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María, Regina Pacis

24 de enero: Regina Pacis

María, Reina de la Paz. Titular de la Iglesia Abacial

«Dios anuncia la paz a su pueblo» (Salmo 84,9)

«Paz a ustedes, hijos de San Benito,
que de nombre tan alto y suave
hacen emblema de sus monasterios,
lo escriben en el umbral de sus edificios,
en las paredes de sus claustros,
pero mejor todavía lo imprimen
como ley dulce y fuerte en sus espíritus.
Paz a ustedes que buscan en esta morada,
como en fresco y secreto manantial,
esa fuerza espiritual
que cuánto más ajena parece
a sus cuestiones temporales tanto
más necesaria se demuestra para ellas».

Pablo VI

Del profeta Isaías 66,10.12-14c

«Alégrense con Jerusalén y regocíjense a causa de ella, todos los que la aman! ¡Compartan su mismo gozo los que estaban de duelo por ella! Porque así habla el Señor: Yo haré correr hacia ella la prosperidad como un río, y la riqueza de las naciones como un torrente que se desborda. Sus niños de pecho serán llevados en brazos y acariciados sobre las rodillas. Como un hombre es consolado por su madre, así Yo los consolaré a ustedes, y ustedes serán consolados en Jerusalén. Al ver esto, se llenarán de gozo, y sus huesos florecerán como la hierba. La mano del Señor se manifestará a sus servidores».

Salmo responsorial: 84,9ab.10-14

R/ Dios anuncia la paz a su pueblo.

Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos. La salvación está ya cerca de sus fieles y la gloria habitará en nuestra tierra R/

La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. La fidelidad brota de la tierra y la justicia mira desde el cielo R/

El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, la salvación seguirá sus pasos. R/

Lectura de la carta a los Gálatas 4,4-7

Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la Ley, para redimir a los que estaban sometidos a la Ley y hacernos hijos adoptivos. Y la prueba de que ustedes son hijos, es que Dios infundió en nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo “¡Abba!”, es decir, “¡Padre!” Así, ya no eres más esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero por la gracia de Dios.

Evangelio según san Lucas 11,27-28

Jesús estaba hablando y una mujer levantó la voz en medio de la multitud y le dijo: “¡Feliz el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!”. Jesús le respondió: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”.

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Reina de la Paz que se venera en la Abadía

Haciendo frente al público hay un gran mosaico de la Virgen Reina de la Paz, titular de la iglesia, cuyo tamaño es mayor que el doble del natural. Es de estilo bizantino, de aquel arte que supo volcar en el mosaico lo más puro de su expresión y que, tanto por la pureza de sus líneas, nitidez y colorido como por su riqueza y resistencia de su material, la Iglesia lo ha tenido siempre por una de las más apreciadas decoraciones para sus templos. La imagen de la “Reina de la Paz” se destaca con nitidez en un fondo de oro de 5 metros por 3,75. Este fondo parece evocar los misteriosos textos del Apocalipsis de San Juan: la ciudad era de oro puro semejante a un cristal puro. Y oro puro y cristal es el del cielo del mosaico. Esta imagen es una creación original. La Virgen está sentada sobre nubes. Es una representación gloriosa; su cabeza está coronada por una corona de ocho azucenas, número que según la tradición patrística simboliza la eternidad; el manto de la Virgen es verde esmeralda con forro de color rojo profundo; el vestido es blanco; sostiene con una mano a su Divino Hijo que está de pie sobre su regazo y con la otra le ofrece una rama de olivo en forma de corona. El nimbo de ambas figuras es plateado, pues simboliza la luz blanca y radiante de los cuerpos glorificados, de esa luz de Dios que hace que la ciudad (celestial) no necesite sol ni luna que alumbren en ella, porque la claridad de Dios la tiene iluminada.

Un gran arco iris rodea a la Madre y al Niño evocándonos aquel otro que apareció como símbolo de paz luego que acabó el diluvio. El Niño, aquel “Rey Pacífico”, tiene entre sus manos el mundo; mas su rostro no está exento de seriedad: es que el mundo no tiene la paz que de sus manos puede conseguir. Pero ahí está la Virgen, la mediadora que suplica y consigue. Ahí está la corona de esta paz con que el mundo debe ser coronado. Regina Pacis, ora pro nobis [Reina de la Paz, ruega por nosotros], se lee en letras que se destacan sobre el fondo dorado del mosaico y rodeando su contorno otra inscripción dice: Per Virginem Matrem concedat nobis Dominus salutem et pacem [Por la Virgen Madre nos conceda el Señor la salvación y la paz].

Tal es el anhelo de los que se dirigen a los pies de esta imagen. Anhelo de paz. Y no mucho después de la bendición de esta iglesia se pudo oír desde su recinto los anuncios del fin de la segunda guerra mundial. Mas no queda con eso sin objeto la plegaria por la paz. Aparte de que aun en este plano queda mucho por hacer, está esa otra paz que ha sido por tantos siglos y es todavía lema de los Benedictinos. Este suave vocablo no se refiere tanto a lo material cuanto a lo espiritual. Aunque la primera es condición de la segunda, no es sin embargo la única y exclusiva. La paz del espíritu es y será siempre la meta feliz de la vida cristiana. Es el resultado del orden restablecido por Cristo y al que sin Él es de todo punto imposible llegar.

Revista Litúrgica argentina 109-110.

Regina Pacis, ora pro nobis.

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