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Card. Giacomo Biffi

Hija del Rey disfrazada de criada

LA ESPOSA DE CRISTO 

A mí, el más insignificante de los santos, se me ha dado la gracia de anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo; e iluminar la realización del misterio, escondido desde el principio de los siglos en Dios, creador de todo. Así, mediante la Iglesia, los Principados y Potestades celestes conocen ahora la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno, realizado en Cristo, Señor nuestro. Ef 3,8-11 

Un misterio conyugal 

1. A lo largo de la carta a los Efesios —después del himno, que es como la sinfonía de apertura— vemos que cada vez más claramente asoma la certeza de que Cristo, en el cual se resume todo el plan de Dios, no es una realidad solitaria, sino que tiene, por así decirlo, su cumplimiento en la creación que está conectada a él. 

Ya en el himno, Pablo había incluido en el «designio» la recapitulación en Cristo del universo (cf. Ef 1,10). Un poco más adelante añade esto: «Todo lo puso bajo sus pies, y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos» (Ef 1,22.23). Podríamos deducir de esto que la Iglesia es «la plenitud de la plenitud», no porque añada plenitud a la plenitud, sino porque es el ámbito en el que se hace presente la plenitud de Dios y de Cristo en la creación. 

La Iglesia es el «cuerpo» de Cristo; es decir, forma con él una única realidad, casi como, según el Génesis, Eva y Adán eran «una sola carne» (Gén 2,24). Y de hecho, inmediatamente después, san Pablo emplea la imagen para expresar el mismo concepto: la alegoría matrimonial; es más, las dos representaciones —del «cuerpo» y de la «esposa» están en la frase como fundidas entre sí: «El marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia; él, que es el salvador del cuerpo. Como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo» (Ef 5,23-24). 

Es evidente en este punto que nuestra contemplación del proyecto eterno de Dios incluye la contemplación de la Iglesia Esposa. Es más, incluso podríamos decir que el «misterio escondido desde el principio de los siglos en Dios» (Ef 3,9) es esencialmente un misterio esponsal; es el «gran misterio» (del que habla Ef 5,32), del cual es consecuencia y reflejo la diferencia entre el hombre y la mujer, con su vocación de unirse en matrimonio. 

El designio eterno se centra completamente en las «bodas del Cordero» (cf. Ap 19,9), a cuyo banquete todos nosotros —sólo por el hecho de haber sido llamados a la existencia— hemos sido invitados. Como vemos, nuestra meditación sobre la Iglesia comienza por su intrínseca índole de esposa. 

¿Guapa o fea? 

2. ¿La novia es guapa o fea? Esta cuestión, que puede parecer frívola, es, sin embargo, una de las más serias de la vida cristiana. También hoy muchos en nuestros ambientes – religiosos, teólogos, sacerdotes cristianos comprometidos – se enardecen, poco caballerosamente pregonando la fealdad de la Esposa como si fuera una verdad central de nuestra fe. 

En los tiempos en que continuamente tenía que discutir sobre ello, solía proponer algunas reflexiones más basadas en el sentido común del párroco que en la especulación del teólogo. 

La primera es que la novia —cuando se ha elegido — no debe de ser tan desagradable y deforme. «Prendado está el rey de tu belleza» (Sal 44,12), profetiza el salmo. Podemos presuponer que «el más bello de los hombres» (Sal 44,3), el Señor del universo y la luz del mundo, no carezca totalmente de buen gusto. 

En segundo lugar, no hay que olvidar que Cristo la amó (como dice la carta a los Efesios 5,25). Por supuesto, su amor no presupone la belleza, pero infaliblemente la crea. 

Por último, por muy mal que se piense de la Iglesia, hay que reconocer que, en todo caso, es la cosa más valiosa que Dios, con toda su sabiduría y su poder, ha sabido sacar de esta tierra nuestra hecha de polvo (después de la naturaleza humana de Cristo y la Virgen María, que ya son, sin embargo, realizaciones eclesiales incoativas). La obra de un gran artista no deja de ser una escultura valiosa, a pesar de que el material que se ha puesto a su disposición haya sido una madera áspera y rugosa. 

3. Sobre este tema me gustaría tomarme la libertad de dar algún «rodeo» a partir de otro pasaje de la carta a los Efesios (Ef 3,8-11). 

También aquí se habla de «designio eterno» y de el «misterio escondido desde principio de los siglos», pero se consideran más bien en el momento de su realización o, como se ha dicho, de su «cumplimiento», que es un cumplimiento «eclesial»: «por medio de la Iglesia». 

«Ahora»: los Principados y las Potestades — es decir, los «Poderes celestes», comoquiera que deban interpretarse —, sólo ahora, por la fundación de la Iglesia, han llegado a conocer hasta el fondo la «maravillosa sabiduría» del Padre. 

«Ahora»: no la Iglesia «escatológica» (que no suscita ninguna aversión), sino la Iglesia que está ahora ante nosotros, provoca la admiración de las criaturas angélicas; la Iglesia, que también se presenta — para quien no tiene el ojo penetrante de los querubines — como uno de los muchos fenómenos sin esplendor que entran a formar parte del mundo y de la historia. Una contemplación de la Iglesia nacida realmente de la fe deberá necesariamente llegar a compartir el asombro gozoso de los seres sobrehumanos ante los prodigios de Dios. 

La «multiforme sabiduría»: en realidad, el adjetivo utilizado por Pablo (polypókilos) significa literalmente «variopinta», «multicolor». La sabiduría de Dios sabe captar y querer juntas muchas cosas diferentes. El hombre es, en cambio, unilateral y monótono; y precisamente la monotonía — o, lo que es lo mismo, la locura por un solo acento o por el hallazgo cultural del momento — puede ser ocasión para las más insidiosas herejías. 

La Iglesia, nacida de la «multiforme sabiduría», excede siempre a la pobreza de nuestra imaginación y a nuestra tendencia a lo sectorial: es muchas cosas juntas. La vida eclesial es espera del reino y valoración de los bienes terrestres; es alegría y capacidad para compartir las penas; es rito y no conformismo; es intransigencia y misericordia; es novedad y tradición; es obediencia y libertad, contemplación y testimonio; matrimonio y virginidad; ira y ánimo pacífico; lucha por la justicia y amor a todos sin discriminaciones sociales. 

También por sus características contradictorias que están prodigiosamente formadas por la energía unificadora del Espíritu, se revela a los ojos de la fe el misterio de la Iglesia en su riqueza sobrehumana. Ella nos parece al mismo tiempo firme como el trono de Dios y precaria como la respiración del hombre; radiante como la nueva Jerusalén y opaca como un consejo de administración; viva y palpitante como el corazón de Cristo resucitado e infructuosa como una oficina estatal; serena como el océano de la vida divina y pendenciera como una reunión de vecinos; tan cercana a nosotros como para identificarse con todas nuestras limitaciones y tan cercana al Señor de la gloria como para ser su «plenitud», como él es la «plenitud» del Padre. 

Hija del Rey disfrazada de criada, sierva elevada a la estirpe real por la predilección del Rey, la Iglesia es la Esposa de Cristo por su alma dilatada por el amor, pues Dios que también «es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20) está de maravilla en su corazón y allí estará por siglos eternos. 

Ex maculatis immaculata 

4. En términos más propiamente teológicos, la cuestión de la belleza o fealdad de la Iglesia pasa a ser la de saber si puede ser llamada santa o pecadora o «simul sancta et peccatrix», santa y pecadora a la vez. Sin pretender solucionar directamente la controversia, quisiera proponer que nos dejáramos iluminar por una brevísima expresión de Ambrosio: «Ex maculatis immaculata», una Iglesia inmaculada de hombres manchados (In Lucam I, 17). 

Propondría esta tarea de iluminación antes que nada en lo que respecta a la tentación, que todos podemos tener, de deducir quizás inconscientemente por el apunte teológico de la Iglesia «santa» la afirmación de que sus miembros son santos. De la santidad de la Iglesia es muy fácil sacar la conclusión de que todos sus miembros, y sobre todo sus dirigentes, están libres de culpa y de defectos. En especial, es fácil que de ello estén convencidos los más interesados. 

Del mismo modo, muchos católicos llegan, casi a escondidas, a no poder admitir que un obispo pueda ser impulsivo o colérico, un párroco avaro o vago. En cambio, se trata de comprender que no es tan escandaloso que un prelado sea un arribista o que un pastor de almas sea vanidoso, sino que lo edificante y admirable es que, de un arribista, Dios consiga hacer un guía para su Iglesia y, de un vanidoso, un instrumento eficaz de salvación para los hombres. 

Alguien podría preguntarse: pero si todos sus miembros son pecadores, ¿dónde está esta Iglesia santa? ¿Está suspendida encima de nuestras cabezas a una distancia que le permite no ser alcanzada por el alboroto del mundo? ¿Vive con las esencias platónicas en el Hiperuranio? ¿o es que esta doctrina de la «Iglesia santa» es una fina artimaña clerical que libera al órgano eclesial de responder de sus fechorías, sin impedirle, cuando le conviene, declararse involucrado en las disputas mundanas? 

Hay que estar atento a este respecto para que, en el intento por evitar una eclesiología abstracta, utópica torpemente apologética, no acabemos por dejar de captar la originalidad y la riqueza del designio divino. La Iglesia no es sólo anuncio del reino: es anticipación real «in mysterio» del reino de Dios y de su santidad. La incomprensión de esta verdad ha llevado a algún teólogo, que estudiaba la Iglesia, a quedarse en una simple «sinagogología», en lugar de hacer eclesiología. 

La Iglesia, en su naturaleza profunda, es la humanidad verdaderamente tocada y transformada por la acción de Cristo. Y todo lo que proviene de Cristo o ha sido renovado verdaderamente por él es santo y santificante: nuestra vida de gracia, las virtudes sobrenaturales presentes en los corazones cristianos, los impulsos hacia el bien, junto con la palabra de Dios, las acciones sacramentales, las obras del magisterio y del gobierno pastoral pasan a formar parte, en la medida en que son fruto del Espíritu Santo y santificador, de la belleza verdadera y concreta de la Esposa del Señor. 

«Ex maculatis immaculata»: esta fórmula no es una invitación a la inacción, a no cambiar nada, a considerarlo todo perfecto. Al contrario, no hay nada más dinámico, más inquietante y tranquilizador a la vez. 

La conciencia de que no todo en mí ha entrado en el misterio de santidad de la Iglesia, y de que en mi mundo interior hay continentes enteros en los que la cruz aún no ha sido plantada, es un estímulo para no darme tregua en la obra de mi purificación. Esto es lo que fundamenta y suscita sin cesar mi afán ascético. 

«Sancta et semper purificanda», santa y siempre necesidad depurificación: la inquietud de esta labor de reforma eclesial no conoce pausa ni reservas. Lo que en la Iglesia no obra perfectamente la voluntad de Dios, lo que es ajeno a su verdadera naturaleza y heterogéneo en relación a sus fines, debe ser diariamente eliminado, precisamente porque es incompatible con su carácter de esposa sin mancha. 

Sicut luna 

5. Tomamos de Ambrosio una última reflexión, y es sobre la «lunicidad» de la Iglesia, un tema que le gusta mucho y que es frecuente en él. 

«Ecclesia sicut luna defectus habet et ortus frequentes…Fulget Ecclesia non suo sed Christi lumine, et splendorem sibi arcessit de sole iustitiae» (Hexamerón VI, 8,32). «La Iglesia, como la luna, tiene frecuentes desfallecimientos y frecuentes renacimientos […]. La Iglesia brilla no con su luz propia, sino con la de Cristo y toma su esplendor del Sol de justicia». 

«No con su luz propia»: no hay belleza alguna en la realidad eclesial que no sea reverberación del resplandor del Resucitado. Y no sólo en virtud de su origen, de la doctrina recibida y de su institución, sino precisamente por una conexión permanente, pues todo lo que hay de auténticamente eclesial se debe segundo a segundo a la irradiación de Cristo. 

La luna alumbra nuestras noches a veces de manera un rayo resplandeciente, pero en ella ni siquiera la luz de tiene un origen autónomo: todo se toma, todo se deriva. Así, en la Iglesia toda grandeza, toda santidad, toda salud es redimida; es decir, poseída no por si misma, sino como consecuencia del amor del Señor Jesús que, sin desfallecer, renueva a la humanidad, volviéndola a conformar consigo mismo. 

«La Iglesia brilla»: aunque sea indirecto, el brillo la Iglesia no es por ello menos real. Como la luna, también la Iglesia o aparece ante nosotros resplandeciente o no la vemos. Si no vemos su brillo, es señal de que aún no la hemos encontrado: probablemente sea porque nos empecinamos en mirar un espacio vacío del cielo. 

«Desfallecimientos y renacimientos»: la «lunicidad» de la Iglesia se manifiesta sobre todo en sus continuas oscilaciones de luminosidad ante nosotros. Como la luna, también ella está siempre «revestida de sol» de la misma manera, pero su claridad no se revela siempre igual ante nuestra mirada. Hay momentos en los que el brillo se vuelve tenue como el filo de un cuchillo y sirve apenas para indicar una presencia, y momentos en los que toda luz parece haber sido engullida por la noche: de vez en cuando se da un momento de tinieblas, aunque nunca llega la hora de su victoria definitiva. 

En la historia — y en la vida de las personas — hay días que parecen consumir progresivamente hasta su extinción todo pequeño resplandor eclesial. Pero nuestra esperanza sabe que después vuelve el brillo, crece y se vuelve aún más vivo y más hermoso. 

Hay momentos en que todo parece perdido: porque sin la luz del Resucitado, eclesialmente reverberada, no puedo ni siquiera vislumbrar al Padre, y sin la Iglesia hoy viva y operante también el Señor Jesús se hace una hipótesis lejana y poco probable. Pero hay momentos en los que todo se purifica y se reconquista, porque la fe, si no se pierde, sale fortalecida de todo ello y como si se nos hubiera dado de nuevo. 

De GIACOMO BIFFI, La multiforme sabiduría de Dios, Ejercicios espirituales con San Juan Pablo II, BAC Popular, 2015

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