Santa Gema Galgani

«Mi Corazón está siempre triste. Casi siempre permanezco solo en las iglesias»

«Hace como diez días, acabando de comulgar, Jesús me preguntó: «—Dime, hija, ¿Me amas mucho?»… «Padre, ¿qué responder a esto?»… Mi corazón contestó con sus latidos. «Y si me amas —añadió—, ¿harás lo que quiero?»… «Respondió también el corazón, manifestándole el deseo que abrigo». «Es un negocio importante, hija mía: has de comunicar grandes cosas a tu Director. Él proporcionará a mi corazón esta hermosa satisfacción que ansío»….

«Me pareció que continuaba así: “Hija mía —exclamó entre suspiros— ¡cuánta ingratitud y malicia hay en el mundo! Los pecadores siguen pertinazmente obstinados en su maldad; mi Padre no les quiere aguantarlos más. Las almas afligidas caen en abatimiento y desesperación. Las almas fervorosas se entibian poco a poco. Los ministros del Santuario…» (Aquí Jesús se detuvo y después de algunos minutos continuó). «Ellos, a quienes he confiado el oficio de proseguir la obra divina de la Redención…» (Jesús calló nuevamente)… «Yo les doy continuamente luz y fuerza; ¡Y ellos, en cambio! Ellos, a quienes he mirado siempre con especial predilección… Ellos, a los que he considerado como la pupila de mis ojos…» (Jesús callaba y suspiraba). «No recibo de las criaturas sino continuas ingratitudes y desaires: la indiferencia va creciendo cada día y nadie se convierte».

Y yo no hago otra cosa desde el cielo que dispensar gracias y favores a todas las criaturas, luz y vida a la Iglesia, virtud y poder al que la rige, sabiduría al que debe iluminar las almas que están en las tinieblas, gracias a todos los justos y aún a los pecadores, escondidos en sus guaridas tenebrosas; aún allá adentro trato de iluminarlos y conmoverlos y me desvivo por convertirlos; y ellos, en cambio… Con todo esto, ¿qué correspondencia encuentro en mis criaturas, a quienes tanto he amado? Viendo lo que veo, siento de nuevo lascerárseme el Corazón»… (¡Oh Jesús… adelante, Padre mío!). «Nadie se preocupa de mi amor; Mi corazón está olvidado como si Yo nunca los hubiese amado, como si nada hubiese padecido por ellos, como si fuera para ellos un desconocido; mi Corazón está siempre triste. Casi siempre permanezco solo en las iglesias y si muchos se reúnen, abrigan diversos fines, y tengo que ver mi Iglesia convertida en teatro de diversiones; veo que muchos bajo hipócritas apariencias me traicionan con comuniones sacrílegas»…

Jesús habría continuado; pero yo me vi obligada a exclamar: «Jesús, Jesús, no resisto más!… Si pudiera…»

Jesús hizo una pausa y luego prosiguió dulcemente: «Hija, preciso almas que me procuren tanto consuelo, cuanto es el dolor que otras me ocasionan. Necesito víctimas, y víctimas heroicas. A fin de aplacar la ira divinamente justa de mi Padre Celestial, me son menester almas que con sus padecimientos, tribulaciones y mortificaciones, satisfagan por los pecadores ingratos. ¡Oh, si pudiese dar a entender a todos cuán indignado está mi Padre Celestial con el linaje humano! ¡Cuántas veces lo he calmado presentándole un grupo de almas amadas y víctimas generosas! Sus penitencias, sus sacrificios, sus actos heroicos lo han contenido. Ahora, a fin de aplacarlo se las he presentado, y dice: “No, no puedo más”. Estas almas, hija mía, no pueden suplir tanto. Son pocas». Se me ocurrió preguntarle: «¿Quiénes son esas almas?». Y Jesús me dijo: «Las hijas de mi Pasión… Si tú supieras, hija mía, cuántas veces he aplacado a mi Padre presentándoselas. Pero ahora son pocas, no pueden suplir más». Yo callaba. «Hija mía —añadió Jesús— escribe inmediatamente a tu Padre que se traslade a Roma, hable de éste mi deseo al Santo Padre y le diga que está inminente un castigo y se necesitan víctimas. Mi Padre Celestial está muy indignado. Te aseguro que, si me dan esta satisfacción, se hará aquí en Luca una nueva fundación de religiosas Pasionistas y aumentando el número de estas almas, las presentaré a mi Padre y se aplacará. Dile que éstas son palabras mías, y será el último aviso que doy a todos, después de haber manifestado mi voluntad. Di a tu Padre que me dé esta satisfacción».

Carta de Santa Gema Galgani a su padre espiritual
19 de Octubre de 1901

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