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San Pío de Pietrelcina

Viéndolo, no lo veía

No pienses, mi queridísima hijita, en las arideces, desánimos y tinieblas desalentadoras que a menudo afligen tu espíritu, porque son queridas por Dios para tu mayor bien. Un día la Magdalena hablaba al divino Maestro y, sintiéndose alejada de él, lloraba y lo buscaba y estaba tan ansiosa por verlo que, viéndolo, no lo veía, y creía que aquel hombre era el hortelano.

Es lo que te sucede a ti. ¡Ánimo!, mi buena hijita, no te inquietes por nada. Tienes en tu compañía a tu divino Maestro; no estás separada de él. Esta es la verdad y la única verdad. ¿De qué temes? ¿De qué te lamentas? ¡Ánimo, pues! Ya no puedes ser ni una niña ni siquiera una mujer; hay que tener un corazón varonil; y hasta que tengas el alma firme en la voluntad de vivir y de morir en el servicio y el amor a Dios, no te inquietes ni de las limitaciones ni de cualquier otro impedimento.

La Magdalena quería abrazar a nuestro Señor; y este dulce Maestro, que se lo había permitido en otras ocasiones, esta vez le interpone un obstáculo, un impedimento: «No –le dice– no me toques, porque aún no he ascendido a mi Padre».

San Pío de Pietrelcina
18 de agosto de 1918, a Antonietta Vona, Ep. III, 871

Gianluigi Pasquale, 365 días con el Padre Pío.

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