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Padres del desierto

¿Por qué juzgas a tu hermano? (III)

Enseñanzas de los Padres sobre la crítica, la maledicencia y la calumnia

«Por tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen la llegada del Señor, él iluminará lo que está oculto en las tinieblas y pondrá al descubierto las intenciones del corazón. Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios» (1 Cor. 4, 5)

II. LOS PADRES COMBATEN LA MALEDICENCIA Y LA CRITICA

1. Los Padres prohíben la maledicencia y la crítica
2. El ejemplo de los Padres
3. La maledicencia y la crítica son pecados
4. La crítica y la maledicencia van contra la enseñanza cristiana

1. Los Padres prohíben la maledicencia y la crítica

Dedicar un capítulo entero a este tema, cuando ya todo el libro contiene el pensamiento de los Padres del Desierto contra la maledicencia y la crítica, puede dar la impresión de que hemos sido injustos con el argumento. Por eso, es necesario explicar que en este capítulo exa­minaremos sólo las opiniones de los Padres que tratan directamente el asunto, sin pretender agotarlo.

A. Los motivos de la prohibición

Las prohibiciones se refieren a temas muy dispares. Acerca del ayuno, Evagrio Póntico recomienda a una monja: «Si tu hermana come, no la desprecies. No te vanaglories de tu continencia».

Con el mismo espíritu, el Beato Simeón el Nuevo Teó­logo (+ 949) reprende a un monje de nombre Arsenio por­que criticaba a un hermano que estaba comiendo. En la Vida de este Beato, narrada por Nicetas Stethatos (+ 1090, aprox.), se lee: «Una vez el Beato fue visitado por algunos amigos. Uno de ellos tenía una enfermedad que le obliga­ba a comer carne de pequeños pichones. Simeón, lleno de amor, ordenó que cociesen algunos para que comiese el que tenía necesidad. Mientras el enfermo estaba comien­do, un monje de nombre Arsenio, sentado a la misma mesa, le miraba severamente. El Beato, dándose cuenta de ello, quiso enseñarle que hay que mirarse solamente a sí mismo y que nada de lo que se come puede ensuciar el alma si ésta está limpia. Quiso además demostrar a sus co­mensales el vértice de la humildad y dar a conocer que hay todavía hijos de Dios obedientes y verdaderos instru­mentos de virtud. Se dirigió a Arsenio y le dijo:

«Hermano, ¿por qué no te miras a ti mismo y comes con humildad, pendiente sólo de tu plato, en vez de obser­var al que come carne porque está enfermo, haciendo así fatigar a tu cerebro? ¿De verdad crees que le superas en devoción porque sólo comes verduras y semillas y no águi­las, pichones o perdices? ¿No has oído que Cristo dice: No es lo que entra por la boca lo que hace daño al hombre, sino lo que sale de él; es decir, el asesinato, la envidia, el vicio, el adulterio y la codicia? ¿No eres un ser racional, ca­paz de pensar con juicio? A pesar de todo, has criticado imprudentemente al que comía y has tenido pena de ani­males muertos, pero te has olvidado del que dijo: El que no coma, que no critique al que come. Por eso te digo que comas tú también de esos pichones. Y sabe que has pecado más con el pensamiento que si hubieses comido la carne».

«A continuación» -continúa el relato- «Simeón obligó a Arsenio a comer los pichones como signo de compunción, y el monje, consciente de que la obedien­cia es superior al ayuno, se arrepintió y comió con lá­grimas en los ojos.

«Cuando Simeón comprobó la humildad y obe­diencia de Arsenio, le ordenó que no tragase la carne que estaba todavía masticando, sino que la escupiese».

Otro ejemplo de prohibición es el que hacía Abbá Isaías (+ 488), que recomendaba no criticar a los demás, ni siquiera a los negligentes: «Si vives con humildad y te consideras indigno de todo, entonces Dios aceptará tus acciones. Pero si dices que los otros viven con negligen­cia, entonces todo tu esfuerzo será vano».

Algo parecido es lo que afirma Niceta Stethatos: «El alma está sucia no sólo cuando está llena de pensa­mientos impuros y de pasiones, sino también cuando una persona se jacta de sus propias acciones, se vana­gloria de sus virtudes personales y acusa a los hermanos de pereza y negligencia».

La prohibición de cualquier maledicencia contra un sacerdote es tajante. Anastasio el Sinaíta (+ finales del siglo VII) escribe: «Si te cuentan acciones ilícitas de un sacerdote, tú no critiques. No pienses que es un pe­cador porque continúe celebrando los Santos Misterios, ni que sea indigno, ni que la gracia divina no pueda al­canzarle …»

Con respecto a la prostitución, está escrito en los «Relatos de los ancianos»: «Un padre espiritual dijo que el que vive con sensatez no debe criticar a las prostitutas porque, si no, quebranta la Ley de la misma forma que ellas. En efecto, el que dijo no te prostituyas, también dijo no critiques».

Más ampliamente, Abbá Isaías recomienda: «Si vas a un lugar para estar solo o con otros que ya están allí y ves acciones impropias de un monje, no abras la boca para cri­ticar. Si no encuentras descanso, vete a otro lugar. Mantén tu lengua inmóvil y no reprendas: sería la muerte». Macario el Egipcio afirma: «Los cristianos han de luchar para no criticar a nadie: ni a la prostituta que pasa delante de ellos ni a los pecadores y ni siquiera a los que se han desviado del buen camino. Al contrario, han de ver a todos con una disposición benévola y con mirada limpia. Para que este comportamiento sea natu­ral y constante, el cristiano no debe despreciar a nadie, ni mirar al prójimo con aversión, ni hacer distinción de personas. Si ves a un ciego, considérale sano; si ves a un manco, como si no estuviese privado de habilidad. Mira al cojo como miras al hombre que camina bien, y consi­dera al paralítico lo mismo que al que está en perfecta forma. Tener pureza de espíritu es ver a los pecadores y enfermos y sentir por ellos simpatía y misericordia».

Antíoco del Monasterio de S. Saba exhorta, por úl­timo, a evitar la maledicencia incluso en relación con los más grandes pecadores: «Criticar y censurar no es asunto nuestro sino de Dios, el Gran juez, que es el único que conoce las almas y las debilidades de nuestra naturaleza. ¿Quién puede gloriarse de tener un alma pura? ¿Quién puede decir que está limpio de pecado? Así pues, no debemos condenar apresuradamente al que cae en el pecado o al que llega a la perfidia extrema».

Del mismo modo que no se debe calumniar tampo­co hay que criticar, incluso si se dice la verdad. El mismo Antíoco nos enseña: «No debes decir la más mínima cosa contra tu hermano ausente con intención de censurarlo, porque sería maledicencia hasta si dices la verdad».

B. Los Padres nos piden que tapemos los pecados ajenos

Evitar la maledicencia y la crítica también significa perdonar los pecados del prójimo. Además de no criti­car al hermano que ha caído en el error hay que impedir, siempre que se pueda, que los demás se den cuenta del pecado. De esta forma se ayuda al hermano y tam­bién se ayuda a los otros, al salvarles del posible peligro de caer en el pecado de maledicencia. La misericordia de Dios no podrá olvidar al que actúe de esta forma.

Cuando un monje preguntó a Abbá Pimen (+ 450, aprox.) si era necesario esconder el pecado del herma­no, el santo Padre le respondió: «Cada vez que tapamos el pecado del hermano, Dios tapa el nuestro».

Y Nilo de Ancira afirma: «Es justo no revelar los pecados de nuestros hermanos y, en cuanto sea posible, procede taparlos y aconsejar y mostrar nuestra simpatía a los que yerran».

Dos máximas de Isaac el Sirio sobre el mismo tema; la primera es: «Alégrate con los que se alegran y llora con los que lloran. Este es el signo de la pureza; estar enfermo con los enfermos y de luto con los peca­dores, alegrarse con los que se arrepienten, llegar a ser amigo de todos los hombres, no quedarse a solas con los propios sentimientos. Participa de las desgracias aje­nas, pero permanece con el cuerpo alejado de todos. No controles ni acuses a nadie por su comportamiento, aunque fuese la persona más malvada. Extiende tu túni­ca sobre el que ha pecado y, si no puedes cargarte con sus pecados para recibir en su lugar la vergüenza y el castigo, al menos sé paciente y no le desprecies».

La segunda máxima dice: «Tapa al que ha pecado. De esa forma él recibirá ánimo y tú obtendrás la miseri­cordia divina».

2. EL EJEMPLO DE LOS PADRES

A. Los Padres no criticaban ni censuraban

La primera y más válida razón contra la maledi­cencia y la crítica es el ejemplo de los Padres. He aquí algunas de sus sentencias y algún testimonio de sus vi­das.

Isaac el Sirio dice: «El hombre que vive en tran­quilidad y afabilidad no quiere criticar a nadie y sólo mira sus propios pecados en cada momento de su vida. El que ama la tranquilidad y la bondad no ve la paja en el ojo ajeno ..

Macario el Egipcio va más allá: «Con el signo de la Cruz, la gracia obra del siguiente modo: da paz a todos los miembros del cuerpo y al corazón, de forma que el alma, llena de alegría, se parece a un niño y no critica ni al griego ni al hebreo ni al pecador ni al mundano. El hombre espiritual mira a los demás con ojos puros y no se alegra únicamente de todo el mundo, sino que quiere amar también a griegos y hebreos».

Análogos son los pensamientos de Evagrio Póntico que, además, hace una distinción entre el justo y el perfecto: «Los justos no maldicen a ninguno y ni siquiera desprecian. Los perfectos estiman y bendicen a todos los hombres».

Y también: «Los justos distinguen entre buenos y malos y se entristecen por los segundos; los perfectos los consideran superiores a ellos mismos».

Sobre este mismo tema, Niceta Stethatos observa: «Cuando uno se esfuerza por aplicar los mandamientos, siente de repente una inmensa alegría que está por enci­ma de toda lógica. Es entonces como si dejase el peso del cuerpo y se olvidase de comer, de dormir y de todas las necesidades naturales. Cuando esto ocurre es porque Dios le ha visitado y le ha dado la vida bendita. La feli­cidad, que es el fruto de la humildad, tiene como trono la quietud y como objetivo final la Santa Trinidad: Dios. El que conquista esta ciudad fuerte no puede ser detenido por las cadenas de los sentidos, no ve las se­ducciones dé la vida, no distingue entre el piadoso y el impío. Del mismo modo que Dios hace llover y salir el sol sobre buenos y malos y sobre justos e injustos, así también extiende El sus rayos de amor para todos y lo único que le angustia es la imposibilidad de ayudar a todos como querría».

Se lee también casi lo mismo en sus «Capítulos prác­ticos»: «El que se ha acercado a la quietud (la vida ca­rente de pasiones) ve de una forma justa todo lo que atañe a Dios y a la naturaleza de los seres vivientes.

«Cuanto más puro es, tanto más consigue pasar de la belleza de las criaturas al Creador y recibir la luz del Espíritu. Como siente amor por todos, piensa siempre que son mejores que él. Ve a todos santos y puros y puede pensar rectamente tanto de las cosas divinas como de las humanas».

Muchos son los testimonios sacados de los relatos de las vidas de los Padres del Desierto. Del Beato Pi­men, que entró a la vida monástica a los quince años de edad, se cuenta: «Una vez Abbá Pimen fue visitado por algunos monjes que le preguntaron: ¿Podemos za­randear a nuestros hermanos cuando se adormilan du­rante las celebraciones santas? El Abbá respondió: Yo, hasta ahora, cuando he visto que un hermano se dor­mía he puesto su cabeza sobre mis rodillas y le he he­cho reposar».

En otra ocasión, algunos le preguntaron: «Si vemos pecar a un hermano ¿podemos hacérselo notar? El Abbá respondió: Cuando veo pecar a algún hermano, sigo adelante y no digo nada».

El tercer episodio que se cuenta del Beato Pimen es el siguiente: «Una vez, Paisio se peleó con un hermano, hasta el punto de que se hicieron sangre en la cabeza; el Beato los vio, pero no dijo nada. Pasó también por allí Abbá Anub, vio lo que había sucedido y preguntó a Pimen la razón de su indiferencia. El Padre respondió: Son hermanos: se reconciliarán enseguida. Anub le vol­vió a preguntar: ¿Cómo puedes saber eso? ¿No has visto lo que han hecho y dices que se reconciliarán? Abbá Pi­men respondió: Entonces es mejor que pienses que yo no estaba presente».

De Abbá Pimen se cuenta también lo siguiente: «El presbítero de un monasterio de Pilusín supo que algu­nos monjes -unos once- iban a la ciudad, frecuenta­ban los baños públicos y no respetaban sus principios espirituales. Un día, durante la reunión ordinaria, les quitó las túnicas monásticas. Pero se llenó enseguida de remordimientos. Con aspecto afligido y llevando las tú­nicas de los monjes se dirigió al Abbá Pimen para contarle lo ocurrido. Una vez hubo oído lo que le contó, el gran asceta le preguntó: “Dime, ¿acaso no ha quedado en ti algo del hombre viejo que no hayas arrojado aún?” El presbítero tuvo que admitir: “Sí; todavía ad­vierto en mí al hombre viejo” El Abbá respondió: “Tú también eres como esos monjes. Al tener en ti la vieja naturaleza no te has librado del pecado”. El presbítero volvió al monasterio y reunió nuevamente a los monjes: les pidió perdón, les devolvió las túnicas y les dejó irse».

Un último episodio de la vida de Abbá Pimen es el siguiente: «Un monje pecó gravemente y un hermano contó su error a un eremita que vivía por allí y que nunca había salido de su celda. El eremita le aconsejó que expulsara al monje pecador, cosa que cumplió dili­gentemente. Sin embargo, el monje que había juzgado se llenó de desesperación, lloró y se metía en una fosa profunda. Algunos monjes que pasaban por allí a visitar al Abbá Pimen le oyeron, descendieron a la fosa y, al encontrarle llorando desesperado, le rogaron que fuese con ellos donde el Abbá. El infeliz se opuso y gritaba que iba a morir pronto a causa del pecado cometido. El Abbá, informado de todo lo sucedido, pidió a los mon­jes que volviesen a la fosa y convenciesen al monje para que saliera, diciéndole que el Abbá Pimen era quien le buscaba. Cuando le trajeron, el Abbá le acogió con gran bondad y le invitó a comer con él. Mandó tam­bién que un discípulo fuese donde el eremita que había sugerido la expulsión del monje pecador, para que vi­niese lo más pronto posible. Aunque este eremita no ha­bía salido de su celda durante muchos años, al oír la in­vitación la consideró como voluntad de Dios y fue donde el Abbá Pimen. Este, al verle, le dijo: «Había una vez dos hombres y ambos tenían un muerto al que llorar, pero cada uno fue a llorar al muerto del otro”. Al oír estas palabras, el eremita, lleno de remordimien­to, se acordó de lo que había hecho y dijo: “Pimen, tú estás arriba, en el cielo, y yo en la tierra”.»

En los mismos «Relatos de los Ancianos» encontramos un episodio que se refiere a un asceta cuyo nombre ig­noramos: «Uno de los Padres, al ver a un hombre que había pecado, lloró amargamente y dijo: “Hoy él, ma­ñana yo”.»

Se cuenta del Abbá Juan el Persa: «Vino una vez un muchacho endemoniado a un monasterio de Egipto. El monje Juan, al ver a un hermano pecar con el mu­chacho, no hizo ninguna observación y se dijo a sí mis­mo: “Si Dios, que les ha creado, les ve y no les quema, ¿quién soy yo para reprenderles?”.»

He aquí otra anécdota, hasta ahora inédita, y muy instructiva, sacada del libro de Abbá Moisés: «Un her­mano pecó con el pensamiento. Más tarde, durante la reunión de los monjes, y para solventar este caso, se hizo llamar a Abbá Moisés; pero él rehusó ir. Entonces el presbítero mandó a decirle: “Ven, el pueblo te espe­ra”. El asceta tomó una cesta, la llenó de arena y se fue al lugar de la reunión. A los que se acercaban a salu­darle y le preguntaban el sentido de tal gesto, él les res­pondió: “Mis pecados se escurren detrás de mí como arena y no los veo, ¿qué vengo a hacer aquí a criticar los pecados ajenos?” Los hermanos, al escuchar estas palabras, no reprendieron al pecador y le perdonaron».

De Abbá Ammón se cuenta el siguiente hecho: «El asceta era tan bueno que no tenía en cuenta la maldad. Elegido obispo, le presentaron una muchacha soltera que estaba embarazada, y le pidieron que les impusie­ran a ella y al culpable las Penitencias que se merecían.

El Abbá trazó entonces el signo de la cruz sobre el vientre de la joven y ordenó que le dieran diez pares de sábanas. Cuando le preguntaran la razón de hacer aquello, respondió: “He ordenado que le diesen ese re­galo porque temo que pueda morir durante el parto junto con el niño, y no tenga nada para el funeral”. Pero los que acusaban a la muchacha replicaron: “¿Por qué lo has hecho? Tienes que imponerle una penitencia”. El Abbá respondió: “¿No sois capaces de ver, hermanos míos, lo cercana que está la muerte? ¿Qué queréis que haga?” Impresionados por estas santas palabras, dejaron marchar a la muchacha.»

El último relato, también inédito, está sacado de la Vida de Macario el Egipcio: «Se cuenta que Abbá Ma­cario permaneció durante treinta años encerrado en su celda. Durante todo este tiempo, un sacerdote iba a su celda a celebrar la divina liturgia. El demonio, para molestar al asceta, aprovechó la oportunidad de visitarle por medio de un poseso que, dirigiéndose a Abbá Ma­cario, le dijo: “El sacerdote que viene aquí es un peca­dor y no debes permitir más que celebre”. El Abbá le respondió: “Hijo mío, está escrito: No juzguéis y no se­réis juzgados. Si el sacerdote es un pecador, Dios le perdonará. Yo, personalmente, soy más pecador que él”. Después de haber dicho esto, se puso a rezar y li­bró al poseído del demonio. Cuando el sacerdote volvió, fue acogido con la alegría de siempre y Dios, viendo la bondad del Abbá, le quiso animar con un signo. En el momento en que el sacerdote se acercó al altar, Abbá Macario, como él mismo contó después, vio a un ángel descender del cielo y poner la mano sobre la cabeza del celebrante, que se transformó en una columna de fuego ante las santas ofrendas. Mientras el Beato Macario estaba absorto en esta visión, oyó una voz que le dijo: “Hombre, ¿por qué te sorprendes? Si un soberano del mundo no permite que los súbditos se presenten ante él con vestidos sucios, ¡cuánto más la Divina Potencia no tolerará que los celebrantes de los santos misterios estén sucios frente a la gloria celeste! Has sido digno de con­templar esto, porque no has criticado al sacerdote”.» De Abbá Macario solía decirse: «No ve lo que ve y no oye lo que oye».

B. Los Padres escondían los pecados del prójimo

El párrafo precedente terminaba con un dicho so­bre Macario el Egipcio. Más adelante podemos leer: «Se dice que el Abbá Macario se había convertido en un ser divino-humano: como Dios cubre el mundo, así el Abbá cubre los defectos de los otros».

Sobre Abbá Ammón se cuenta esta anécdota: «Una vez el Abbá se detuvo en un lugar para comer. Cerca de allí vivía un monje que tenía mala fama. En aquel momento llegó la mujer que tenía relaciones con aquel monje. Los habitantes del lugar, cuando supieron de es­tas visitas, se reunieron para expulsar al monje y pidie­ron al Abbá Ammón que interviniese. El monje peca­dor, al saber lo que iba a ocurrir, escondió a la mujer bajo un gran barril. Cuando llegó el grupo de gente con Ammón, éste se dio cuenta de la acción del monje y, por amor de Dios, ocultó el hecho: se sentó encima del barril y ordenó a la gente que buscasen a la mujer por todas partes. Naturalmente no pudieron encontrarla y el gran asceta les increpó: “¿Qué habéis hecho? ¡Dios os perdone!” Y los echó fuera. Cuando se quedó a solas con el monje, tomó su mano entre las suyas y le dijo: “Cuídate de ti mismo, hermano.” Y se fue».

Merece la pena mencionar el comentario que el Beato Doroteo de Gaza hace de este episodio: «¿Habéis Visto lo que hizo Abbá Ammón cuando fueron a él para mostrarle una mujer oculta en la celda de un mon­je? ¿Habéis visto cuánta piedad demostró y cuánto amor tuvo aquella santa alma? Como había comprendi­do que la mujer estaba escondida debajo del barril, se sentó encima y ordenó a los otros que buscasen por otros lugares. Ya que no lograron encontrar a la mujer, les dijo: “¡Dios os perdone!”, y así les hizo avergonzarse y les enseñó a no juzgar jamás al prójimo. Al mismo tiempo dió una lección al monje, al decirle: “¡Cuídate de ti mismo, hermano!”, porque le hizo sentir vergüen­za y piedad. La filantropía y el amor del Padre espiri­tual fueron las que obraron en el alma de aquel herma­no».

3. LA MALEDICENCIA Y LA CRITICA SON PECADOS

A. La enseñanza de los Padres

La opinión de los Padres del Desierto es unánime: la maledicencia y la crítica son obras del demonio. La frase de Juan Clímaco es ejemplar: «Los demonios se esfuer­zan por todos los medios para hacernos pecar. Cuando no lo consiguen, nos obligan a criticar y así pecamos». Obras del demonio las llama también Isaac el Si­rio, y el Beato Antíoco del Monasterio de S. Saba ca­racteriza la maledicencia como «demonio desordenado, inquieto, deseoso de habitar donde hay discordias».

No existe ninguna duda sobre el hecho de que la maledicencia y la crítica ensucian el alma y provocan daños, no solamente al que critica sino también al que es criticado. El que critica peca dos veces. Esto es lo que dice al respecto el Beato Antíoco: «El que critica se hace daño a sí mismo y daña a los que le escuchan. Con la maledicencia quiere crear confusión en los otros y les hace partícipes de su propia insensatez. Al actuar así, comete un doble pecado y es responsable tanto de sí mismo como de los que creen en sus palabras».

El Beato Talasio expresa las mismas ideas: «El alma del que critica tiene una lengua malvada: se hace daño a sí misma, al que le escucha y, algunas veces, a aquel que es criticado».

La expresión «algunas veces» que usa el Beato, nos deja la posibilidad de pensar que no siempre se daña al que es criticado.

El Beato Antíoco afirma, por ejemplo, que es útil ser criticado: «Los que nosotros criticamos se vuelven más ligeros».

Otros creen firmemente que cuando se critica se hace daño al prójimo, y Juan Clímaco sostiene que «con la maledicencia no se corrige al hombre».

En resumen, el problema no se puede resolver, pues pertenece al espacio secreto del alma, pero cree­mos que el Beato Talasio es el que ha hablado con ma­yor exactitud.

Los autores citados han hecho decir a Doroteo de Gaza que la crítica y la maledicencia están dentro de los pecados más graves: «¿Has visto lo grave que es el pecado de criticar al prójimo? ¿Existe otro más grave? No existe otro no tolerado por Dios, como han dicho los Padres».

Y más adelante: «Nada provoca la cólera de Dios … como la crítica y la humillación del prójimo».

Lo mismo repite también el Beato Antíoco del Mo­nasterio de S. Saba, cuando escribe: «la maledicencia es el peor de los pecados».

Sobre este pecado, los Padres dicen que la culpa pesa no solamente sobre el que calumnia, sino también sobre aquél que escucha al que calumnia».

El Beato Antíoco observa: «La acción más justa es la de no criticar a nadie y no escuchar con placer al que critica. De lo contrario, el que escucha se hace tan culpable como el que habla».

Para Basilio el Grande «el que critica, o el que es­cucha al que critica y lo tolera, son dignos de excomu­nión».

B. Consecuencias de los pecados, según los Padres

La crítica y la maledicencia, en cuanto pecados, no quedan sin consecuencias; la primera es el abandono de Dios. Abbá Isaías dice que quien critica, acusa y envile­ce al hermano «se aparta él mismo de la misericordia que gozan los santos».

Doroteo de Gaza enseña que «no hay otra cosa que desnude al hombre, y le lleve al abandono de Dios, como la crítica y la calumnia o la humillación del her­mano».

Otro tanto enseña Niceta Stethatos: «El abandono de Dios tiene sus causas en la vanidad, en la maledicencia hacia el prójimo y en el gloriarse de las propias virtudes».

Más adelante añade que tal abandono tiene como consecuencia la caída: «No te debe extrañar a ti, que si­gues una vida dura y difícil, el hecho de que, cuando te sientes abandonado de Dios, caigas en un pecado de carne, de lengua o de pensamiento. Tuyo es el pecado y en ti está la causa. Efectivamente, si no hubieses pensa­do sólo en ti mismo, lleno de orgullo y de crítica hacia los demás, no habrías sido abandonado al justo castigo de Dios».

La crítica y la maledicencia, frutos de la caída en el pecado, son, como dicen los Padres, «muerte», «muerte del alma».

Abbá Isaías decía al respecto: «En esta generación no existe nada que provoque tanto la predicción de los monjes como la crítica o la maledicencia de unos con otros».

Y aquél que usa tales armas no sólo «destruye su propia alma», sino que se convierte en un nuevo «anti­cristo».

En tales condiciones, todo ejercicio espiritual es vano. El monje que, en el ejercicio de sus obligaciones, se acuerda de las debilidades de sus hermanos, nos dice Abbá Isaías, hace un esfuerzo «carente de frutos».

Y en otra parte afirma: «El juzgar al prójimo hace inútiles las fatigas espirituales y destruye los buenos fru­tos del alma».

Lo mismo ocurre con la penitencia, y sobre este particular afirma Abbá Isaías: «La humildad no tiene lengua para calumniar a nadie o para hablar con des­precio. El humilde no tiene ojos para observar los de­fectos del otro, ni oídos para escuchar lo que no es útil para el alma; ni tiene como fin contestar a nadie. No se preocupa de otra cosa más que de pensar en sus pro­pios pecados. Es pacífico con todos los hombres, de acuerdo con los mandamientos del Señor, y no sólo por motivos de amistad humana. Incluso el que ayuna o come una vez a la semana, o practica enormes ejerci­cios espirituales, si actúa de forma calumniosa consigue que sus fatigas sean inútiles».

Elías Voulgarakis, ¿Por qué juzgas a tu hermano?, Ed. Desclée de Brower, 1991.

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