Limosna Vladimir Soloviev

La verdadera limosna II

En la sociedad contemporánea muchos, sin atreverse a negar directamente el principio mismo de la limosna, se levantan contra su forma más simple y más tangible. Ellos dicen: «La verdadera limosna no consiste en dar dinero». Es muy cierto: la verdadera limosna está en dar lo que es necesario, lo que se pide: «Da a aquel que te pide y no rechaces a aquel que quiere un préstamo de ti». Si es absurdo ofrecer dinero al hombre que tiene necesidad de apoyo moral, más absurdo aún es ofrecer un consuelo moral a quien tiene hambre o a un enfermo al que antes que todo le es necesario dinero para el pan o para las medicinas. Todos estos sofismas, con los cuales no quieren librar del precepto de la caridad, son una piedra en lugar del pan y una serpiente en lugar de un pescado. Y también un razonamiento bastante común pertenece a este orden de cosas: que la limosna en el lugar del bien, a menudo lleva al mal. La limosna verdadera —que no es solo por amor del prójimo sino también por amor de Dios— es la propagación de la gracia divina y no puede conducir al mal. Además, no hay sinceridad en este razonamiento, puesto que se recurre a él solo cuando hay que dar a los demás, nunca cuando se debe recibir, mientras que esta posibilidad del mal futuro debería manifestarse igualmente en ambos casos.

La avaricia y la hipocresía son vicios bastante comunes de la naturaleza humana y sus objeciones contra la limosna no presentan nada de sorprendente. Pero, en cambio, es sorprendente que existan estados cristianos en que las leyes prohíben pedir limosna, restringiendo así aún más el «oo de la aguja» mediante el cual los ricos deben entrar en el reino de Dios. Pero de este modo el estado cristiano se deshace de sus cimientos. En efecto, este existe no para proteger los vicios personales (la avaricia y la hipocresía), sino para promover el bien de todos, mientras que su tarea más elevada está ligada acertadamente con el precepto de la caridad: ayudar a los más débiles, defender a los oprimidos, hacer el bien a los que están en necesidad, para dilatar sobre la tierra la acción de la gracia divina. El estado religioso debe servir no al orden natural en el mundo, sino al orden puramente moral o divino. El orden natural se basa sobre el exterminio mutuo o, en el mejor de los casos, sobre una mutua limitación de los hombres. El orden moral o divino se basa en la mutua solidaridad o unidad de ánimo, y la expresión primera y más simple de dicho orden moral es la ayuda gratuita, la beneficencia desinteresada o simplemente la limosna.

Vladimir Soloviev
Fundamentos espirituales de la vida, Cáp 2.

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