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San Agustín

Dime, Señor, Quién eres tú para mí

Dime, pues, Señor, por tu misericordia, Quién eres tú para mí. Dile a mi alma: «Yo soy tu salvación (Sal 34,3). Y dímelo en forma que te oiga; ábreme los oídos del corazón, y dime: «Yo soy tu salvación». Y corra yo detrás de esa voz, hasta alcanzarte. No escondas de mí tu rostro, y muera yo, si es preciso, para no morir, y contemplarlo.

Angosta morada es mi alma; ensánchamela, para que puedas venir a ella. Está en ruinas: repárala. Sé bien y lo confieso, que tiene cosas que ofenden a tus ojos. ¿A quién más que a ti puedo clamar para que me la limpie? «Límpiame, Señor, de mis pecados ocultos y líbrame de las culpas ajenas. Creo, y por eso hablo». Tú, Señor, lo sabes bien.

San Agustín
Confesiones, V, 1-2.

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