Emilio Komar

Generosidad vital

El verdadero conocimiento no es el utilitario o pragmático, sino el saber […] de lo real existente, y éste es inseparable del amor, del amor que se entrega apetitiva, volitiva y afectivamente a una determinada realidad y que tiene también el sello de la abundancia.

Los verdaderos amores no son raquíticos, no se contabilizan. Algunas crisis matrimoniales se deben a una cierta mentalidad contable: «te doy para que me des». Todo parece que es contractual, igualado. No hay abundancia, no hay entrega, no hay gusto de dar. Se quiere recibir y recibir. Cuando en una familia, en una sociedad, en una cátedra, en una comunidad todos quieren recibir, el acervo común se achica y desaparece. Pero cuando todos dan, hay abundancia. Esta abundancia no es sobrehumana, está en la naturaleza verdadera del hombre: «el dar es mucho más dulce que el recibir».

La educación no es fecunda si el maestro no da, si se vuelve calculador. Hay que dar y dar. ¿Por qué? Porque Dios también da y da y esa es la economía de la naturaleza. Las plantas ¿cuántas semillas tienen? Sopla el viento y vuelan las semillas, de esas miles y miles de semillas ¿cuántas caen en tierra fértil? ¿Cuántas dan fruto? Muy pocas.

En el ámbito sobrenatural ocurre algo similar. «Donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia» dice San Pablo, (Rom 5, 20). Cuando somos avaros y pensamos en términos de máquinas de calcular desentonamos con toda la estructura de la creación. Hay que dar y no llevar cuenta.

En la ciencia sucede lo mismo. Hay que entregarse a la propia tarea con generosidad. Si uno es mezquino, se empobrece, no sacia su hambre de saber aunque lo esperen grandes tesoros.

Recordemos que la verdadera abundancia humana se encuentra donde se encuentra el espíritu de pobreza, donde se ha renunciado a poseer, a controlar, a contabilizar; donde el dar predomina sobre la existencia. Entonces es cuando recibimos mucho y la ‘puissance d’accueil‘ se dilata.

El alma no posee nada, pero ella puede recibirlo todo, todo es para ella ofrenda y don.

Hace unos domingos la sección literaria del diario La Nación publicó un soneto del profesor Battistessa. Es un canto a la vejez. Dice allí: «Me enseñas con amor la dicha fina de hallar en lo pequeño un gran tesoro».

Nosotros hemos perdido la capacidad de «hallar en lo pequeño un gran tesoro». Decía un psicoanalista y gran profesor: «las personas llegan aquí y se quejan de que no gozan, de que no tienen placeres, y esto es así porque quieren fabricar sus placeres y no saben gozar de una tacita de café, de un vaso de vino, de una ducha caliente, de treinta minutos de siesta, de un árbol florido a inicios de la primavera». Se ha perdido la capacidad de gozar de pequeñas cosas, se requieren gozos extraordinarios que en el fondo no son tan excitantes, porque la vida está muerta en ellos. Battistessa sigue: «Gracias a ti mi alma va más lejos, aprende lo que nunca había aprendido, sabe ser buena y rica entre despojos».

Esta es la maravilla: algunos poetas ven donde nosotros no vemos. Uno va por Palermo y no ve nada. Evaristo Carriego en cambio canta allí estupendas poesías. Pero como nosotros no tenemos esa mirada poética no vemos nada. Leí un soneto de Homero Manzi que se refiere a Nueva Pompeya. ¡Estupendo! Yo pasé varias veces por aquellos parajes y no vi absolutamente nada. Cuando alguien se entrega a la realidad, la ve con frescura, «le parecen las cosas nacer» (aquella idea de Louis Lavelle en su obra ‘L’erreur de Narcise’). El espíritu de pobreza nos permite ver las cosas nacer, aquello que los místicos llaman «la florida novedad del mundo”, el mundo apareciendo como recién salido de las manos de Dios».

Emilio Komar
El espíritu de pobreza a la luz del pensamiento contemporáneo

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