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Padres del desierto

¿Por qué juzgas a tu hermano? (I)

Enseñanzas de los Padres sobre la crítica, la maledicencia y la calumnia

«Por tanto, no juzguen antes de tiempo; esperen la llegada del Señor, él iluminará lo que está oculto en las tinieblas y pondrá al descubierto las intenciones del corazón. Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios» (1 Cor. 4, 5)

INTRODUCCIÓN

«Los hombres han cesado de llorar por sus propios pecados y se han apropiado del juicio que pertenece al Hijo de Dios. Como si estuviesen libres de pecado, se critican mutuamente y, por este motivo, son condena­dos. El cielo está estupefacto y la tierra irritada. Los hombres, sin embargo, son tan insensibles que ni siquie­ra se avergüenzan». Así es como Máximo el Confesor (+ 662) juzgaba a su propia época.

La misma observación había sido hecha un siglo antes por Doroteo de Gaza (+ 570, aprox.): «Nosotros, los miserables, criticamos cualquier cosa que oímos, ve­mos o suponemos, y humillamos a todos sin distinción. Y lo que es peor: no sólo no nos limitamos a hacernos daño a nosotros mismos, sino que vamos más allá y, cuando encontramos a otro hermano, nos apresuramos a ponerle al corriente de esto y aquello. De forma que, además de a nosotros mismos, hacemos mal a los otros, porque metemos el pecado en su corazón. No tememos a Aquél que dijo: “¡Ay del que da a beber a sus veci­nos, añadiendo veneno hasta embriagarlos, para mirar su desnudez” (Hab 2, 15), sino que seguimos las obras del diablo sin ninguna preocupación. ¿Es que acaso el demonio tiene otro objetivo que no sea el hacer el mal y perturbar? Igualmente nosotros, con nuestra forma de actuar, nos convertimos en cómplices del diablo, no sólo para condena nuestra, sino también para la de nuestro prójimo. El que daña su alma se convierte en cómplice del demonio».

Aún se podrían citar muchos otros reproches de los antiguos Padres hacia los hombres de cada época, pero sería superfluo. Todos sabemos que la crítica es una hierba mala que continuamente crece con vigor en el campo de nuestra alma. Por otra parte, el hecho de que tantos hombres antes de nosotros hayan caído en el error de la maledicencia, no puede servirnos de consola­ción, ya que el pecado de los otros no ha de ser excusa para nuestros errores.

Quien se comportase de ese modo vería el pecado como algo positivo y no como algo nocivo.

Sin embargo, creer que el pecado es realmente la causa del mal lleva a desinteresarse de lo que hacen los demás y a no pensar en poderse excusar.

La única cosa que se convierte en importante es cómo librarse del pecado.

Es interesante la observación de Juan Clímaco (+ 649): «He visto a algunos caer en pecados que no se descu­brirán jamás. Pero tienen la desfachatez, con una valo­ración aparente de sí mismos, de inmiscuirse entre los que han errado en cosas pequeñas, para contarlas des­pués».

Elías Voulgarakis, ¿Por qué juzgas a tu hermano?, Ed. Desclée de Brower, 1991.

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