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San Francisco de Sales

Las cosas pequeñas también tienen valor

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«El que os diere un vaso de agua por ser discípulos de Cristo, en verdad os digo que no perderá su recompensa» (Mc 9,41)

Ya ves, Teótimo, un vaso de agua o un pedazo de pan que un alma buena da a un pobre, por Dios, es poca cosa ciertamente, casi indigna de consideración según el juicio humano; Dios, sin embargo, la recompensa y enseguida da por ella algún crecimiento en la caridad.

Las pieles de cabra que presentaban antiguamente en el Tabernáculo, eran bien recibidas y se colocaban junto a las otras ofrendas. Y los pequeños actos que proceden de la caridad, son agradables a Dios y ocupan su puesto entre los méritos.

Porque así como en la Arabia Feliz no solamente las plantas aromáticas sino todas las otras son olorosas, al participar de la dicha de ese terreno, así en el alma caritativa no solamente las obras grandes en sí, sino también las pequeñas, experimentan la virtud del santo amor y su buen olor llega ante la majestad de Dios, el cual al verlas, aumenta la santa caridad.

Digo que Dios hace esto, porque la caridad no es la que produce sus acrecentamientos, como los árboles hacen crecer sus ramas y por su propia virtud crece un árbol de otro. La fe, la esperanza y la caridad son virtudes que tienen su origen en la bondad divina y de ella sacan su aumento y su perfección…

Es pues Dios el que hace este crecimiento, considerando el empleo que hacemos de su gracia; así, las menores de las obras buenas, aunque estén hechas algo descuidadamente y no empleando todas las fuerzas de nuestra caridad, no dejan de ser agradables a Dios y de tener valor ante Él y, aunque de por ellas mismas, no podrían acrecentar la caridad que ya tienen porque son de menor virtud que ella, la Providencia divina, que tiene todo en cuenta, las acepta y las recompensa enseguida con un acrecentamiento de la caridad para este mundo y con un aumento de gloria en el cielo.

San Francisco de Sales
Libro III, capítulo 2. IV, 170

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