José Luis Martín Descalzo

La enfermedad ha iluminado mi fe; la fe iluminaba mi enfermedad

Me interesa más una vida llena que una vida larga. El valor de una vida no se mide por los años que dura ni por las facilidades o dificultades que encuentra, sino por los frutos que produce. De ahí que, ante la enfermedad, traté de reaccionar a mi estilo, es decir, pensando: «Pase lo que pase, suceda lo que suceda, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Mas bien has de reaccionar al contrario: debes considerar la enfermedad como un “hándicap”, como un “reto”, como una nueva forma u ocasión para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar, en consecuencia, todos los modos y maneras para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida».

Esto, lo confieso, no siempre se ha cumplido. Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se ve multiplicada por el tiempo, es decir, cuando se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años y años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano. Cuando los años pasan y la enfermedad sigue, hasta las más firmes convicciones tambalean.

Pero, dejadas de lado estas horas negras, yo encontré en mi enfermedad muchas cosas positivas.

Empecé a enumerarlas citando un mejor y más íntimo conocimiento de Dios. Creo haber dicho que, por fortuna y sobre todo por Gracia, viví siempre en la fe y en un amor a Dios que era algo «normal» en mi vida. Dios era realmente mi Padre; Jesús, mi amigo y compañero. Pues bien: en la enfermedad he sentido más cercana esa paternidad y ese compañerismo. Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos últimos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Sé que no es nada agradable estar en el Huerto de los Olivos, pero tampoco me han faltado a mí «ángeles que me consolasen» como al Señor. Ángeles que a veces se expresaban simplemente a través de la paz interior y que en otras ocasiones —muchas— se vestían de la gente que en estos años me han querido y ayudado tanto (…). Tengo que confesar con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo. La familia, una hermana a tu lado que sufre junto a ti, son regalos que a mí me ha dado la Providencia pero que —¡ay!— no todos los enfermos encuentran.

De ahí que me vea obligado a detenerme para subrayar que la verdadera enfermedad del mundo es la falta de amor, el egoísmo. ¡Tantos enfermos amargados porque no encontraron una mano comprensiva y amiga! ¡Qué fácil, en cambio, seguir cuando te sientes amado y ayudado! (…).

También redescubrí que tenía que reordenar mi escala de valores. Un hombre se define a sí mismo por el tipo de escala de valores que maneja. Dad a un hombre una lista de valores —dinero, éxito, triunfo social, amor humano, fe, trabajo, amistado, etc.— y pedidle después que ponga en orden esas palabras según el aprecio que tiene de ellas y según el tiempo y esfuerzo que a cada una dedica, y sabréis muy bien qué tipo de hombre tenéis delante. De ahí que un ser humano deba pasarse la vida revisando, reordenando esa escala de sus valores, porque tal vez creemos que tenemos el amor o la fe en primera fila y un día nos encontramos con que el afán por el trabajo o la obsesión por el confort o el dinero han ido escalando posiciones y están ya en el verdadero centro de nuestro corazón. ¡Y cuánto nos engañamos en esto los hombres! ¡Con cuánta ingenuidad creemos a veces que es la fe lo que nos mueve, cuando realmente es la rutina o el afán de aparentar lo que nos está moviendo!

La enfermedad es en esto una gran bendición: cuando ella te sacude ya no podés seguirte engañando a ti mismo, ves con claridad quien eras y quien eres.

Yo descubrí a su luz que en mi escala de valores «real» había un gran barullo y que mi escala en la realidad no siempre coincidía con la que yo tenía en mis propósitos y deseos. ¡Cuántas veces el trabajo se montó por encima de la amistad! ¡Cuántos más espacios de mi tiempo dediqué al éxito profesional que a ver y charlar pausadamente con los míos! La enfermedad tuvo para mí ese valor: redescubrirme el valor de la amistad, podarme el escaso valor de las prisas, ayudarme a entender que vale más una cosa bien hecha que tres hechas a medias, descubrirme el valor de los humildes, alejarme de mucha de esa vida «mundana» en la que tan tontamente gastamos no pocas horas de nuestras vidas.

Aprendí también a «aceptarme» a mí mismo, a saber que en no pocas cosas fracasaría y no pasaría absolutamente nada, entender incluso que uno no tiene corazón suficiente para responder a tanto amor como los otros dan. Todo hombre es un mendigo y yo no lo sabía. Yo creía que daba más de lo que recibía y la enfermedad me descubrió que era mucho más lo que los otros me daban que todo lo que yo jamás podría dar. (…)

Debo añadir ahora, antes de concluir, algunas palabras específicamente como cristiano. Y es que yo no habría sabido estar enfermo sin el ejemplo de Jesús. La fortuna de conocer su camino ha sido, sin duda, lo más iluminador en mi enfermedad. Gracias a Él, la enfermedad ha iluminado mi fe, al mismo tiempo que la fe iluminaba mi enfermedad.

La enfermedad iluminaba mi fe porque la hacía, quizás por primera vez, auténtica. ¡Qué fácil es creer y predicar cuando todo va bien! El dolor me ha permitido descubrir que yo no creía muchas cosas que creía creer. Y sólo el crisol de la angustia ha permitido que mi fe se multiplicase y se purificase. (…)
Pero si la enfermedad iluminaba mi fe, he de añadir que, mucho más, la fe iluminaba mi enfermedad. Creo haber dicho ya que lo más importante en la enfermedad es descubrir su «sentido». Pues bien, encontrar que desde mi enfermedad participo más viva y verdaderamente en la pasión de Jesús ha sido para mí la fuente primordial de mi esperanza y mi alegría (…). Dios espera de nosotros no nuestro dolor, sino nuestro amor; pero es bien cierto que uno de los principales modos en que podemos demostrarle nuestro amor es uniéndonos apasionadamente a su cruz y su labor redentora. ¿Qué otras cosas tenemos, en definitiva, los hombres para aportar a su tarea?

Dejadme que os confiese con sencillez que yo jamás pido a Dios que cure mi enfermedad. No lo pido porque me parecería un abuso de confianza; pero, sobre todo, porque temo que, si me quitase Dios mi enfermedad, me estaría privando de una de las pocas cosas buenas que tengo: mi posibilidad de colaborar con él más íntimamente, más realmente. Le pido, sí, que me ayude a llevar la enfermedad con alegría; le pido que la haga fructificar, que no la estropee yo por mi egoísmo o mi necesidad de cariño. Pero que no me la quite. Estar, vivir en el Huerto no es ningún placer, pero sí es un regalo, un don, tal vez el único que, al final de mi vida, pueda yo poner en sus manos de Padre.

José Luis Martín Descalzo
Razones para iluminar la enfermedad

Fotografía: © Nancy Borowick

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