Confesión San Pío de Pietrelcina

«Yo soy un confesor»

A uno que un día le preguntaba cuál era su misión en la tierra [el padre Pío] le contestó con una sola frase: «Yo soy un confesor».

Y la verdad era que el padre Pío pasaba en el confesionario un número incalculable de horas. Los días de fiesta o de mayor asistencia, una vez celebrada la Misa, podía pasar el día entero escuchando confesiones. Una de las gracias que Dios le hacía, y que impresionaba muchas veces a sus penitentes, era que leía en las almas que se le acercaban a pedir el perdón de sus pecados. A alguno que no se había confesado hacía mucho tiempo, él le recordaba discretamente sus pecados pasados con absoluta precisión.

Alguna vez llegó a negar la absolución al penitente que no manifestaba en absoluto arrepentimiento ni un propósito firme de corregirse. Esta severidad en la confesión estaba medida por el precio que él mismo pagaba, en sufrimientos, por las almas que quería librar de sus culpas.

–Oh, las almas, las almas… –decía–. Si se supieran el precio que cuestan.

Después de confesiones especialmente difíciles, más de una vez se le veía llorar. Le preguntaron una vez:

–¿Por qué llora, padre Pío?

–Un santo dijo que si viéramos el horror del pecado, nos moriríamos del horror. Pero nosotros, miserables, acostumbrados al pecado, no lo sentimos gran cosa ni nos molesta demasiado…

El padre Pío llora sobre el pecador que prefiere su pecado a su alma preciosa. Llora sobre la Sangre de Dios, que corre en vano para tantos desgraciados. Llora sobre la creación profanada y sobre los fracasos de la gracia. Llora, en fin, porque Cristo ha llorado.

Algunas confesiones eran para él un verdadero combate. Se trataba de ir a buscar al pecador, que a veces estaba muy lejos [del arrepentimiento], para traerlo a Dios. Decía él muchas veces que la confesión es un encuentro con el mismo Dios. Dios, que es al mismo tiempo nuestro Señor, nuestro Juez y nuestro Salvador. En el confesionario, el sacerdote ocupa el lugar de Dios… Uno le decía:

–Padre, he pecado muchísimo, yo no tengo ya esperanza de salvación…

–Hijo mío, Dios persigue sin descanso las almas más obstinadas. Tú Le has costado demasiado como para que te abandone.

Y otro:

–Padre, yo no creo ya en Dios.

–Pero Dios, hijo mío, cree en ti.

Yves Chirac, Padre Pio, Perrin, París 1989, 203-205.

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