Oración

El desierto es bello

«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco» (Mc 6,31)

«Lo que embellece al desierto —dijo el Principito— es que esconde un pozo en cualquier parte» (Antoine de Saint-Exupéry)

«Cuánta utilidad y gozo divinos aportan la soledad y silencio del desierto a sus enamorados, sólo lo saben quienes lo han saboreado» (San Bruno)

«Yo voy a seducirla, a conducirla al desierto, y hablar a su corazón» (Os 2,16).

La nostalgia de lo divino es enseguida colmada. Tras la seducción, sucediendo a una sorpresa, una escucha se instaura. La oración designa al oído en estado de vigilia, pero el principiante lo ignora. Corre el riesgo de multiplicar las peticiones, de reclamar ayuda. No sabe que él está siendo visto por Dios.

Todo el problema de la oración se sitúa en este nivel preciso. Solo la transparencia permite ser visto. Y el hombre crea obstáculos por el grosor de su cuestionamiento y de sus parloteos. Mezcla la paja y el grano, la letra y el espíritu. Que se retire… y Dios podrá actuar en él. El itinerario de la oración no es nada más que un vacío de sí mismo. Lo creado se aleja para dejar el lugar a lo divino.

Con el salmista, el amante de la soledad puede exclamar: «Huiré a lo lejos, me albergaré en el desierto» (Sl 54,8). Dejar su morada a la manera de Abraham sin saber lo que se va a descubrir, partir fuera, a la aventura, hollando tierras desnudas, o también partir hacia adentro, al lugar secreto donde «verdea» lo divino. La soledad en tanto que acercamiento a una «terra incognita» se manifiesta siempre reveladora.

El desierto es un lugar privado de caminos en el cual todo deviene vía de acceso. Tal es el misterio del desierto y de la oración brotante. En la privación de los caminos, en el seno de un perpetuo desenraizamiento exigiendo el rechazo de todo equipaje, es decir de toda posesión, de todo saber, de toda rutina, la existencia deviene novedad de vida. Y esta novedad comporta otro lenguaje en el diálogo de la oración, en el monólogo de las llamadas sucesivas y también en la vibración del silencio provocando el paso del tiempo a la eternidad.

Marie-Madeleine Davy

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