San Ambrosio de Milán

San Lorenzo de Roma

San Lorenzo… al ver a su obispo Sixto que era conducido al martirio, comenzó a llorar no porque se lo enviaba a la muerte, sino porque iba a sobrevivir a él. Entonces comienza a decirle en voz alta: «¿Adónde vas, padre, sin tu hijo? ¿Adónde te apresuras a ir, oh santo obispo, sin tu diácono? Jamás ofrecías el sacrificio sin el ministro. Por tanto, ¿qué te ha disgustado de mí, oh padre? ¿Piensas que soy indigno? Comprueba al menos si has elegido un ministro idóneo. ¿No quieres que derrame la sangre junto a ti aquel al que has encomendado la sangre del Señor, aquel al que has hecho partícipe de la celebración de los misterios sagrados? Ten cuidado, que mientras se alaba tu fortaleza, no vacile tu discernimiento. Despreciar al discípulo es un daño para el maestro. ¿Acaso es necesario recordar que los hombres grandes y famosos vencen con las pruebas victoriosas de sus discípulos más que con las propias? En fin, Abraham ofreció a su hijo, Pedro envió antes a Esteban. También tú, oh padre, muestra en tu hijo tu virtud; ofrece a quien has educado, para alcanzar el premio eterno en gloriosa compañía, seguro de tu juicio».

Entonces Sixto le respondió: «No te dejo, no te abandono, oh hijo; sino que tendrás que afrontar pruebas más difíciles. A nosotros, porque somos viejos, se nos ha asignado el recorrido de una carrera más fácil; a ti, porque eres joven, te corresponde un triunfo más glorioso sobre el tirano. Pronto vendrás, deja de llorar: dentro de tres días me seguirás. Entre un obispo y un levita es conveniente que exista este intervalo. No habría sido digno de ti vencer bajo la guía del maestro, como si buscaras una ayuda. ¿Por qué quieres compartir mi martirio? Te dejo toda mi herencia. ¿Por qué exiges mi presencia? Los discípulos que todavía son débiles preceden al maestro, los que ya son fuertes y, por tanto, ya no tienen necesidad de enseñanzas, deben seguirlo para vencer sin él. Así también Elías dejó a Eliseo. Te encomiendo la sucesión de mi virtud».

Entre ellos se libraba una competición verdaderamente digna de ser combatida por un obispo y un diácono: ver quién debía sufrir primero por Cristo. Dicen que en las representaciones trágicas los espectadores aplaudían animadamente cuando Pilade decía que era Oreste, y Oreste afirmaba que, efectivamente, era Oreste, para impedir que Pilade fuera muerto en su lugar. Pero ellos no habrían tenido que vivir, porque ambos eran reos de parricidio: uno por haberlo cometido, y el otro por ser su cómplice. En nuestro caso el único deseo que impulsaba a san Lorenzo era el de inmolarse por el Señor. Y también él, tres días después, mientras se burlaba del tirano, era quemado a fuego lento sobre una parrilla. «Esta parte ya está cocida», dijo, «gírala y come». Con esa fuerza de ánimo vencía el ardor del fuego.

San Ambrosio
De Officiis, libri tres, Città Nuova Editrice 1977, pp. 148-151.

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