Oración

Dilo. Dilo mil veces.

—Hijo, intérnate por el camino…

—¿Qué camino, Señor mío?

—El que se abre, en escarpado abismo, sobre tus propios adentros.

—¿Cómo? —dije, arqueándome con temor sobre mis entrañas—. Es muy hondo y no se ve siquiera el fondo.

—Carece de fondo. Tú, sígueme; Yo voy delante. Tú, aférrate a mis espaldas, que la travesía es larga y los despeñaderos interiores que atravesaremos son de una verticalidad abrumadora.

—Vamos, Señor; que no me mueve en esta vida otra cosa que andar contigo por donde tus expediciones te lleven.

—Por el camino proclama que el Reino está cerca. Dilo. Dilo mil veces. En mil tonos diferentes. Como grito de guerra. Como susurro con que se mese una cuna. Como se rompe un hechizo. Como se grita de júbilo. Dilo, mientras avanzas sobre tus propias entrañas hacia tu más profundo centro. No temas la reverberancia de tu propia voz en esas cavernas jamás visitadas… más que por oscuras alimañas. Anuncia mi Presencia, como un paje avisa de la llegada de su señor. Dile a tu alma, a la puerta de cada aposento y recodo de tu alma: el Rey de la Gloria, el Rey Inmortal está aquí, muy cerca. Y verás como todo tu interior, como inmenso reino, se postrará a Mi paso.

—¿Lo veré?

—Lo sabrás. Que eso te baste.

—Sí, Señor mío: me bastará.

—Avanza, de espesura en espesura, sin temor. Yo voy delante. Te toparás con enfermedades antiquísimas, jamás vistas, anidadas en recodos ignotos de tus entrañas. Entra resuelto en cada cueva y cúralas, invocando sobre ellas, con brío, mi Nombre. Verás cómo espantosas fístulas sanan ante esa invocación.

—¿Qué enfermedades, Señor? ¿Qué padezco?

—No te ha de importar eso. Cura en mi Nombre sin titubeos. Deja lo de los nombres para otros; tú, ¡cura con mi Nombre! Que lo que se viene es más escalofriante.

—¿Qué, Señor? Mira que soy un pobre y endeble miedoso…

—Desciende con firmeza: siempre hacia adelante y siempre hacia abajo. Y encontrarás cadáveres. No uno o dos: hallarás un campo de batalla con cientos de caídos. Las lanzas del Enemigo aún tremolarán atravesando de lado a lado de los muertos. Algunos serán recientes… otros llevarán años putrefactos allí. Inclínate sobre estos huesos secos y diles, con firmeza: ¡vive! Sopla sobre ellos y grita sobre cada cadáver: ¡vive!

—Pero, ¿quiénes son, Señor?

—Eres tú mismo. Y tú mismo devuelve, en Mi Poder, la Vida a todo lo que hay muerto en ti. Lo mismo, con los leprosos que te saldrán al encuentro por esas estrechísimas callejuelas curvas y empinadas de tus adentros. No les temas. Permíteles que se acerquen a ti, con sus muñones y ojos comidos.

—Heden, Señor…

—¡Claro que heden! ¡¿Qué esperabas, que supieran a rosas?!

—No te enojes, Señor mío… todo esto me aterra.

—¡Basta! Extiende resuelto tu mano sobre ellos. Tócalos. Besa sus llagas. Con ternura y amor. Besa la lepra de tus más oscuros recuerdos, besa la lepra de tus pecados, besa las pestilentes llagas de tus rencores y dolores…

—Lo haré, Rey mío. Contigo cerca, lo haré.

Hans am Ende
Cinco cartas de Oración, Carta I.

1 comment on “Dilo. Dilo mil veces.

  1. Que bueno no había leído nada de las 5 cartas de oración..el escarpado camino con lo que llevo entendido se podría decir también que es un desfiladero..

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