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San Francisco de Sales

«Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda» (Mt 18,27)

La primera palabra que nuestro Señor pronunció sobre la cruz fue una oración por aquellos que le crucificaban; hizo lo que escribe San Pablo: «Cristo, en los días de su vida mortal…, presentó oraciones y súplicas» (He 5,7). Por cierto, los que crucificaban a nuestro divino Salvador no lo conocían…, porque si lo hubieran conocido no lo habrían crucificado (1Co 2,8).

Nuestro Señor pues, viendo la ignorancia y la debilidad de los que le atormentaban, comenzó a excusarles y a ofrecer por ellos este sacrificio a su Padre celeste, porque la oración es un sacrificio…: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Qué grande era la llama de amor que ardía en el corazón de nuestro dulce Salvador, que en el culmen de sus dolores, al tiempo que la vehemencia de sus tormentos parecía quitarle el poder de rezar por sí mismo, pudo por la fuerza de su caridad olvidarse de sí mismo, pero no de sus criaturas…

Quería así darnos a entender el amor que nos tenía, que no podía disminuir por ningún tipo de sufrimiento, y enseñarnos a nosotros cómo debe ser nuestro corazón con respecto a nuestro prójimo… Entonces, este divino Señor que se ha entregado para pedir perdón por los hombres, está seguro de que su petición le fue concedida, porque su divino Padre lo amaba demasiado para negarle cualquier cosa que le pidiera.

San Francisco de Sales
Para el Viernes santo, 25/03/1622

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