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Tal vez la cosa de la que hay mayor déficit en nuestro tiempo y en nuestro mundo es el consuelo.

Consolar a quien acaba de sufrir un gran dolor es lo más difícil que existe, y nuestra civilización no está precisamente sobrada de corazón para hacerlo.

Yo me siento siempre desarmado, impotente, sin saber qué decir, ante el dolor de mis amigos.

Cuando alguien sufre de veras (sobre todo cuando alguien ha sido golpeado por la muerte de un ser querido), ¿qué decir? Todas las palabras se vuelven ridículas, falsas, inútiles. Si yo me dejara llevar por mis instintos, ante el dolor me arrodillaría. Tal vez nadie entendiera ese gesto, pero sería el único verdadero.

Y es que todo dolor es sagrado. Pertenece a esas entretelas del alma a través de las cuales conectamos con Dios.

José Luis Martín Descalzo

Fotografía: Sebastião Salgado. Éxodo.

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