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Thomas Keating

Arrepentíos

Puesto que los programas de felicidad tienen sus raíces en la primera infancia, nuestra búsqueda en la vida adulta tiende a reflejar los caprichos infantiles imposibles de satisfacer. (…)

Ahora llegamos al fondo del problema de la condición humana. Vemos en el Evangelio que Jesús se enfrentó con este problema. ¿Cuál fue su primera amonestación? “Arrepentíos”. Arrepentirse no es hacer penitencia como ayunar, guardar vigilias, flagelarse, o lo que nuestra generosidad nos inspire. Lo que quiere decir es que debemos cambiar de rumbo cuando buscamos la felicidad. Este reto va directamente a la raíz del problema. No es un remedio pasajero para esta o aquella aflicción.

Si decimos que “sí” a la invitación que se nos hace de arrepentirnos, puede ocurrir que experimentemos una gran libertad durante unos cuantos meses, incluso uno o dos años. Nuestra forma de vida anterior ha sido restaurada hasta cierto punto, y muchas relaciones que estaban rotas, sanadas. Después, una vez que la polvareda que levantó el entusiasmo de nuestra primera conversión se disipa, nos asaltan de nuevo las viejas tentaciones. Cuando pasamos de la primavera del camino espiritual al verano, seguido por el otoño y el invierno, el entusiasmo original empieza a desvanecerse. En algún momento tendremos que encararnos con el problema fundamental, que no es otro que la motivación original todavía tiene raíces, aun después de habernos decidido por los valores del Evangelio. El “falso yo” es el producto de nuestros programas emocionales de felicidad y de las motivaciones que crearon, las cuales se volvieron más intrincadas cuando nos integramos en una sociedad que contribuyó a reforzarlas por el solo hecho de que queríamos identificarnos con ella. Nuestros pensamientos, reacciones y sentimientos cotidianos reflejan el “falso yo” en cada nivel de nuestra conducta. Cuando este “falso yo” se da cuenta de que hemos experimentado una conversión y vamos a practicar todas las virtudes que nos hemos propuesto, se ríe de nosotros y nos reta diciéndonos –¡Inténtalo!–.

En este punto experimentamos la intensa lucha espiritual en nuestro interior, el dilema entre lo que deseamos hacer y sentimos que debemos hacer, y nuestra increíble incapacidad de hacerlo. El apóstol Pablo se refiere a esto cuando se lamenta, diciendo:

“Y ni siquiera entiendo lo que me pasa, porque no hago el bien que quisiera, sino, por el contrario, el mal que detesto. Ahora bien, si hago lo que no quisiera, reconozco que la Ley es buena; pero, en este caso, no soy yo quien obra mal, sino el pecado que está dentro de mí. Bien sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita el bien. Puedo querer el bien, pero no realizarlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Por lo tanto, si hago lo que no quiero, no soy yo quien está haciendo el mal, sino el pecado que está dentro de mí.

Descubro entonces esta realidad: queriendo hacer el bien, se me pone delante el mal que está en mí. Cuando me fijo en la Ley de Dios, se alegra lo íntimo de mi ser; pero veo en mis miembros otra ley que está en guerra con la ley de mi mente, y que me entrega como preso a la ley del pecado inscrita en mis miembros.¡Desdichado de mí! ¿Quién me librara de mí mismo y de la muerte que llevo en mí?” (Rm 7, 15-24)

Esta visión interior es el comienzo del verdadero camino espiritual. Aceptamos, con tristeza, que se trata de una jornada bien larga. Comprendemos que nos enfrentamos con una fuerza sutil, poderosa y bien arraigada. Para desmantelar estas escalas de valores y reemplazarlas con los valores del Evangelio hace falta algo más que unas cuantas experiencias espirituales. Estas pueden continuar siendo una especie de entretenimientos que nos exaltan si no nos proponemos desarmar el “falso yo” y practicar las virtudes. Los momentos sublimes espirituales nos proporcionan una mejoría pasajera, pero una vez que pasan nos dejan en el punto donde estábamos al comenzar con los mismos problemas.

Thomas Keating, Invitación a amar, Cap. I

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