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P. Diego de Jesús Pascua

El Divino Tajo

Hay una línea, un verso bellísimo (muy anterior a san Ignacio, valga aclarar) que alude a ser escondido —así, en voz pasiva; no a los pechazos propios sino por ingenio y fuerza ajenos— dentro de las Llagas del Señor Resucitado.
Una genialidad lírica y mística.

Una imagen bien concreta, pero a la vez, imposible de imaginar: ser escondido, hallar escondite, caber con toda nuestra voluminosa humanidad, ahí, en esa grieta, en esa hendidura de la Roca, en esa apertura del Cuerpo glorioso del Señor. Para allí vivir, movernos y existir. Escondidos con Dios en Cristo.

El verso reza literalmente así: intra tua vúlnera, abscóndeme. (Lo anoto con las tildes para que no se pierdan el doble esdrújulo).

Para los familiarizados con la oración continua y su pulsado y letánico ritmo, es esta fórmula una feliz alternativa. Vale en castellano, como se suele conocer más, por aquella oración post comunión: «dentro de tus llagas, escóndeme». Pero permítanme alentarlos a saborear su versión original. Libres de fobias y de idolatrías latinistas, tan sólo para paladear su melodiosa cadencia:

íntra túa vúlnera abscóndeme

Es un susurro. Es frágil pero a la vez, tiene estructura, está bien vertebrado; no es una dicción fláccida llena de diptongos. No. Y a su vez, es perfumosa y redonda.
Demorado un rato en el paladar, cada fonema empieza a destilar sus sabores secundarios y terciarios.
Y entonces el «intra» alude a interioridad, a profundidades, a honduras sin fondo.
Y el «túa» se esmera en apropiarse de un Rostro y una identidad. Tiene el mordiente con que fijar, «hipostasiar», las heridas en la Persona Única de Cristo. No son cualquier heridas, ni son las heridas de cualquiera: son las tuyas, Señor; ¡las tuyas!
Y el melodioso «vúlnera» carece por completo de la sordidez de una pustulosa infección. Son heridas limpias y cristalinas; y sangrantes. Mas no son tan sólo llagas. Es todo aquello herido y sufrido que hay en Cristo. Es todo el Cristo vulnerado. Como si le dijese: escóndeme en Tu dolor… Llévame por los adentros más adentros de tu vulnerable Corazón muy lastimado. Por los adentros de ese Pecho del amor muy lastimado…

Pero la frase hace cumbre con ese esdrújulo «abscóndeme”». Dulce y feroz rebencazo. Es un clamor, una herida y gemida súplica. Que como todo lamento, sabe por momentos a reclamo e improperio: no me dejes más afuera; que soy yo ahora el que cubierto de rocío, gimo a tu puerta —a la puerta de tus Llagas— pidiendo refugio. Escóndeme en Ti; escóndete en mí. No me digas: mañana, para volvérmelo a decir mañana.

Una herida clama a la Herida con voz de gemido, diría el salmista.

Las yemas de mis dedos van pioneras. Ellos ciegos son, mas saben conocer al tacto. Y saben abrirse paso. No cierran su mano en un puño. El puño no conoce. La mano abierta y estirada sí. Acariciar y leer son sinónimos para el ciego.

Como el largo dedo del Bautista señala a Cristo, al Cordero de Dios, de modo semejante, el dedo de Tomás es precursor, es adelantado, es punta de lanza que le abre huella a los demás sentidos y demás potencias y al yo mismo, que van ingresando alineados detrás del dedo precursor como en procesión litúrgica.

Que mi ciego tacto, Señor y Dios mío,
invitado por Ti a avanzar hacia las honduras
de tu apertura,
de tu divina hendidura,
intente el secreto deletreo de tu Amor extremo.
Tu luminoso tajo da a una voraz inmensidad;
la puerta estrecha de tu Costado
-como algún armario diera a Narnia-
abre a la vasta y vertiginosa infinitud del Todo.

La legendaria escena de un sótano de la calle Garay no dista tanto de esta otra, gemela, en la casona de Jerusalén. Tomás el Mellizo, en pasmo severo, balbucea un azorado ¡Señor mío y Dios mío! Borges, en parecido trance, lo verbalizará así: “sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto eso secreto cuyo nombre usurpan los hombres…”. El bendito multa in parvo.

Felices más bien nosotros, que cada día aumentamos nuestra Fe acariciando el Misterio por las rugosas entrañas mismas del Pecho del amor muy lastimado. Felices más bien nosotros invitados y movidos a ser por Él mismo escondidos en la Roca hendida, mi Refugio y mi Baluarte, la recámara del Rey herido, el anchuroso Paraíso recobrado, donde racimos y nieves, tigres y bisontes son míos… pues en esa vertiginosa vastedad, míos son sus cielos y mía su tierra, las gentes, los ángeles y la Madre de Dios y todas las cosas. Pues allí, en ese divino Tajo, el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí.

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