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La infancia espiritual

Adán no pudo entrar de nuevo en el paraíso perdido. Un ángel con espada de fuego prohibía el acceso.

En cambio, el hijo pródigo sí que pudo volver y de hecho volvió a la casa paterna. Estar de vuelta… No siempre se trata de una actitud desengañada o escéptica. A veces significa algo muy positivo: literalmente conversión. (…)Podemos tener vedado todavía el paso al jardín y, sin embargo, haber sido ya acogidos en casa por el Padre.

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro» (Sal 50, 12). No hay contradicción alguna entre negar la pureza del niño y pedir a Dios un corazón puro: la única pureza humana, nuestra única pureza posible, es aquella que se deriva de la purificación, una renovada, incansable y tantas veces fallida purificación.La infancia, el jardín o la inocencia pueden ser irrecuperables, pero la infancia espiritual es algo que estará siempre al alcance del hombre adulto, incluso doblemente adulto, pecador.

José María Cabodevilla
Hacerse como niños, Necedad para los sabios y escándalo para los justos

Fotografía: © Elena Shumilova

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