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Cardenal Eduardo Pironio Ignacio Larrañaga Música Santa Isabel de la Trinidad

La Virgen conservaba todas estas cosas en su corazón

«Lo importante no era entender, sino el entregarse. “Padre mío, en tus brazos deposito a mi querido Hijo”. Fue el holocausto perfecto, la oblación total» (P. Ignacio Larrañaga, El silencio de María).

«La Virgen conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 19 y 51): toda su historia puede resumirse en estas pocas palabras. Fue en su corazón donde ella vivió, y con tal profundidad que no la puede seguir ninguna mirada humana… Como la de Él, su oración fue siempre “Ecce, ¡heme aquí!” ¿Quién? “La sierva del Señor” (Lc 1, 38), la última de sus criaturas. Ella, ¡su madre! Ella fue tan verdadera en su humildad porque siempre estuvo olvidada, ignorante, libre de sí misma. Una vez más fue en su corazón donde la espada la traspasó (Lc 2, 35), porque en Ella todo se realiza por dentro. (…)

Qué hermoso es contemplar a la Reina de los mártires durante su largo martirio, tan serena, envuelta en una especie de majestad que manifiesta juntamente la fortaleza y la dulzura… es que Ella había aprendido del Verbo mismo cómo deben sufrir los que el Padre ha escogido como víctimas, los que ha determinado asociar a la gran obra de la redención, los que Él ha conocido y predestinado a ser conformes a su Cristo (Rm 8, 29), crucificado por amor. Ella está allí al pie de la cruz, de pie, llena de fortaleza y de valor, y he aquí que mi Maestro me dice: Ecce Mater tua (Jn 19, 27), Él me la da por Madre… Y ahora que Él ha vuelto al Padre, que Él me ha colocado en su lugar sobre la cruz para que yo sufra en mi cuerpo lo que falta a la pasión por su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24), la Virgen está todavía allí, para enseñarme a sufrir como Él, para decirme y hacerme escuchar estos últimos cantos de su alma que nadie, fuera de Ella, su Madre, ha sabido percibir»

Santa Isabel de la Trinidad
Últimos Ejercicios.

Señora de la Pascua y de todas las partidas

Señora de la Pascua: Señora de la Cruz y de la Esperanza. Señora del viernes y el domingo, Señora de la noche y la mañana, Señora de todos los caminos, porque eres Señora del Tránsito, de la Pascua.

Escúchanos. Hoy queremos decirte: “muchas gracias”. Muchas gracias señora por tu Fiat, por tu completa fidelidad de esclava, por tu pobreza y tu silencio. Por tu gozo de tus siete espadas. Por el dolor de todos los caminos, que fueron dando la paz a tantas almas. Por haberte quedado con nosotros más allá del tiempo y la distancia.

Tú conoces el dolor de la partida, porque tu vida fue siempre despedida. Por eso fuiste feliz y fue fecunda tu vida.

Todo fue por haber creído (Lc 1,45). Porque le dijiste al Señor que Sí, en aquel mediodía de los tiempos. Apenas el Señor bajó a tu pobreza, comenzaron tus partidas. “El ángel se alejó” y te fuiste –sin demora a una montaña de Judá– Allí hiciste felices a Isabel, tu prima y al niño que llevaba en sus entrañas. Cumplida su tarea, regresaste sencillamente a tu casa.

Otro día (o una noche) cuando esperabas en tu silencio de Nazareth, te llegó otra orden de partida: a Belén de Judá, la ciudad de David, porque allí en la casa del Pan, había de nacer el Niño. Tu partida costosa fue el preanuncio de la salvación que ya llegaba con la primera Nochebuena de los siglos.

Una noche, inesperadamente, el Angel del Señor habló a su esposo, y “José se levantó, tomo al Niño y a su madre, y se fue a Egipto” (Mt 2,13-14).

Fue la tercera vez que pedían tu partida.

Más tarde, cuando ya te habías acostumbrado a lo provisorio del destierro, otra vez el Angel del Señor habló a José y le dijo: “Levántate, toma al Niño y a su madre y regresa a la tierra de Israel” (Mt 2,20).

Tu vida estaba señalada por las despedidas.

Otra vez, cuando el Niño era ya grande y tú le habías enseñado a orar, se te quedó misteriosamente en el Templo. Ahora era El que partía.

¿Por qué me buscabais?¿No sabían que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre? Y tú no entendiste el sentido total de la partida.

Después en Caná de Galilea, cuando se manifestó el Señor en el primero de sus signos, por hacer bien a los demás, tu te olvidaste de ti misma y le pediste que adelantara la “hora” de su partida. Y El partió a llevar la Buena Noticia a los pobres, “anunciar a los cautivos la liberación, y a los ciegos la vista, a dar la libertad a los oprimidos” (Lc 4,18).

Mientras tanto, Tú lo acompañabas desde cerca y desde dentro, rumiando en tu corazón la Palabra que El iba diciendo.

Hasta que llegó la tarde de un viernes en Jerusalén. Era la hora de la Pascua y la partida. La noche antes, en el Cenáculo, El celebró la cena de despedida. Era también la cena de la amistad y la presencia, de la comunión y del encuentro.

Amarrados por los hombres a los brazos de la cruz, El se descolgó para subir al Padre, Tú mirabas abajo y desde cerca, serena, fuerte.

El corazón de la cruz era el punto inicial de su partida. Y también de su regreso. “Me voy y volveré a vosotros”. Mezcla extraña de gozo y de tristeza. “También vosotros estás tristes, pero yo os volveré a ver y tendréis una alegría que nadie podrá quitar”(Jn 16,22).

Señora del Silencio y de la Cruz. Señora del Amor y de la Entrega. Señora de la Palabra recibida y de la palabra empeñada. Señora de la paz y de la esperanza. Señora de todos los que parten, porque eres la Señora del camino, de la Pascua.

También nosotros hemos celebrado ahora la Cena de despedida. Hemos comido contigo el Cuerpo del Señor Hemos compartido juntos el pan de la amistad y la unión fraterna. Nos sentimos fuertes y felices. Al mismo tiempo débiles y tristes. Pero nuestra tristeza se convertirá en gozo y nuestro gozo será pleno y nadie nos lo podrá quitar.

Enséñanos, María, la gratitud y el gozo de todas las partidas. Enséñanos a decir siempre que Sí con toda el alma. Entra en la pequeñez de nuestro corazón y pronúncialo tu misma por nosotros.

Sé el camino de los que parten y la serenidad de los que quedan. Acompáñanos siempre mientras vamos peregrinando juntos hacia el Padre.

Enséñanos que esta vida es siempre una partida. Siempre un desprendimiento y una ofrenda, siempre un tránsito y una Pascua. Hasta que llegue el Tránsito definitivo, la Pascua consumada.

Entonces, comprenderemos que para vivir hace falta morir, que para encontrarse plenamente en el Señor hace falta despedirse. Y que es necesario pasar por muchas cosas para poder entrar en la gloria.

Señora de la Pascua: en las dos puntas de nuestro camino, tus dos palabras: fiat y magnificat. Que aprendamos que la vida es siempre “Sí” y un “Muchas gracias”.

Amén. Así sea.

Cardenal Eduardo F. Pironio

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