En el bautismo el Hombre Nuevo nacido de lo alto queda establecido definitivamente en su condición espiritual permanente e inalienable, a imagen de su Creador. En cambio, la eucaristía es el sacramento de la renovación perpetua, día tras día, del Hombre Nuevo. A medida y en el grado en que el hombre viejo va disminuyendo en nosotros, el nuevo se renueva y se transforma a imagen de su Creador, de gloria en gloria, como corresponde a la acción del Señor, que es Espíritu (cf. 2Cor 3, 18). Esto se realiza en nosotros cada vez que comemos el Cuerpo de Cristo y bebemos su sangre, y renovamos nuestra comunión mística con él para dejarnos conducir por el Espíritu Santo.

Matta el Meskin, Tenéis que renacer de lo alto. La nueva creación del hombre, Cap. 5

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