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San Agustín

«El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero»

No dijo no sea apedreada, para que no pareciese que hablaba contra la Ley. Tampoco dijo sea apedreada, porque había venido, no a perder lo que había encontrado, sino a buscar lo que se había perdido. ¿Pues qué responderá? «El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero». Esta es la voz de la justicia. Sea castigada la pecadora, pero no por los pecadores. Cúmplase la Ley, pero no por medio de los mismos que la quebrantan.

Y habiéndoles herido con los rayos de la justicia, ni se dignó de verlos caer, sino que separó de ellos su mirada. Por esto sigue: «E inclinándose de nuevo, continuaba escribiendo en la tierra»

Así pues, aquéllos, heridos por la voz de la justicia como por una flecha, y encontrándose culpables, uno tras otro se retiraron todos. Y esto es lo que dice en seguida: «Ellos, cuando esto oyeron, se salieron los unos en pos de los otros, y los ancianos primeros».

Unicamente quedaron dos, la miseria y la misericordia, pues sigue: “Y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en pie, en medio”. Yo creo que aquella mujer se quedó aterrada, porque esperaba ser castigada por Aquél en quien no se podía encontrar culpa alguna. Mas Aquél que había rechazado a sus adversarios con la lengua de la justicia, levantando hacia ella sus ojos de mansedumbre, le preguntó: «Y enderezándose Jesús, le dijo: “mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?” Dijo ella: “ninguno, Señor”». Hemos oído antes la voz de la justicia; oigamos ahora la voz de la mansedumbre: «Y Jesús: “ni yo tampoco te condenaré”». Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: «Vete, y no peques ya más». Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al hombre. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: «vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho». Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez ( Sal 24,8).

San Agustín
in Joannem, tract. 33

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