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Esther de Waal

Los claustros

Los claustros circundan un jardín en cuyo centro se encuentra una fuente o un pozo. Un jardinero que visitó muchos de estos recintos medievales para fotografiarlos se quedó atónito ante lo que denominó «un verde oasis de seguridad, simplicidad y pureza», abierto al cielo, encauzando la luz del sol hacia lo más profundo del monasterio. Reflexionaba sobre la importancia de esa fuente que aporta un sereno y continuo trasfondo de sonido al conjunto.

En definitiva, no sólo era preciso conservar aquel espacio interior libre y vacío, sino que había que regarlo y mantenerlo fresco por medio de la fuente sita en su centro. (…)

En esencia, el propósito del vacío es que se convierta en un espacio para escuchar la Palabra —nos adentramos en el silencio y oímos la conversación de Dios, participando en ella en la medida en que nos corresponde—. Además, si hacemos caso de la antigua sabiduría monacal, sabemos que ello significa no hablar en exceso.

Nos hallamos en un ámbito de apertura y silencio donde Dios nos encuentra, y nosotros a Él; pero se trata también de un espacio para escuchar a los otros y profundizar en nuestra conciencia de estar relacionados con el mundo.

La imagen del claustro suena casi inevitablemente romántica. Sin embargo, resulta vital percibir el espacio enclaustrado de mi propio yo como el eje en torno al cual gira mi vida diaria, la roca o el ancla que la mantiene firmemente cimentada. Esto es lo que quería decir Cristo cuando exhorta: «Entrad en vuestra habitación». Un comentario de san Ambrosio (siglo IV) a este pasaje pone de manifiesto que Cristo no se refería a un espacio físico:

«Pero entiéndelo bien, no se trata de un aposento rodeado de paredes, en el cual tu cuerpo se encuentra como encerrado, sino más bien de aquella habitación que hay en tu mismo interior, en la cual habitan tus pensamientos y moran tus deseos. Este aposento para la oración va contigo a todas partes, y en todo lugar donde te encuentres continúa siendo un lugar secreto, cuyo sólo y único árbitro es Dios».

Esther de Waal, Invitación al asombro, Cap. 1

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