Urge redescubrir el sentido primigenio, fontal, crístico/cristalino del asunto «conversión», tan caro al tiempo cuaresmal en curso.

No está de más avisar que haya sido posiblemente el protoevangelio, el primer discurso del Señor, como consignan los Evangelios: el Logos eterno, sin Principio, al asumir voz humana y tras callarla treinta años, al iniciar su vida pública dijo la palabra central y medular de su Misión, lo único necesario: conviértanse (y crean).

Urge desmorali(ni)zar este verbo. No se trata (ante todo) de afrontar un cambio de conducta, un giro de hábitos, actos, pensamientos, actitudes… Si ellos son malos no es más que por una única razón: porque nosotros somos malos, como avisa sin ambages el Señor. (Es más: en ese mismo pasaje justamente avisa que siendo malos hasta somos capaces de hacer cosas buenas…). El Señor no pretende un cambio exterior. Y a mal puerto vamos si encaminamos nuestra Cuaresma en busca de esos cambios: que esta boca amarga sonría más, que esta mano que se cierra en puño de ira o de egoísmo se abra en dulzura y generosidad; que esta voz diga la verdad y deje de macanear… Es tan inútil y estéril eso como arrancar fruta enferma u hojas arrugadas del árbol infectado. Tan bobo como un médico reconcentrado en bajar la fiebre de su paciente, creyendo que lo que padece es eso: fiebre. (Con el agravante de que a fuerza de paños fríos y químicos, logra la fiebre bajar, para mayor despiste: pues la bendita fiebre era el mejor lazarillo para orientarnos hacia el foco infeccioso que seguirá sórdidamente su curso). 

Nuestros malos actos no son lo malo. Son manifestación, emergente, de nuestra maldad. Y hasta son «aliados de ocasión» a la hora de buscar pistas en busca del centro de comando enemigo, en la pesquisa por dar con la usina del mal, instalada en mi más profundo centro. 

Cuaresma es guerra. Guerra contra esa usina. 

¿Y cómo genera maldad esa usina? 

La fórmula es muy simple: que el yo se torne sobre sí. (A la ciencia le llevó 25 siglos descubrir la bomba atómica, cuando su principio es casi tan simple como éste). 

El mal anidado en nuestros corazones tiene un único origen generativo: el encurvamiento del propio ser sobre sí. Toda malicia —minúscula o inmensa, una imperfección o un pecado mortal— tienen por causa última esta misma y exclusiva raíz: la sifosis ontológica. 

El hombre es malo porque vive de cara a sí, vive vuelto sobre sí.

Y de esta verdad surge sin dificultades su contraria, que explica la consigna matriz del Señor: dejad de miraros a vosotros mismos; y volveos hacia Mí. Todo lo demás es añadidura.

Y aunque resulte medio mágico (y tal vez algo de eso haya…) es así: una vez que el hombre —con todas sus malas acciones a cuesta— invierte la polaridad atencional, da un giro postural, se torna con todo el ser hacia el Señor… misteriosa y mágicamente la conducta empieza a cambiar: mis sentimientos, mis pensamientos, mis opciones, mis gestos, mi mirar, mi decir, mi hacer cobra otro cariz. 

Por eso, insistamos, lo urgente es modificar el sentido de la consigna cuaresmal, el sentido de la conversión cristiana: no se trata de procurar babélicamente un impostado cambio de conducta. Se trata de girar 180 grados sobre sí mismo y volverse hacia el Señor. Vuélvanse hacia Mí y quedarán resplandecientes y sus obras serán luz. 

De allí que la plegaria no sea un MEDIO para alcanzar la conversión: es la conversión misma. Rezar es estar convertido-vuelto hacia el Señor. Perseverar en esa dirección, en esa orientación es todo lo que nos atañe. Démosle a la higuera una última oportunidad: donde la apuesta ya no esté en la higuera misma sino por fuera de ella: en la tierra, en el abono, en la destreza del divino Hortelano… y sobre todo: en que (removidos los obstáculos) la higuera reciba sol de frente. 
Los higos son hijos del sol, aunque pendan de la penosa higuera.

2016

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