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P. Gustavo Seivane Santísima Virgen María

¿Qué te hemos hecho Madre?

¿Qué te hemos hecho Madre? ¿Cómo es que rociamos con desdicha tu mirada buena? ¿Cómo es que convocamos a todos los eclipses para ensombrecer tu corazón?

Tu soledad te envuelve. Es como una planicie que no nos atrevemos a pisar. Es tuya. Tremenda. Extensa. Misteriosa. Limpia. Alta en su plegaria secreta.

Es en tu soledad donde algún ángel viene a inclinar tus párpados, a sellar tus labios, a juntar tus manos. Que la luz de este mundo ya no hiera tu sábado de penas. Que las palabras caminen despacio por tu interior insondable, por tu valle profundo de Madre de Cristo. Que tus manos hoy descansen de la tarea de servir la mesa.

Es tu honda soledad. La soledad que te arrancó raíces, y aún te quito la tierra. La soledad que te sumergió en un abismo.

Necesitamos silencio para acercarnos a María. Andar con cuidado. Como quien se mueve sin agitar el aire. Como quien no desea rozar con imprudencia a la Madre dolorosa.

¡Nadie lastime con ruidos a la Virgen! Nadie despierte a las piedras que han llorado con ella, y ahora duermen, como duermen las estrellas, y los copos de nieve, y las aguas del Jordán. Duermen por la fatiga. Duermen por haberse visto envueltos, como toda la creación, en el duelo de la Lacrimosa, en el luto de la Mujer atravesada, la de las siete espadas de dolor, la dulce Virgen, la que sólo atrae en su llanto a los ángeles de la Pasión.

El sufrimiento de una Inmaculada es insondable… No sufre como nosotros. Su sufrimiento no hace pie. No se espeja en ninguna criatura. Es único. Se abisma en Dios. En su Hijo Dios que ahora está muerto.

La soledad de María es infinita… Se reconcentra en su Purísimo Corazón, y parece desde allí extenderse en todas las direcciones sin hallar reposo, cobijo, abrazo, como saturada de intemperie.

Ella no puede ser abrazada. Es intocable en su dolor. En la desmesura de su agonía que la deja sola en el mundo. No, será ella la que deberá abrazar a su Hijo muerto. Será ella, su fe, la que hará de refugio, de amparo para todos los desdichados del mundo, para los heridos del alma, los que por ella no desertarán en las mil batallas, y la buscarán para continuar esperando.

Aunque se han retirado las tinieblas, las que cubrieron la tierra hasta las tres de la tarde, la luz, sin embargo, parece dolida, inestable, pálida, extraña.

La Madre mira hacia lo alto. Ya lo bajan. Ya lo colocan entre sus brazos. Ya siente ese peso, el peso de ese Cuerpo que comienza a recorrer con sus ojos, con sus besos, con sus manos. Es su Hijo. El que supo acunar en Belén, cuando se alegró con la estrella, y la visita de los Magos, y la llegada de los pastores.

Ahora, palpa aquel lacerado pecho, todas aquellas heridas… Falda de Madre, Corazón traspasado, inmenso, y de tremenda belleza. ¡Oh, María!, mujer inefable. Creyente desde el abismo. Abismada en esa soledad que vencerá amando.

¿Qué pájaros o brisas, fuegos del fondo de la tierra, estrellas lejanas u olas del mar se estremecieron con el llanto de las mujeres y la apertura de las tumbas, el velo rasgado del Templo, y los temblores de la Ciudad?

Ha muerto el Bueno. Jesús ha muerto.

Corrida la piedra, sellado el sepulcro, todos rodearon a la Madre.

Seguramente quisieron sostenerla, como apresurando un ademán, un gesto, un movimiento, pero incómodo, torpe, inédito. Ir hacia la Madre resulta como un acto reflejo. Y lo intentan la Magdalena y María la de Cleofás, y Juan, y José de Arimatea, y, quizá, hasta el centurión de la fe final.

¿Pero qué decir cuando las palabras se disuelven en la boca? ¿Quién quiere hablar cuando el silencio es cilicio y prudencia, descanso y alivio?

La rodean sin palabras, y sin sospechar hasta dónde, en verdad, era María la fuerte. La fuerte de la fuerza santa. De la fuerza de la más fuerte fe. La fuerza que seguía brotando de su humildad, desde su obediencia de servidora e Inmaculada.

Todos sabrían, luego, en las horas, los días y los años por venir, cuán fuerte era la Madre. Y lo sabrían en medio de las persecuciones, cuando la entera comunidad, cuando la Iglesia de Cristo, la buscara para no caer ni apostatar de la fe.

Corrida la piedra, sellado el sepulcro, nos preguntamos qué fue de María. Qué fue de la Virgen inmediatamente después del horror del Gólgota. ¿En qué pensaba? ¿Por dónde andaba su alma? ¿Cómo la perforaban las últimas imágenes de su Hijo? ¿Cómo la asaltaban los recuerdos? ¿Qué clases de golpes seguían golpeándola? ¿Cómo sacarse de encima, de adentro del cuerpo, y del corazón, las voces rancias y burlonas del sanedrín judío, los sonidos gimientes de Jesús, el estertor de su fatiga?

En alguna casa vecina, en la misma Jerusalén, en el Cenáculo, quizás, alguien la resguardó. Y, así, ella inició el curso amargo de la insondable noche, la noche más oscura de toda oscuridad, la noche plena, la de la lobreguez exclusiva de la soledad de María, su huerto profundo, su propio olivar de agonía, su Getsemaní.

Porque en aquella tarde-noche, la del Hijo muerto, María hubo de sufrir un incremento a su ya vastísimo dolor. La indiferencia de aquel pueblo. Su pueblo.

Cómo martillarían en su delicado corazón, cómo le llegarían el rumor y el ajetreo de las calles, la vocinglería y el movimiento de aquella Ciudad revestida del colorido de los días de Pascua, con las arcanas tradiciones devotas, los folklores de toda nación, los murmullos de los mercaderes, el tintineo de las monedas en las mesas de los cambistas, la marea de animales para el sacrificio, el rumor de los campamentos.

Todo parecía seguir su curso, indiferente a su dolor, ajeno a la muerte de su Hijo. Todo tomaba un tono atroz.

Nadie parece reparar en ella mientras se dirige al Cenáculo. Han dado muerte a su Hijo. Murió su Jesús. Se lo aplastaron, trituraron, clavaron, desollaron. Y lo hicieron con brutalidad. Fueron crueles, sanguinarios, cobardes. Lo humillaron, lo entregaron a la burla, el escarnio, la afrenta, la atrocidad. Lo untaron con horror: pueblo y autoridades.

Para muchos, para casi todos, aquel abril era un abril más. Y ella, la más hermosa, la regida por el amor, la del corazón de la anchura inmensa. Ella, la Dolorosa, ¿qué pensaba bajo la luna de aquella primavera?

Allí, donde nadie sabe cómo el Corazón de María, su purísimo Corazón, está unido con el abismo de Dios que muere… Allí, ¿qué meditaba?

El silencio del Calvario había sido apenas interrumpido por su llanto. Y el descenso de la Cruz había aumentado su llanto, y sumado gemidos.

¡Con cuidado nos acercamos! Es la Dolorosa. La Madre de Dios besando los ojos muertos de su Hijo, los ojos que fueron la luz de muchos. Es María de Nazaret ordenando esos cabellos desordenados y entrelazados con espinas. Es la Bendita entre todas las mujeres descubriendo ese roto Corazón, el de su Cristo, el Corazón del que salió sólo amor, y en el que penetró la lanza.

Nuestros pasos no deben llamar la atención… Hay una sábana envolviendo el Santo cadáver, la unción con los bálsamos, el traslado, la sepultura, una última antorcha dentro de la gruta antes de la despedida, y el sellado.

La piedra corrida. Y la hora de la soledad impenetrable.

Porque una vez acabadas las pobres palabras de consuelo, María está sola. Sola en una noche fría. Sola para sentir la tristeza en el halo de la luna, en algún paño con Sangre de su divino Hijo, en el viento que se filtra por las ventanas, y en los recuerdos. Es el estupor que palpita en su pecho de Madre. Una Madre de Dios. Una Madre sin pecado.

Nadie puede penetrar el Misterio de ese dolor, de esa soledad, porque supone esto conocer el íntimo e insondable Misterio de esa relación, de ese vínculo: Madre del Creador, Madre del Redentor, Madre de Dios. A ella, a la Purísima, ante quien los ángeles se inclinan, a ella le mataron a su divino Hijo.

El ángel que le anunciara cosas tan bellas parece lejano y remoto. En cambio toman fuerza las palabras del anciano Simeón: una espada atravesará tu Corazón.

Era casi una niña cuando escuchó aquella profecía, y lo hizo apretando con más fuerza a su bebe, apretándolo contra su joven pecho, apretándolo, apretándolo, apretándolo.

Sí, Madre, ha llegado la Hora. Ha llegado la espada. Perdónanos. Perdónanos María.

Sabemos que Dios preparó tu Inmaculado Corazón para amar como ninguna criatura jamás amó ni podrá amar. Tu Corazón es inmenso. Allí hay lugar para todos nuestros nombres, y todas nuestras lágrimas, y todos los abandonos, y todas nuestras soledades. Dios te hizo capaz del más amargo cáliz, y por eso de la mayor gloria. Llena de Gracia, Abogada nuestra, tú nos sostienes en la noche de la prueba. Tú eres nuestra Estrella.

Cuando la negra soledad le atraviesa de lado a lado el alma. Le come las entrañas. La traga. Ella sostiene la fe. A oscuras. Sin nada sensible que la ampare.

A secas cree. Vuelve al punto del «Hágase» más puro. Hágase como tú quieras. Como tú sabes. Como tú puedes.  María cree… Y todos esperamos con la Madre, en medio de nuestras pruebas y sufrimientos, en el centro de todos los abandonos y soledades.

Con la Madre esperamos y creemos.

Al decir de San Bernardo: «No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón… No te extravías si la sigues, no desesperas si le ruegas, no te pierdes si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caes; si ella te protege nada temes, si ella te guía, no te fatigas, si ella te ampara llegas al puerto»; así en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: «Y el nombre de la Virgen era María».

P. Gustavo Seivane

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