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Hans Urs von Balthasar

¿Reforma o “aggiornamento”? (Hans Urs von Balthasar)

«Balthasar es tal vez uno de los hombres más cultos de su tiempo. Y si todavía existe algo así como una cultura cristiana, él la representa. La antigüedad clásica, las grandes literaturas europeas, la tradición metafísica, la historia de las religiones, los múltiples intentos del hombre moderno por encontrarse a sí mismo y –por encima de todo– su sabiduría de Dios aprendida con Tomás, Buenaventura y la patrística –en su totalidad–, sin hablar de su conocimiento de la Biblia. Nada auténticamente grande existe que no encuentre una presencia viva en ese espíritu grande». Así se expresaba H. de Lubac, su maestro, el 12 de agosto de 1965 con ocasión del sexagésimo aniversario dé Balthasar [1965]. En él explica también por qué, siendo así qué su teología toca en profundidad todos los grandes temas del Concilio, no fue llamado a participar en los trabajos conciliares: Balthasar no es hombre de comisiones, de discusiones verbales, fórmulas de compromiso o redacciones colectivas. En uno de los pocos artículos suyos sobre el Concilio, aborda el tema tan en boga entonces del “aggiornamento” y que él temía no fuese mal interpretado. Y lo trata confrontándolo con otro tema –el de la “reforma”–, que un teólogo como él, por el contexto en el que nació y vivió, no podía soslayar. De hecho, la preocupación por la reforma de la Iglesia le llevó ya antes del Concilio a publicar un estudio muy bien documentado con el llamativo título de “Casta meretrix” [1961], en el que había mostrado cómo, contra todo triunfalismo, la Iglesia –no naturalmente en su dimensión divina– podía malograr, su vocación fundamental de esposa.

Riforma o aggiornamento? Humanitas 21 (1966) 689-703

Estamos acostumbrados a usar indistintamente las dos palabras del título aplicándolas a los acontecimientos eclesiales del presente, en especial a aquellos que el Concilio V. II puso en marcha. El concepto de aggiornamento aplicado a la Iglesia es una novedad sensacional, por cuanto dicha aplicación supone el reconocimiento implícito de que la Iglesia no estaba a la altura de los tiempos, o dicho de otra forma, que en más de un aspecto había envejecido, y tenía, por tanto, necesidad de un cambio renovador, más acorde con su tiempo. El otro término, por el contrario, es “desacostumbrado” y no resulta “familiar” a los oídos católicos, a causa del monopolio que la “Reforma” protestante ejerció sobre él. Basta recordar los aprietos de Congar, no hace mucho, por un libro con un título tan acertado como “Verdadera y falsa reforma en la Iglesia “[1950]. Después el Concilio zanjó la cuestión al afirmar que la Iglesia “está siempre necesitada de purificación”, razón por la cual “debe recorrer siempre el camino de la penitencia y de la renovación” (LG, 8). Y el Decreto sobre ecumenismo (UR, 6) dirá taxativamente que la Iglesia “tiene necesidad de continua reforma”.

Al ver unidas en el texto las palabras “penitencia” y “renovación” surge el problema de si la renovación que aquí se contempla coincide con la recuperación implicada en el término aggiornamento. La respuesta a esta cuestión no es fácil. Pero intuimos que las dos cosas, tanto en sí mismas, como en el pensamiento de los últimos Papas y del Concilio, están mutuamente imbricadas y que la Iglesia no estará en condiciones de satisfacer las exigencias de su misión en el mundo actual sin un cambio interior, si no se convierte, lo cual es inconcebible sin la purificación del corazón y la penitencia.

Conviene, pues, que consideremos los dos conceptos, primero por separado y luego juntos, tal como van hoy, pero contraponiéndolos, para que se echen de ver los inconvenientes y las ventajas de esa fusión de conceptos.

Distinción

Podemos establecer sin dificultad una primera afirmación: en el aggiornamento la Iglesia mira al presente y se hace consciente de que, para poder estar á la altura de los tiempos, debe cambiar en su actitud. Dado que ella es bimilenaria, esta operación le puede costar un cierto esfuerzo: No obstante, tiene que demostrar que la edad no ha debilitado sus facultades sensoriales, que es capaz aún de leer, sin lentes, los signos de los tiempos. Ella debe comprender lo que es el hoy y lo que será el mañana, para poder influir en os hombres de hoy y de mañana con su ser y con su palabra.Haciendo esto la Iglesia permanece fiel a sí misma y, lo que es más importante, permanece fiel al mandato recibido de Cristo: “Id y enseñad a todas las gentes“. Ahora bien, para que las gentes estén dispuestas a escuchar, es preciso proponerles el mensaje no en conceptos propios de tiempos y culturas pasadas, sino de tal manera que una buena voluntad, sostenida por la gracia, pueda acoger lo que se le ha dicho y mostrado. Acaso tal mensaje suene duro, escandaloso y hasta hostil a la naturaleza humana. Pero es muy importante que nosotros no pongamos, como hicieron los fariseos y los escribas, nuevos obstáculos, puramente humanos, a la aceptación del mensaje. Para que esto no ocurra, es necesario aprender a mirar sin prejuicios, objetivamente, a aquellos que deben acoger el mensaje: los hombres de hoy.

Está claro que “esta mirada” no puede tocar en nada la esencia del mensaje tradicional. Por eso se nos dice a continuación: “...enseñadles todo aquello que yo os he enseñado“. Es decir, no seleccionando los textos que el hombre moderno puede aceptar sin pegas sustanciales o sin escándalos, sino: todo.

Hablando en general, podemos decir que el contenido del mensaje no se puede deducir de la estructura del presente, de ningún presente, dado que el contenido es un acontecimiento que nadie podía prever: el acontecimiento de la salvación llevada a cabo por Dios en Jesucristo.

Obviamente, la predicación de Cristo en el mundo moderno –religiosamente neutro o indiferente– no podrá desenvolverse sin escándalo. Para que el escándalo no se produzca de modo indebido, es necesario el aggiornamento. Y para que esto ocurra en toda su frescura y vigor originales es necesaria la “reforma”, la “penitencia y purificación”: en una palabra la conversio.

No facilita el trabajo de dicha conversio describirla, como hoy se estila, como un estar en la atalaya, oteando el futuro, del que Cristo volverá escatológicamente. En sentido cristiano, la esperanza ha de fundarse sobre la fe en el hecho histórico de la Encarnación, la Cruz y la Resurrección. Sólo meditando y profundizando en aquello que aconteció primero podremos hacernos una idea de lo que nos es dado esperar, para nosotros y para el mundo entero. Sólo volviendo, de modo siempre renovado, a estos orígenes en la penitencia y la purificación, podrá la Iglesia comprenderse a sí misma y llevar al mundo su mensaje salvifico.

Para entrever cómo esta idea fundamental de la “reforma” estuvo muy presente a los ojos de los conciliares, basta con leer el primer párrafo del más importante documento conciliar, la Constitución sobre la Iglesia: “Siendo Cristo la luz de las gentes, este sagrado Concilio, reunido bajo la inspiración del Espíritu Santo, desea iluminar todos los hombres–con aquella misma claridad que resplandece sobre la faz de la Iglesia” (LG, l). ¿De qué claridad se trata? El Concilio es consciente de que, según la visión neotestamentaria sobre todo joanea, no hay otra gloria de Cristo, sino aquella que dimana de la Cruz y la Resurrección. Por esto establece esta ley universal: que “todos los miembros se asemejen a El hasta que Cristo quede formado en ellos, conformes con El, consepultados y resucitados juntamente con El, siguiendo sus huellas en el sufrimiento y en la persecución” (LG, 7).

Esta ley universal ha servido siempre de fundamento al propósito de “reforma”, es decir de “conversión” o vuelta a los orígenes. Pero hoy se ha de insistir en ello, porque muchos se inclinan a: equiparar “reforma” y aggiornamento. Es hora, pues, de confrontar los dos conceptos y señalar los inconvenientes y las ventajas de tal equiparación.

Inconvenientes

Quiero recordar ahora tres aspectos.

1. Ya he aludido al primero: la situación del mundo y de la humanidad, hoy, ha dado a la Iglesia la ocasión de repensar la presentación del mensaje, pero no de cambiarlo o seleccionarlo. Puesto que el contenido de la Revelación es la manifestación de Dios en el mundo, eso ha de quedar intacto en su esencia, sean cuales fueren las situaciones en que el mundo se encuentre.

2. Ahora bien, hay que insistir también en que el Concilio no pretende, en absoluto, desarrollar una dogmática de las verdades cristianas fundamentales, repensadas para el hombre moderno, sino que las presupone.

Y trata sólo del modo de presentarlas y de aplicarlas hoy adecuadamente. Nada sería más inútil, por no decir insensato, que intentar hacer una especie de catecismo de nuestro tiempo, a partir de los textos conciliares.

Un ejemplo: al final de la LG (5269) el Concilio no ofrece una Mariología perfectamente estructurada, sino unas indicaciones sobre su “valor teológico de posición”, o sea, sobre su situación dentro de una perspectiva de conjunto. Otro ejemplo: en la DV no se encuentra una doctrina sobre la Revelación, la Escritura o la Tradición, sino que la atención se fija en las relaciones entre ellas. Se trata de nuevo del “valor de posición”, en este caso de la Tradición. Los tratados centrales –Trinidad, Creación, Encarnación, Redención por la cruz y la resurrección, Sacramentos y Escatología– no necesitaban un nuevo tratamiento.

Hay que tener, pues, siempre presente que los documentos conciliares apuntan sobre todo a las actitudes cristianas, las cuales, si bien arrancan del dogma, no tanto o exponen como lo presuponen. Si, por consiguiente, en la homilía o en la catequesis, pusiéramos las nuevas indicaciones en el centro de la predicación, esto no sólo comportaría una deformación del kerigma cristiano, sino que se habría malinterpretado la intención del Concilio. Sólo una Iglesia que, central y fundamentalmente, proclame en su predicación el misterio de Cristo, en su incontaminada fuerza, sin aguarla, puede estar segura de que está reflejando “la gloria de Cristo sobre su rostro“.

3. Esto no quiere decir que para hacer comprensible el mensaje de la Biblia a los hombres de hoy no sea necesaria una cierta trasposición de principio. Lo que ocurre es que esta trasposición se ha hecho en términos de desmitización.

La primera cosa que nos llama la atención es que nadie puede señalar los límites de este proceso. Comienza con cosas relativamente inocuas, para llegar después –con un desarrollo del pensamiento aparentemente lógico– a concepciones, en las cuales ya no queda nada de la realidad histórica, sobre la que se apoya la fe cristiana. Entre las cosas inocuas que, de entrada, encontramos, está, por ej., la sustitución de una imagen del mundo ingenua (la ptolemaica) por otra de rigor científico (la copernicana). Pero bien pronto se irá más lejos y se dirá, por ej. aquella imagen “ingenua” del mundo, puesto que se desconocían las cadenas causales científicas, estaba poblada de espíritus y de ángeles de toda clase, buenos y malos, que ordenaban los acontecimientos. Evidentemente, en este supuesto, los milagros deberían ser mucho más obvios y comunes. Resultado: los milagros de Cristo, las curaciones de enfermos y las expulsiones de demonios deberán ser considerados datos míticos, ya que están condicionados por la mentalidad “ingenua” de la época. Además, la imagen del mundo entonces vigente, comparada con la moderna, aun desde el punto de vista del tiempo, era tan exigua en su pequeñez, que el retorno de Cristo podía ser esperado para un futuro muy próximo, algo absolutamente inaceptable para nuestros conocimientos actuales del cosmos. Con esto se desploma un elemento central de la existencia y de la ética neotestamentaria. Aún más, la afirmación de que el hombre tiene su patria en el cielo y no sobre la tierra, de que aquí el hombre sólo es “peregrino y forastero”, empalma simplemente con una cosmovisión en parte platónico-gnóstica y en parte hebreo-apocalíptica: En una palabra: no sería específicamente cristiana. En consecuencia, no debería ser aceptada por el hombre moderno, tan identificado con su mundo y consciente de su responsabilidad sobre él. ¿Qué más? El recurso a la divinidad para todas y cada una de las situaciones –la “oración”– habría sido superado ya en gran medida, pues el hombre ha aprendido –está aprendiendo siempre– no sólo a gobernar las cosas del mundo exterior, sino a controlar hasta la duración de su vida. Para la sensibilidad actual, la “oración” sería el “trabajo”.

A partir de aquí, se pueden dar ya los últimos pasos: el esquema de un “salvador” que desciende del cielo no sería ni siquiera específicamente bíblico. Tendría otro origen y muy posiblemente se trataría de una categoría universal que habría sido aplicada a Jesús, el cual fue, ciertamente, un hombre rico en dones espirituales, pero de quien no sabríamos nada históricamente válido. Gracias a esta aplicación habría asumido el atributo de “Hijo de Dios” y, finalmente, de “Dios” (con aquella extraña componenda que posteriormente daría lugar a la doctrina trinitaria).

Al fin ¿qué queda en pie? Un humanismo de tinte social, el énfasis puesto en los derechos humanos, en la dignidad de la persona, en el altruismo ético, en el talante amoroso y confiado del hombre respecto de Dios, creador y padre; en un optimismo que apuesta por él futuro.

Refutar aquí este programa nos llevaría demasiado lejos. En su mayor parte es producto de un daltonismo espiritual, que incapacita al hombre para captar el elemento irrepetible, único, del Verbo de Dios y del acontecimiento bíblico. Cristo no es uno de tantos salvadores. Su figura no ha sido compuesta por un procedimiento de síntesis, sino que es un bloque indivisible. La doctrina de la Trinidad no es fruto de una especulación, sino la idea necesaria de un Dios que en sí mismo es amor y que concede al mundo la gracia de participar de este amor eterno. La tensión entre el más acá y el más allá se asienta sobre bases filosóficas –el hombre es más que el mundo– y no puede ser superada por ninguna concepción moderna del mundo. Cierto que en la vida humana las tareas del orden de la creación deben compenetrarse de la manera más armónica posible con las que se derivan de la fe. Pero esto no significa, ni mucho menos, que la oración deba resolverse en trabajo, como tampoco significa que la actitud de la creatura con Dios pueda equipararse a la de un hombre con sus semejantes.

Esta digresión era inevitable, porque el programa desmitizador es el caso típico de la reducción práctica de la reforma al aggiornamento. Aunque los teólogos de esta corriente se defiendan del reproche, en última instancia miden el contenido –no sólo la forma– de la Revelación bíblica por la receptividad natural del “hombre moderno”.

Ventajas

Estas acotaciones nos permiten definir mejor ahora las conexiones positivas entre reforma y aggiornamento.

La consideración del mundo moderno, tal como es, no puede ciertamente constituirse en criterio de la predicación; pero nos da la ocasión de instar a la Iglesia a la conversión, la penitencia y la purificación. En efecto, la culpa de mucho de lo que en ella pasa ¿no se debe al politicismo medieval, al triunfalismo barroco, que prestó poca atención a muchas de las instancias verdaderas de la Reforma, a la táctica de recluirse en su propia concha, típica del siglo XIX y también del XX? Ha sido necesaria la pérdida del poder externo para reconducir la Iglesia, por la vía de los hechos consumados, a un nuevo descubrimiento de los valores cristianos fundamentales Ella comprende ahora mejor su condición de sierva, y deja, como Cristo, el reinado para la eternidad.

Pero donde hay hombres, se actúa humanamente y el viejo triunfalismo, expulsado con bochorno, puede levantar cabeza con nuevas formas. La Iglesia es servidora del mundo. ¿No podría significar esto que el orden de la gracia está al servicio del de la creación? ¿Cristo como “medio” y “fermento” de un cosmos divinizado? Así, la Iglesia, que no puede triunfar por sus propios medios sobre el mundo, podría al menos cabalgar triunfalmente hacia el Cristo-cosmos total por el camino de la evolución del mundo. ¡Y podría con su humanismo total ir a la cabeza de todos los humanismos parciales! Fantasías de este género han surgido en muchas cabezas. Pero Cristo llevó a cabo la redención del mundo poniéndose en lugar nuestro y soportando el peso de las culpas ajenas hasta la suprema ignominia, rechazado y abandonado por Dios en la suprema derelicción. Por tanto, si la Iglesia quiere permanecer fiel al Señor, no le queda otro camino que seguirle: no puede el discípulo ser mayor que su maestro. La persecución es, pues, la condición normal de la Iglesia en el mundo. Por esto, quien concibe la predicación de Cristo de tal manera que el escándalo no aparezca y la persecución carezca de sentido abandona a Cristo y no tiene ningún derecho a llevar su nombre.

La obra específicamente cristiana en favor del mundo consiste en la aceptación sin reservas de la voluntad de Dios (“hágase en mí según tu palabra”), es decir, en la “obediencia hasta la muerte”. En ella reside la verdadera libertad y la auténtica “mayoría de edad” cristiana. El mundo gana muy poco con los buenos consejos que la Iglesia le da sobre cómo ha de resolver sus problemas. El, por sí mismo, acabará sacándolos adelante. Igualmente, poco provecho obtiene el mundo, si la Iglesia no añade a sus perspectivas filosóficas y científicas una dimensión teológica. En cambio, ganará muchísimo, si la Iglesia ora, renuncia, se sacrifica por el mundo; si los cristianos se ponen del todo a disposición de Dios viviendo los consejos evangélicos –la vida más fecunda que se puede vivir–; si más allá de todas las acciones realizadas según los fines del mundo obran por algo tan aparentemente sin objeto como es la pura adoración del Amor eterno. De estas cumbres heladas proceden las aguas que fluyen en los valles.

Al decir esto, pensamos de modo especial en aquellos liturgistas activos y puristas que han hecho de la reforma litúrgica, en sí justa y necesaria, un pretexto para implantar un nuevo clericalismo triunfante. En términos generales, la recitación de la oración litúrgica sólo vale la pena si brota de la auténtica adoración, de la conversión, de la contemplación del alma que se deja penetrar por la verdad divina. Frecuentemente, los laicos, confusos, tienen la impresión de que, tal vez más de un clérigo sabe bien poca cosa de la oración, o, si lo sabe, no siente la urgencia de comunicarlo a la comunidad.

Para estas actitudes cristianas –las más profundas– no hay aggiornamento que valga, sino sólo “reforma”, mediante la “penitencia y la purificación”, mediante el retorno a la fuente primera que es Cristo. Todo lo demás sería dar “piedras por pan” (Le 11, 11-12).

Conclusión

El mundo de hoy da a los cristianos la ocasión de volver a meditar sobre la esencia del cristianismo: éste es el sentido de los esfuerzos del Concilio. A esta fórmula podemos reducir también lo que sobre el concepto de diálogo hay que decir: dejémonos impresionar como hombres, pero reaccionemos como cristianos. Tenemos que ver y reconocer seriamente la dignidad humana y la libertad religiosa que de ahí se deriva para todos los hombres. Tenemos que ver y reconocer seriamente la verdad de Dios entre los cristianos no católicos, entre los judíos y entre todas las religiones no cristianas. Hay que dejarse impresionar por todo esto y más, pues nadie sabe cuánta gracia de Dios está oculta y activa entre los hombres que viven fuera de la Iglesia. No obstante, quien, impresionado, trate de entablar un diálogo sincero, nunca podrá relativizar el valor absoluto de Cristo, de su palabra, de su cruz, aunque ello le comporte incomprensión, persecución, etc. No sin razón, el Concilio ha reafirmado el deber del martirio, en casos extremos, para todos los cristianos (LG, 42): aquí el diálogo humano se acaba y el hombre se pone a disposición de la Palabra divina. Claro que la obligación del testimonio no se limita a situaciones extremas. La condición extrema sólo ha de hacer patente aquello que es la característica cotidiana del ser y del vivir cristiano.

Tradujo y condensó: Josep Casas
Fuente: Selecciones de Teología

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