Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor, Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, será otra vez renovado. Pues ya que la corrupción, el hurto, el adulterio y toda clase de pecados se han derramado sobre la tierra y una y otra vez se derrama sangre (cf. Os 4,1-2), desaparecerá este mundo presente con el fin de que esta morada no se Ilene de iniquidad y para suscitar otro más hermoso.

¿Quieres ver una demostración de esto desde la Sagrada Escritura? Oye al profeta Isaías: «Se enrollan como un libro los cielos y todo su ejército palidece como palidece el sarmiento de la cepa, como una hoja mustia de higuera» (Is 33,4). Y el evangelio dice: «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo» (Mt 24,29). No estemos, por tanto, apesadumbrados como si solo nosotros tuviésemos que morir, pues también mueren las estrellas, aunque quiza resurjan de nuevo. El Señor hará que los cielos se plieguen, y no para hacerlos perecer, sino para hacer otros más hermosos.

Escucha al profeta David cuando dice: «Desde antiguo fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos; ellos perecen, mas tú quedas» (Sal 102,26-27). Pero dirá alguno: abiertamente declara que perecerán. Escucha cómo dice «perecerán», pues de lo que dice a continuación queda claro: «Todos ellos como la ropa se desgastan, como un vestido los mudas tú, y se mudan» (102,27). De modo semejante a como se dice que el hombre perece, según aquello: «El justo perece, y no hay quien haga caso» (Is 57, 1), aunque se esté esperando la resurrección. Así, esperamos también una resurrección de los cielos. «El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre» (Jn 13,4; Hch 2,20; cf. Mt 24,29). Sépanlo los que se han convertido de los maniqueos y no hagan dioses a los astros ni tampoco piensen impíamente que Cristo habrá de perder su luz algun día.

Escucha de nuevo al Señor, que dice: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35), pues las criaturas no son del mismo valor ni tienen el mismo destino que las palabras del Señor.

Cirilo y Juan de Jerusalen
Catequesis prebautismales y mistagógicas, Procatequesis XV, 3

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