La gran obra de Cristo, que vino a realizar al descender a este mundo, fue la redención de la humanidad. Y esta redención en forma concreta se hizo mediante un sacrificio. Toda la vida del Cristo histórico es un sacrificio y una preparación a la culminación de ese sacrificio por su inmolación cruenta en el Calvario. (…) Toda santidad viene de este sacrificio del Calvario. (…)

La Eucaristía es la apropiación de ese momento, es el representar, renovar, hacernos nuestra la Víctima del Calvario, y el recibirla y unirnos a ella. Todas las más sublimes aspiraciones del hombre, todas ellas, se encuentran realizadas en la Eucaristía. (…)

En la Misa, el hombre y Dios se unen con una intimidad tal que llegan a tener un ser y un obrar. El sacerdote y los fieles son uno con Cristo que ofrece y con Cristo que se ofrece. «Por Cristo, con Él y en Él» ofrecemos y nos ofrecemos al Padre, y nuestra pequeñísima oración, nuestro mérito insignificante, ¡cómo gana de valor cuando es unido al mérito infinito de Cristo que ofrece y es ofrecido con nosotros, o, si queremos, nosotros por Cristo, con Él, en Él…. ofrecidos en propiciación, en acción de gracias, en súplica!

He aquí, pues, nuestra oración perfectísima. Nuestra unión perfectísima con la divinidad. La realización de nuestras más sublimes aspiraciones.

¡Oh, si fuéramos conscientes de lo que significa nuestra unión a Cristo respecto al Padre, respecto a Cristo mismo y respecto a nuestros hermanos, tendríamos todo en la misma Eucaristía!

¡Oh, si fuéramos a la Misa a renovar el drama sagrado: ofrecernos en el ofertorio con esas especies que van a ser transformadas en Cristo pidiendo nuestra transformación… a ser aceptados por la divinidad en la consagración, a ser transubstanciados en Cristo (¡oh, si la ofrenda hubiese estado hecha a conciencia!), la consagración sería el elemento central de nuestra vida cristiana! Esa conciencia de que ya no somos nosotros, sino que tras nuestras apariencias humanas vive Cristo y quiere actuar Cristo…

Y la comunión, esa donación de Cristo a nosotros, que exige de nosotros gratitud profunda, traería consigo una donación total de nosotros a Cristo, que así se dio, y a nuestros hermanos, como Cristo se dio a nosotros.

Toda la esencia del catolicismo la tendríamos en la Eucaristía. Esos dos grandes mandamientos de amor al Padre y al prójimo, estarían realizados mediante la Eucaristía y nos animaríamos cada día, en la Misa bien oída, a renovarnos en ese espíritu de entrega.

La sola presencia en el sacrificio eucarístico aumenta en nosotros estas disposiciones, la comunión las intensifica aún más; pero si asistiéramos a la Misa y recibiéramos la Comunión ensanchando todo lo posible la capacidad de nuestro espíritu, ¡cómo nos santificaríamos sobre medida!

El acto central de nuestro día debiera ser nuestra Misa: la comunión en medio de la Misa (cuando se pueda), un acto imprescindible de cada cristiano ferviente.

A la comunión no vamos como a un premio, no vamos a una visita de etiqueta, vamos a buscar a Cristo para «por Cristo, con Él y en Él» realizar nuestros mandamientos grandes, nuestras aspiraciones fundamentales, las grandes obras de caridad… La disposición fundamental para comulgar es la gracia santificante, la donación del Espíritu Divino a nuestras almas, que debe estar en todos los que comulguen, pero los efectos sensibles de ese Espíritu variarán según los casos, y según la medida de la predestinación divina. De nuestra parte se requiere que colaboremos a tener esos sentimientos de fe, confianza, amor ardiente.

Hacer de la Misa el centro de mi vida. Prepararme a ella con mi vida interior, mis sacrificios, que serán hostia de ofrecimiento; continuarla durante el día dejándome partir y dándome… en unión con Cristo.

¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!.

Después de la comunión, quedar fieles a la gran transformación que se ha apoderado de nosotros. Vivir nuestro día como Cristo, ser Cristo para nosotros y para los demás:

¡Eso es comulgar!

San Alberto Hurtado
Tratando de los sacramentos

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