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P. Gustavo Seivane

Las cenizas llegan para que ganemos libertad

Las cenizas llegan para que ganemos libertad. Para una iniciación. Para dar comienzo a un tiempo de batallas y de victorias. Para que impere Cristo en nuestra próxima Pascua. Para renacer por el curso de la penitencia, y la práctica santa del ayuno, la oración, y la limosna.

La cuaresma es un tiempo penitencial. Un tiempo dispuesto por Dios para nuestra conversión. Un tiempo que nos sitúa en el ámbito de la reflexión sobre el pecado y la Gracia, los desvíos y la fidelidad al Señor.

Nos cubren las cenizas, como si nos abrigaran la verdad de nuestra finitud, y la necesidad de la humildad, sin la cual no se recibe la divina Gracia. «Dios da su Gracia a los humildes», enseña la Sagrada Escritura. Y, nos dejamos marcar con este sello, porque no queremos ya seguir eludiendo el llamado de Dios.

Jesucristo dice: «Den a Dios lo que es de Dios…». Y al Creador venimos a darle nuestra alabanza, y acción de gracias, como justa respuesta a su bondad. Por Cristo elevamos nuestras almas. Clamamos a Dios llamándolo Padre. Y le ofrendamos la vida que es suya. A él, al Bendito Señor del universo, a quien no queremos ya robarle su Gloria apropiándonos de lo que es suyo, adjudicándonos lo bueno que procede de él.

En este tiempo feliz de grande gracia, se nos conmina: «Tengan cuidado de no practicar la justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos». Es Dios a quien se le debe nuestra entrega. A él agradamos meritoriamente. A él servimos libres de formas desviadas, cuando evitamos que nuestros actos religiosos vuelvan a nosotros como satisfacción al realizarlos para ser vistos por los demás. Lo fariseo se nutre de esta religiosidad vacía de Dios.

Es en lo íntimo, gratuito, y secreto donde el Padre Celestial es glorificado por nuestras obras. Él recompensa la obra realizada ante sus ojos, la obra que lo tiene a él como fin. A su bondad.

En el fariseísmo, impugnado por Jesús, hay un desvío. No se procura tanto agradar a Dios, como alcanzar autosatisfacción a expensas de las miradas ajenas. Búsqueda de prestigio y elogio a costa de lo santo. Una religiosidad sin fuego. Una devoción falsa.

Ser de Cristo implica un cambio. Y Jesús advierte: «Tengan cuidado de no practicar la justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos, de lo contrario no recibirán ninguna recompensa del Padre que está en el cielo».

El salmo dice: «Te gusta un corazón sincero». La práctica de la sinceridad con Dios, con uno mismo, con el prójimo, allana senderos. Aleja la hipocresía.

El profeta Isaías dice: «Mi alma te ansía de noche, Señor; mi espíritu madruga por ti». He ahí el alma, que viviendo de cara al Señor se preserva de lo engañoso, y se afirma en la verdad. «Por lo tanto, cuando des limosna, no lo vayas pregonando delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser honrados por los hombres. Ellos ya tienen su recompensa».

Ya la tienen aquí. Y son migajas humanas. En cambio, Cristo está ofreciendo el bien divino, el Cielo de Dios, a Dios como morada. La eterna Vida. Incorruptible. Inmensa.

Por eso, en Cristo se ha iniciado una transformación… Un bautizado ha sido revestido de Cristo para vivir en esa esperanza: Dios como herencia.

El bien moral consiste principalmente en la conversión a Dios, y el mal a la aversión.

La conversión lleva el ejercicio de la fe. Pero, como enseña el Apóstol Santiago: «La fe, si no tiene obras, está muerta». La limosna que agrada a Dios es misericordia con discreción. De modo que «cuando tú des limosna, tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto».

Todas las obras de misericordia, espirituales y materiales, vivirán de una fe enraizada en la oración, sostenidas por el ayuno, que guarda los sentidos en la sobriedad. Pero, Jesús insiste en que evitemos también en esto las formas hipócritas, que procuran la vista ajena como aprobación, el comentario del otro como admiración.

Estas «puestas en escena» repugnan al Señor, que bendice la sencillez evangélica de aquel que se retira a su habitación a orar a su Padre que está en lo secreto, o que ayuna perfumándose su cabeza y lavando su rostro, para que sólo por el Altísimo sea conocido su ayuno.

La cuaresma nos vea orar así con el salmista: «Alegra el alma de tu siervo, pues levanto mi alma hacia ti Señor». Y que el oráculo de Isaías nos afirme en los senderos del Padre. Porque, «el que procede con justicia y habla con rectitud y rehúsa el lucro de la opresión; el que sacude la mano rechazando el soborno, y tapa su oído a propuestas sanguinarias, el que cierra los ojos para no ver la maldad: ese habitará en lo alto».

La esperanza nos guarde en la caridad, entonces. «Porque el Padre que ve en lo secreto te recompensará». Amén.

P. Gustavo Seivane

* Asistente espiritual de los Grupos de Oración de Padre Pio, República Argentina

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