posesión del hombre. La comunión en sentido estricto teológico es la vida de Dios, que es donada, debe ser acogida. El individuo por encima de todo es, existe, se autoafirma y después se empeña en vivir diversos valores religiosos e incluso busca empeñarse por la comunidad, pensando que la comunión consiste en la vida comunitaria, un error fundamental. El pecado reduce al hombre al individuo. El individuo no está capacitado para la comunión, porque simplemente no la tiene, no participa en la vida que es comunión y por eso no puede vivir la comunidad como realización del don, sino como realización de sí mismo. Por eso, para él esto es siempre un problema. Las obras llevadas a cabo por los individuos, aunque vivan juntos y las realicen juntos, no pueden hacer emerger al Otro, sino solo a los propios individuos y al máximo hacer ver lo geniales y estupendos que son. Van muy bien dentro de la institucionalización religiosa, llevan por lo tanto una función paraimperial, paraestatal, pero no teofánica, no hacen emerger la comunión porque esta vida de comunión el individuo no la tiene y esto se ha revelado en la crisis de la vida religiosa.

Tratar de que el individuo cree comunidad es como decir sentarse en un ángulo en una habitación redonda. Por esto ha entrado en crisis todo lo que es comunional: matrimonio, vida religiosa.

Con el paso del tiempo esto también nos ha sucedido a nosotros, se ha perdido el verdadero sentido de la Iglesia, que es la revelación de la vida nueva, como participación en la vida divina, que es comunión. La Iglesia no puede ser una sociedad perfecta, no puede ser solamente una sociedad perfecta con individuos perfectos, porque al mundo no le interesa nuestra perfección sino la revelación de la vida nueva. En un tiempo en el que el mundo se ha hundido en una crisis muy grave, nosotros no tenemos prácticamente una propuesta convincente que pueda atraer la atención de nuestros contemporáneos, porque la crisis que se extiende por el mundo es la misma, es también la que impregna la Iglesia, esto es: el individualismo decaído en un subjetivismo exasperado. También nosotros nos empeñamos en realizar tantísimas metodologías de las ciencias modernas, imitando así al mundo, y perdiendo nuestra novedad, que no está en estas cosas, sino en la vida misma, en una nueva existencia de la humanidad. Nuestros reclamos a la ética, a la moral, a los valores, lo que hacen simplemente es constatar nuestra paupérrima propuesta de la vida.

6) La revelación y la dogmática nos dicen que la comunión del Padre y del Hijo es la persona del Espíritu Santo. El Espíritu Santo hipostatiza la vida divina como comunión. En los Pentecostés esta vida hipostatizada por el Espíritu Santo se extiende sobre los hombres. En el Bautismo este mismo Espíritu Santo nos hace participar en la vida divina, que es comunión, constituyéndonos como Cuerpo de Cristo. Es necesario dejar de pensar definitivamente que el individuo tenga acceso a la vida divina. El individuo no tiene acceso a la vida divina. Cuando al individuo le es participada la vida divina por el Espíritu Santo, se produce su muerte. Él muere como individuo y resucita como persona constituida por las relaciones, por la comunión. El paso del individuo a la comunión es el Bautismo. Estos son los Pentecostés personales que constituyen al hombre otorgándole la vida con la que viene injertado en un organismo del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. Por ello, para la Iglesia, el eje principal de su obra no es la Redención sino la creatividad de redimidos. Mientras que para la Redención el eje central es el Hijo. Ahora, quisiera tan solo mencionar cómo es curioso que nosotros, resbalando y desviándonos de la fe a la religión poniendo en el centro el individuo nos hemos encerrado en la dinámica pecado – Redención. (Por eso somos Cristo-céntricos y no sabemos dónde colocar al Espíritu Santo). Y hemos perdido totalmente la distinción de nuestra pastoral entre iniciación cristiana, camino de la redención, y el arte de la vida del cristiano redimido, adulto, que es creatividad. Todavía existe la convicción que la ascesis es espiritualmente más importante que la creatividad, ¡error! Todavía hay quien está convencido de que con la ascesis y con la devoción se adquirien más gracias que con empeño creativo. Aún nos movemos más en el terreno del deber, de las leyes, que en la libertad en Cristo. Todavía nuestra educación y formación no comienzan con la vida nueva en Cristo y por lo tanto siendo creaturas nuevas sino con los 10 mandamientos. Igualmente es curioso ver cómo en los últimos siglos hemos escrito tantísimos tratados sobre la Iglesia, algo ciertamente extraño, pues justo estos siglos revelan el gran vacío de la teología del Espíritu Santo, que es el artífice de la Iglesia, es la clave de cualquier argumento teológico. Hemos escrito tantos textos para demostrar la existencia de Dios, olvidando que para los cristianos la existencia de Dios viene evidenciada por la nueva existencia que viven las mujeres y los hombres de la Iglesia; La Iglesia como vida del uno en el otro, como humanidad vivida como comunión: este es el argumento contra el que no hay objeciones, ya sea respecto a la Iglesia, ya sea respecto a la existencia de Dios. Visto que la Iglesia es justamente la participación con el modo de existir y con la vida de Dios. Preguntémonos honestamente: ¿cómo es posible que después de siglos en los que han florecido tantas obras nuestras, estemos dejando a nuestras espaldas una secularización tan violenta y un rechazo tan rabioso a todo lo que es de Iglesia?

Quisiera concluir haciendo un pequeño discurso sobre dónde estamos. Los grandes teólogos al principio del siglo XX que han estudiado la teología de la cultura (Pavel Florenskij, Berdiaev, Romano Guardini, de Lubac), ¿qué han entendido? Que las épocas culturales se suceden con una lógica precisa y que cuando pasa una época cultural, la nueva no acepta nada de la precedente, sino que parte con una oposición y afirma otra cosa. Las épocas no se suceden una detrás de otra, sino que prácticamente una se opone a la anterior. Por ejemplo, tenemos un ritmo, una época orgánica, donde el primado es la vida, el símbolo porque la vida se comprende lentamente, se profundiza cada vez más, por eso el lenguaje es simbólico, poético, artístico, de culto. Después cuando termina esta época sigue una nueva, que no acepta nada de ésta, y la llamamos crítica. El primado es la idea, la razón, la estructura y la elaboración intelectual. Incluso se llega tan lejos que se separa de la vida, se concentra en la elaboración intelectual y ésta luego debería convertirse en la dirección de la vida; la vida debe seguir a las ideas. Se desarrolla la ley, la política, la ciencia, la industria, la técnica. Cuando termina una época crítica, la nueva que venga no tomará nada de ésta, sino que se inspirará en la anterior de la precedente, de la orgánica, y hará un bypass de todo lo que era la época crítica. Cuando termina la época orgánica, surgirá una nueva época crítica y de este modo se suceden. El momento más crítico es el pasaje. La vieja ya no se sostiene y la nueva todavía no ha despuntado del todo. Pavel Florenskij entiende algo grande: que estas épocas se suceden como dice el salmo 19: «Un día le pasa el mensaje a otro día, una noche le informa a otra noche».  ¿Qué significa? Que el día no transmite su mensaje a la noche, sino que la saltea y la transmite al día siguiente, y la noche no pasa al día, sino a la noche siguiente. Esto significa que el orgánico envía al orgánico, lo orgánico siempre se inspira en lo orgánico; el crítico se inspira en el crítico.

Veamos un ejemplo. Este es un ejemplo del neolítico, la cultura griega, cultura simbólica. El primado es la vida, la poesía. Termina y llega la época clásica, la época crítica. Es el dominio de la idea, de lo crítico, de la elaboración intelectual. Termina esta época crítica y vendrá una época orgánica. La nueva época orgánica coincide con el cristianismo en nuestro mediterráneo cultural. El arte de los cristianos es orgánico, no toma nada de lo clásico, lo saltea totalmente, en la arquitectura y en el arte, porque el cristianismo es orgánico. El cuarto siglo es el más importante, Basilio el Grande, la gran teología de la cultura, él entiende que el cristianismo es siempre orgánico, es siempre el primado de la vida, siempre el primado del símbolo, pero la nueva vida produce la nueva inteligencia. Por eso hay una gran equilibrio entre la vida y la inteligencia, pero la vida nueva es inteligencia nueva. Termina esta época y llega otra época, el renacimiento, la época crítica, la época de la razón, del intelecto, de la elaboración de las ideas, de la doctrina, de las instituciones, de la política, de la ciencia. Todo esto lo hemos pasado y esta es la época que ha tenido más influencia sobre la Iglesia. Porque hemos empezado a pensar también nosotros que primero es la doctrina y luego la praxis. Primero enseñar y luego hacer. Hemos aceptado todos este principio y esto es lo problemático. En el centro está el individuo y la doctrina. Esta época ya no existe. Dicen que terminó a principios del siglo XX. El Vaticano II nos ha preparado para la nueva época que será orgánica y que se inspirará a la época precedente, en el primer milenio. Esto no lo hemos entendido. Todavía pensamos que tenemos que enseñar, que tenemos que explicar y que luego la gente vivirá así.

Miren un último ejemplo: Irlanda, un país católico, ha hecho un referendum, ha vencido la vida. La vida porque hoy ya estamos en la época orgánica. Ha vencido la vida, confusión, una vida pagana, ya no hay hombres ni mujeres, pero esta es la vida. En la época nueva, los siglos futuros serán orgánicos. Y vamos tan retrasados que todavía discutimos para crear leyes y crear doctrinas, pensando que la vida luego seguirá estas cosas. Esto es típico de esta época que ya terminó. En la época nueva, las leyes y las ideas seguirán a la vida.

En los últimos siglos nunca ha habido un momento tan precioso para la Iglesia tal como el de hoy para revelar la vida nueva. El mundo espera el testimonio de una novedad de la vida, que producirá una nueva cultura, una nueva inteligencia, nuevas leyes. Y si continuamos con este retardo, prolongando la modernidad en nuestros tiempos, estaremos sumergidos en una vida pagana. Nos es dado revelar que la vida es la luz de los hombres.

Yo pienso que es la hora de la vida religiosa, pero no la paraestatal, no la funcional, sino la de la vida nueva.

Marko Iván Rupnik

error: @caminitoespiritual.com
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