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S. S. Pablo VI Santo Rosario

Exhortación Apostólica Recurrens Mensis October

con la cual se insta al Episcopado, al clero y al pueblo de la Iglesia Católica a invocar la ayuda de la Santísima Virgen María con la recitación del Santo Rosario durante el mes de octubre para que, reconciliadas las mentes y los corazones, brille en el mundo la verdadera paz

PAOLO PP. VI

Venerables hermanos y queridos hijos,
Salud y bendición apostólica.

Introducción

1. El regreso del mes de octubre Nos ofrece la oportunidad de invitar una vez más a todos los cristianos a practicar una forma de oración que es muy querida por la piedad católica, y que nada ha perdido su relevancia en las dificultades de la hora actual: Pretendemos hablar del Rosario de la Santísima Virgen María.

2. La intención que queremos proponer este año a todos nuestros hijos, ya que nos parece más urgente y más seria que nunca, es la de la paz entre los hombres y entre los pueblos. A pesar de algunos avances y esperanzas legítimos, aún continúan los conflictos letales, aparecen nuevos “puntos calientes”, e incluso los cristianos que ven el mismo Evangelio de amor se ven en lucha entre sí. Dentro de la Iglesia misma, hay malentendidos entre los hermanos que se acusan mutuamente y se condenan unos a otros. Por eso es más urgente que nunca trabajar y orar por la paz.

3. Un aniversario también nos invita a hacerlo con mayor confianza, el cuarto centenario de la Bula Consueverunt Romani Pontifices (Bull Ord. Praed., T. V, p.223, 17 de septiembre de 1569), con la que San Pío V definió la forma del Rosario que todavía se usa hoy, en una época de disturbios para la Iglesia y el mundo. Fieles a este legado tan sagrado, del cual el pueblo cristiano nunca ha dejado de ganar fuerza y ​​valor, exhortamos al clero y a los fieles a pedir insistentemente a Dios la intercesión de la Virgen María por la paz y la reconciliación entre todos los hombres y entre todos los pueblos.

POR QUÉ ORAR A MARÍA POR LA PAZ

1. La paz es ciertamente la obra de los hombres. Un bien común de todos, debe ser la preocupación constante de todos, especialmente de aquellos que son responsables de los Estados y la comunidad de los pueblos. Pero, ¿quién no tiene su parte de responsabilidad en lo que se refiere a la vida y la paz de una familia, de un negocio, de una asociación? A pesar de las numerosas buenas voluntades, hay tantos intereses en conflicto, tantas manifestaciones de egoísmo, tantos antagonismos amargos, tantas rivalidades opuestas. ¿Quién no ve la necesidad de una acción incesante por parte de todos y cada uno, para que el amor triunfe sobre la discordia y se establezca la paz en la ciudad del hombre?

2. Pero la paz es también obra de Dios. Es Él quien ha infundido en nuestros corazones el ardiente deseo de paz. Es Él quien nos impulsa a cooperar, cada uno de acuerdo con nuestra parte, y quien con este propósito sostiene nuestras energías débiles y nuestras voluntades vacilantes. Solo Él puede darnos un alma pacífica y consolidar nuestros esfuerzos de paz en profundidad y estabilidad.

3. La oración con la que pedimos el don de la paz es, por lo tanto, una contribución insustituible al establecimiento de la paz. Es a través de Cristo, en quien cada gracia nos es otorgada (cf. Romanos 8, 32), que podemos organizarnos para recibir el don de la paz. ¿Y cómo no desearemos buscar apoyo a lo largo de nuestro viaje en la incomparable intercesión de María, su madre, de la cual el Evangelio nos revela que “ella ha encontrado gracia ante Dios”? ( Lc 1, 30).

4. Es la humilde Virgen de Nazaret quien se convirtió en la madre del “Príncipe de la Paz” ( Is 9, 5), de Aquel que nació bajo el signo de la paz (Cf. Lc 2, 14), y que ha proclamado ante el mundo: “Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios” ( Mt 5, 9).

Ahora el Evangelio nos enseña que María es sensible a las necesidades de los hombres. En Caná, ella no duda en intervenir por la alegría de los habitantes de un pueblo invitado a la boda. ¿Cómo no podría intervenir por la paz, por este bien precioso, si sabemos cómo invocarlo con un corazón sincero?

El Concilio Vaticano II nos recordó apropiadamente: María continúa intercediendo con su Hijo en favor de sus hijos de la tierra (Constitución Dogmática Lumen Gentium, No. 62). A Ella que dijo estas simples palabras: “no tienen más vino”, Cristo respondió generosamente. ¿Cómo podría no responder con la misma amplitud a otra pregunta: “no tienen paz”?

NUESTRA ORACIÓN POR LA PAZ

1. Si cada uno “en la medida de sus fuerzas y posibilidades” (Encíclica Populorum Progressio, n.75) tiene el deber de trabajar intensamente a favor de la justicia y de la paz del mundo, todo cristiano pondrá el máximo interés en pedir a María que rece con nosotros y para nosotros, a fin de que nos sea concedida esta paz que el Señor solamente puede darnos. Así, pues, meditando los misterios del santo Rosario, aprenderemos, siguiendo el ejemplo de María, a convertirnos en almas de paz, por mediación del contacto amoroso e incesante con Jesús y con los misterio de su vida redentora.

TODOS

2. Oren todos los hijos de la Santa Iglesia.

Niños y jóvenes, cuyo porvenir está en juego, en la transformación que agita al mundo. Que los padres y educadores, y todos los sacerdotes pongan el máximo interés para hacer de ellos almas de oración.

Los enfermos y los ancianos, que a veces se desaniman por su aparente inutilidad. Que redescubran la poderosa fuerza de la oración y se conviertan en seres amorosos, que atraen pacíficamente la fuente de la paz.

Adultos, que luchan durante todo el día. Sus esfuerzos darán mayores frutos si proceden de una vida de oración (Cf. Lumen Gentium, No. 21). Al convertirse en devotos asiduos de María, conocerán y amarán mejor a Jesús. Muchos de nuestros padres en la fe lo han convertido en una experiencia que da vida.

Almas consagradas, cuya vida, siguiendo el ejemplo de María, debe ser siempre la más íntimamente vinculada a la de Cristo, como una irradiación de su mensaje de amor y paz.

Los obispos y los sacerdotes, sus colaboradores. Tienen la misión particular de “orar en nombre de la Iglesia por todas las personas que se les han confiado, de hecho por todo el mundo” (Cf. Decreto Presbyterorum ordinis sobre el ministerio y la vida sacerdotal, No. 5). ¿Cómo no deben alcanzar, en el secreto íntimo de su oración, la súplica de María?

– En este ardiente deseo de paz, que es el “fruto del Espíritu” (Gálatas 5, 22), todos nosotros, como los apóstoles en la sala superior, nos uniremos “en oración con María, Madre de Jesús”.

POR TODOS

3. Oraremos por todos aquellos que trabajan por la paz en el mundo, desde la aldea más humilde hasta las organizaciones internacionales más grandes. Además de nuestro aliento y nuestra gratitud, también tienen derecho a nuestra oración. “Cuán hermosos son sobre los montes los pies del mensajero de buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la felicidad, que anuncia la salvación” (Is 52, 7).

– Rezaremos a fin de que surjan en todas partes las vocaciones de los artífices de la paz, los obreros de la concordia y la reconciliación entre los hombres y los pueblos. Rezaremos para que de todos los corazones, a partir de los nuestros, se erradique el sectarismo y el racismo, el odio y la iniquidad, que son la fuente siempre resurgente de las guerras y divisiones. Porque si el mal es poderoso, la gracia es más.

– Rezaremos a Aquel que murió por nuestros pecados, para que “reúna en la unidad a los hijos dispersos de Dios”. Rezaremos por el establecimiento de un clima de respeto mutuo y de confianza, diálogo y mutua benevolencia entre todos los hijos de la Iglesia. Oraremos para que, reconociéndonos distintos unos a otros, todos se vean complementarios, en la verdad y en el amor de Cristo, de acuerdo con la exhortación del gran apóstol Pablo: “En cuanto dependa de vosotros, vivid en paz con todos los hombres… No nos juzguemos, pues, superiores los unos a los otros… El Reino de Dios es… justicia, paz, alegría en el Espíritu Santo. Miremos, pues, a aquello que promueve la paz y la edificación recíproca” (Rom 12, 18 y 14, 13, 17, 19).

BENDICIÓN

1. Nos mismo, venerables hermanos y amados hijos, no dejaremos de trabajar y rezar por la paz, porque somos el Vicario de “Aquel que es nuestra paz, en su persona ha matado el odio y ha venido a proclamar la paz” (Ef 2, 14-15). Con el apóstol Pablo, bajo cuyo nombre queríamos esconder nuestra pequeñez, te “os exhortamos a llevar una vida digna de la vocación de la vocación que habéis recibido: con toda humildad y mansedumbre, con longanimidad, soportándoos caritativamente los unos a los otros, tratando de conservar la unidad del espíritu con el vínculo de la paz” (Ibid . 4, 1-3).

2. Que la meditación frecuente de los misterios de nuestra salvación los convierta en operadores de la paz, conforme a la imagen de Cristo, al ejemplo de María. Que el Rosario, en su forma establecida por San Pío V, como en los más recientes, que, con el consentimiento de la autoridad legítima, lo adaptan a las necesidades de hoy, es verdaderamente, según el deseo de nuestro amado predecesor Juan XXIII, “una gran plegaria pública y universal, frente a las necesidades ordinarias y extraordinarias de la Iglesia santa, de las naciones y del mundo entero” (Carta Apostólica Il religioso convegno del 29 de septiembre de 1961, AAS , 53, 1961, p.664), este Rosario , que es “como un compendio del Evangelio” (Cardenal J. SALIÈGE, Voilà ta Mère , páginas mariales recueillies and présentées par Mgr Garrone, Toulouse, Apostolat de la prière, 1958, p.40), es “ahora una devoción de la Iglesia”. (Pablo VI, 13 de julio de 1963, dirigido a los participantes en el 3er Congreso Internacional del Rosario Dominicano, Enseñanzas de Pablo VI , I, 1963, pp. 464).

3. A través de esta oración a María, la Santísima Madre de Dios y nuestra Madre, ayudaremos a cumplir el voto del Concilio: que “todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos, tanto los que se honran con el título de cristianos como los que todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad.” (Lumen Gentium, n. 69).

Con esta intención, venerados hermanos y amados hijos, mientras los invitamos a recitar el Santo Rosario con fervor durante el mes de octubre, les entregamos con gran corazón nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, el 7 de octubre del año 1969, el séptimo de nuestro pontificado.

PAULUS PP. VI

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