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La altura celeste, el alto cielo, recibe tildes rosadas, trazos, líneas moradas y turquesas. Es la primavera en Jerusalén. Se esconde el sol. Otro día se marcha. Llegan las habituales sombras. Se encienden las conversaciones en cada hogar… Y los Apóstoles, reunidos en la Sala, comentan en voz baja lo sucedido. Buscan ilustrar los acontecimientos. Hay temor en ellos. Han trancado las puertas, y nadie presiente siquiera lo que sucederá… Algún pájaro busca su nido en el tejado. Ya nadie camina las calles. El silencio va dominándolo todo. Allende las murallas el campo guarda a sus criaturas. Cae la tarde. Aparece Jesús.

Jesús trae la paz. Saluda con la paz. La hace brotar de él. Así, se presenta. Y así, enseña a sus discípulos: «Cuando entren en una casa saluden con la paz…». La paz será también uno de los frutos del Espíritu Santo. El Espíritu Santo del que les hablara en la última Cena, el otro Abogado, el que él mismo les enviará desde el Padre, en su condición de Señor de señores y Rey de reyes, dominador magnífico, Resucitado, y exaltado por encima de los ángeles. La paz de Dios nos viene por él.

Las puertas cerradas no cierran el paso a Cristo, ni al Espíritu. El temor es disipado por la presencia de Cristo, y por el aliento del Paráclito. Lo que suscita Cristo en aquel atardecer es lo que el Espíritu Santo disemina en la Iglesia. Lo que da a los corazones. «Tomará de lo mío y se los dará», dice Jesús.

El Espíritu Santo viene a colmar de la Vida de Dios… Se presenta silente y amable, conductor y santificador, pacificador y elevador de nuestras vidas. El Evangelio dice: «Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús».

Llegó. Es el Resucitado. De él te habla en tu corazón el Espíritu Santo. Él te mueve a anunciarlo: «Nadie puede decir Jesucristo es el Señor, si el Espíritu Santo no está en él», afirma el Apóstol.

Este Ruah realiza en el tiempo la obra de Cristo, la continua en y a través de la Iglesia, su Cuerpo. Y, así, extiende el Reino, siembra dones y carismas, regala frutos, y favorece la glorificación de Dios y la salvación de los hombres.

Así, como Cristo Resucitado se aparece, el Espíritu Santo se manifiesta a los fieles de todas las razas, lenguas y pueblos. Hace la unidad. Trae la paz santa.

«Y poniéndose en medio de ellos, Jesús les dijo: ¡La paz esté con ustedes!». Del mismo modo, todos los bienes de Dios los planta el Paráclito en los creyentes a lo largo de la historia. Y Pentecostés fue la primera efusión, cuando la comunidad apostólica, reunida en oración con María Santísima, se vio sacudida por la fuerza venida de lo Alto, y se movió en anuncio y expansión eclesial.

Escuchábamos cómo en aquel Cenáculo, Cristo realiza un gesto al aparecerse. Muestra sus marcas. Lo mostrado hace de signo. Revela una identidad: La de Cristo-Amor. La de su Amor extremo: Olvido de sí. Donación de Sí mismo. Cruz santa. Manos y costado abiertos donde podamos entrar, cobijarnos, ampararnos, como redimidos suyos e hijos de la Resurrección.

¿Quién como Dios? Magnífica conquista la de Cristo. Peleó con la muerte, y, ahora, dispone del Espíritu, para derramarlo en efusión viva sobre las almas.

Sin esas llagas, sin ese precio, no habría gracia en el hombre. No habría vida de Dios, ni manantial de agua viva saltando, fluyendo y transformando hasta la vida eterna. Y, por eso, les mostró sus manos y su costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Esa es la alegría de la fe. La alegría que en nosotros surge cuando advertimos el paso del Soplo Viviente, cuando reconocemos el Amor de Dios elevándonos hacia deseos celestiales, o alumbrando penas, o sanado tinieblas, o corriendo demonios.

La Iglesia celebra Pentecostés. Cincuenta días después de la Pascua recibimos un caudal de Gracia que nos anima y renueva. Llega el Paráclito y hace su obra. Y, a su vez, más allá de nuestra liturgia solemne, en cualquier momento el Espíritu puede regalar un «Pentecostés» en el alma. Un paso del viento abrasador, del Ruah que te abre universalmente a todos los hombres en sabiduría y amor. Él llega, también, como silente movimiento de santo temor, sacralidad, adoración, alabanza, piedad, fortaleza o gloria. O como lenguas de fuego para que brillemos en la fe… Dones, frutos y carismas… Tantas comunidades necesitan la Gracia renovadora del Espíritu Santo… Nosotros también. Nos falta más amor, menos murmuración. Más elegancia espiritual, menos codicia de las cosas de la tierra. Más entrega, menos reclusión en la autojustificación. Más humildad…

«Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen…». También la paz pende del perdón. Aceptar el perdón de Jesús es una tarea. Y aceptar el mandato de perdonar otra. Y buscar el perdón sacramental es necesario. Así, revivimos por la fuerza del Espíritu. El Paráclito sana y libera con el perdón, mientras que el demonio alienta el rencor y el resentimiento.

«La paz esté con ustedes», dice Jesús. La paz que es el soplo de este Espíritu. Espíritu Santo, que es Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

Deseamos que se cumpla en nosotros aquello de San Pablo a los Tesalonicenses: «Sabemos, hermanos amados por Dios, que ustedes han sido elegidos. Porque la Buena Noticia que le hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones».

San Gregorio de Nisa, en su magnífica obra «sobre la vocación cristiana», nos enseña que la fuerza del Espíritu purifica a quienes se unen a él con pensamiento sincero… Esta purificación, como zarandeo exterior o interior, procura que todo nuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, se conserve irreprochable en el Nombre del Señor Jesús.

En aquel Cenáculo, Jesucristo Resucitado, sopló sobre los Apóstoles y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo»… Nuestra cultura actual, mundanizada por obra del adversario, ¿qué recibe? ¿Qué da el príncipe de este mundo fuera de engaños, vana distracción, opresión y muerte de las almas?

Cristo da el Espíritu Santo. En él revivimos. En él se restablecen las virtudes santas, o crecen. En él aumenta la vida bienaventurada. Y llegan las corazas santas, y la fuerza para perseverar en la fe, y la capacidad de escucha de las mociones divinas, y la compasión por el sufriente, o la dulzura en el corazón, o las palabras que deslizan verdad y comprensión, o la belleza que desborda en la gratitud ante el Amor de Dios.

«A mí me hizo el soplo de Dios, el aliento del Todopoderoso me dio la vida», leemos en Job. ¿Cuánta gratitud hemos omitido a lo largo de la vida? ¿Cuánta gracia hemos desaprovechado?

El dador de Vida sobrenatural, el Paráclito, desciende, o llega, o se manifiesta en nosotros. ¡Demos gracias! Pentecostés nos alumbra… Lenguas de fuego entran. Fuego que no quema destruyendo. Como una nueva «zarza ardiente» hace brillar el corazón y admirar a los hermanos. Luz. Calor del amante Señor en las entrañas del creyente. Sol interior del Cristo vivo. Expansión de las virtudes para que el mundo crea. Reunión de todos los pueblos en la misma lengua de la fe común. La fe católica.

En el jardín de tu alma se iluminen los senderos, florezcan los carismas, se perfumen tus decisiones, fructifiquen los bienes, y las virtudes se perfeccionen con los dones del Señor.

¡Pentecostés lo traiga! El Espíritu Santo lo realice. Él es el Amor increado…

«Sus flechas son flechas de fuego, sus llamas, llamas del Señor. Las aguas torrenciales no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo», dice el Cantar de los cantares.

Creo en el Espíritu Santo.

P. Gustavo Seivane

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