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San Juan Pablo II

La libertad es un don inmenso, ¡sepamos usarlo!

«Para ser libres nos libertó Cristo» (Ga 5,1)

Prerrogativa de los hijos de Dios es, luego, la libertad: también esta es parte de su «herencia». Aquí se toca un tema al cual vosotros, jóvenes, sois particularmente sensibles, ya que se trata de un don inmenso que el Creador ha puesto en nuestras manos. Pero es un don que se debe usar bien. ¡Cuántas «formas falsas de libertad» conducen a la esclavitud!

En la encíclica «Redemptor hominis» he escrito a este propósito: «Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad…» (n. 12).

«Para ser libres nos libertó Cristo» (Ga 5, 1). La liberación traída por Cristo es una liberación del pecado, raíz de todas las esclavitudes humanas. Dice san Pablo: «Vosotros, que erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquel modelo de doctrina al que fuisteis entregados, y liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia” (Rm 6, 17). La libertad es, pues, un don y, al mismo tiempo, un deber fundamental de todo cristiano: “Pues vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos…» (Rm8, 15), exhorta el Apóstol.

Es importante y necesaria «la libertad exterior», garantizada por leyes civiles justas, y por esto con razón nos alegramos de que hoy aumente el número de los países donde se respetan los derechos fundamentales de la persona humana, aunque a veces el precio de esta libertad haya sido muy alto, a costa de grandes sacrificios e incluso de sangre. Pero la libertad exterior -aun siendo tan preciosa- por sí sola no basta. En sus raíces debe estar siempre la libertad interior, propia de los hijos de Dios que viven según el Espíritu (cf. Ga 5, 16), guiados por una recta conciencia moral, capaces de escoger el bien verdadero. “Donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2 Co 3, 17). Es este, queridos jóvenes, el único camino para construir una humanidad madura y digna de este nombre.

Ved, pues, cuán grande y comprometedora es «la herencia de los hijos de Dios», a la cual sois llamados. Acogedla con gratitud y responsabilidad. ¡No la malgastéis! Tened el coraje de vivirla cada día de modo coherente y anunciadla a los demás. Así el mundo llegará a ser, cada vez más, «la gran familia de los hijos de Dios».

San Juan Pablo II
A los Jóvenes, con ocasión de la VI Jornada Mundial de la Juventud, 15-08-1990, n. 5

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